Mordiendo la manzana envenenada
se nos pasa la vida cada día,
mordemos la vida con alegría
sin saber que estamos mordiendo nada.
De un rojo seductor y apetitoso
se baña como un día se bañó el Nilo.
Sucumbe ante los dientes y su filo,
esparciendo su néctar venenoso.
La lengua siente el dulce forcejeo
de la cáscara, del néctar y la pulpa
contra ese sentimiento de la culpa.
La fruta no es la fruta que yo veo,
ya que mientras la muerdo todo es bueno,
y en realidad sucumbo a su veneno.
Glauco
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