Lo dejó simulando ser hervor.
Pero pronto el otoño hizo el honor
de silbar su frescura y su alimento.
La hojarasca le danza con fervor
y se vuelve caricia de su aliento.
La caldera del cielo es un invento
que no irradia calor sino color.
Con el paso del viento será invierno,
pero, mientras, octubre lo detiene
y en ciclones rojizos se va y viene.
El silbido otoñal se siente eterno
en los ojos, las manos y la boca:
un viento que a palparnos nos provoca.
Glauco