al lado de las patas de la mesa,
susurra una canción en la cabeza
mientras la educación se va perdiendo.
La cera, con el fuego, descendiendo
y el ritmo con el humo se embelesa.
Un pie del otro pie se vuelve presa.
Ambos, en la prisión, se van leyendo.
Los lazos, insistentes bailarines,
se tuercen y retuercen condenados
a ser maraña amante, a estar sentados.
Por mientras, la cabeza en los confines
se viste de ilusión (perenne avance)
mientras los pies advierten un romance.
Glauco