Presentación

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lunes, 26 de abril de 2021

Si acaso fuera... Tú

 

Si acaso fuera cuervo

haría hambre en tus pestañas.

Tus párpados de negro 

vestiría con mis alas.

En tu mirada el cielo,

yo, cuervo, en tu mirada. 


Si acaso fuera fuego

haría hoguera en tu cama. 

Tus sábanas ardiendo

te agitarían el alma. 

Tú, llamas refulgiendo,

yo, fuego haciendo llamas. 


Si acaso fuera beso

haría a tus labios grana. 

Tus labios de cerezo

de besos se desangran. 

En tu labia el silencio,

yo, grito de tu labia. 


Si acaso fuera hielo

haría en tu espalda taiga.

Tu espina hecha de viento

dando vuelo a tu espalda. 

Tu baja: fresco invierno,

yo, invierno, espalda baja. 


Si acaso fuera viejo

traería a tu vida calma.

Tus ímpetus blandiendo

pasiones como espadas. 

Tú, palma floreciendo,

yo, seco como palma. 


Si acaso fuera nuevo

te haría reina de Saba.

Tu vientre siendo el lienzo

donde la vida clama. 

Tú, amada de mi reino,

yo, reino de mi amada. 


Glauco

sábado, 22 de febrero de 2020

La canción de Ernesto

Hola, soy Troy Pullman, tal vez me recuerden de entradas como Jacinto se ganó la Lotería. Hoy les traigo unos versos que escribí para el guión de un cortometraje que hicimos unos amigos y yo hace un par de meses para participar en el 48 Hours Film Project. Se supone que es una canción.

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PLUMAS DE ÁGUILA

La vida escapa,
Los sueños se lleva
                 Entre las manos
Con plumas de águila quise volar
La altura de los astros igualar
Pero los vientos me llevaron
                 Hacia el acantilado
Y ahora, resurjo
De la oscuridad
Nuevos vientos
Me hacen remontar

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PD: Nuestro corto no fue muy bueno


Troy Pullman

sábado, 8 de febrero de 2020

Jacinto se ganó la lotería

Hola, soy Troy Pullman. Tal vez me recuerden de poemas como Resentimiento y De un vulgar común. Esta noche quiero deleitarles con un poema bello, pero no me sale alguno. Así que les dejo un ligero intento que hice hace algunas semanas para incluirlo en un pequeño montaje teatral con unos amigos. Son las palabras de un pobre escritor fracasado que se gana la lotería y puede así pedir la mano de su amada.

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Busqué el brillo de tus ojos
En los destellos solitarios de una fuente
Más no encontré nada tan refulgente 
Que ofreciera la cura a tus enojos

Era yo más gris que cualquier gato 
En mi vida sólo era constante el vino
Y aunque todo en mi mundo ha cambiado 
Por tu amor me siento todavía perdido

No olvido la noche en que pedí tu mano 
Un jamón en tu mesa curaba la hambruna
Tu padre no dejaba de fruncir su ceja 

Al verme a su casa llegar tan ufano 
Más le hice un recuento de mi gran fortuna
Y una afable sonrisa le llegó a la oreja



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Troy Pullman

sábado, 25 de enero de 2020

Orestes


¡Ay de mí, de mi estirpe!
¡Ay de mi sangre maldita!
¡Ay de mi impiedad nacida
de las rocas de los templos!

Rocas que han recibido
el néctar de crueles tormentos.
Los crímenes de mi sangre
superan todo recuento.

Gotas de padres, de hijos,
de madres, de hermanos, gotas,
también gotas de extranjeros,
de la propia patria, gotas.

Gotas de madre me pesan.
Frías, las erinias me acosan.
Entre gotas de madre, parido;
gotas de madre, mi sino.

Condenado antes de ver la luz,
las tinieblas del vientre me asechan.
Clamé, ofuscado de juventud
por justicia a la muerte paterna.

No puede equilibrar mi mano
el peso del materno fallo,
y el linaje de antiguos delitos
habrá de morir conmigo.

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L.Pulpdam

sábado, 14 de enero de 2017

Nostalgia

El pasado es infranqueable
y ha quedado atrás;
el pasado es imborrable
y se ha desvanecido.
Y tú no eres lo que fuiste
y no dejarás de haber sido,
¿puedes conformarte sin lo que se ha ido?

L. Pulpdam 

sábado, 31 de diciembre de 2016

Times that are gone

Those times that are gone,
they will never exist again
                          (Nevermore).
There will be just the hope
for the coming of new times
that could be so good
—even without
being the same—,
or even more.

L. Pulpdam 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Y, despechado y herido...

Y, despechado y herido
el orgullo de cisne altivo,
en su libreta anotaba
estas líneas a su amada:
“El hombre que tú has querido,
en el río ya se ha perdido.”

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L.  Pulpdam

sábado, 19 de noviembre de 2016

Troya en ruinas


Parado otra vez ante las ruinas del corazón;
derribados otra vez los muros de la altiva Ilión
por la marcha incontestable de los fieros aqueos.
Ya caído está el valiente Hector ante el acero
de una venganza injusta y cruel, pero inevitable;
y ya el pequeño Astianacte ha sido estrellado
contra la piedra fría del suelo profanado;
ya el impulso de la guerra da paso al del llanto;
ya el altar del honor se oscurece en la vergüenza
y el alma del dolor añora darse a la esperanza.
Agoniza esta ciudad que fue mi corazón,
que se arriesgó por completo en salir
al encuentro de las vivas llamas del amor.
Y ahora, solo, me siento errante, sin patria.
¿Y qué hacer?, no queda nada por qué luchar.
Sólo las ruinas se atreven otra vez a recordar
que aunque la lucha fue en vano, no fue banal.
‹‹‹‹««««<<<<:>>>>»»»»››››
L. Pulpdam

sábado, 5 de noviembre de 2016

Cloudy Sight


Cloudy sight the windscreen wiper can’t clean
Glassy lights in flight to the outside of the frame
Cars that fly over seagull wings
Feathers that drench the unwary night walkers
Umbrellas that stop the water that falls from above,
but not that wich comes from the side
Faces that crease in anger
Shades that fade away
Red moon comes down from the green
A steely flash enters from the side
And inside, something gets crushed
Glassy lights in flight
Bloody flood wont rinse the misleading sight
My sins wont be forgiven
And inside, something gets dissipated
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L. Pulpdam

miércoles, 5 de octubre de 2016

Tres Enamoramientos

Las mariposas blancas
Los dibujos
Las bromas
Las miradas
Las rodillas
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La silueta
El movimiento
La energía
La carta
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La lluvia
La pizza
Los libros mojados
Las sonrisas
La complicidad

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Pulpdam

jueves, 11 de agosto de 2016

Dos Líneas (segunda parte)

Continuación de: Dos líneas (primera parte)
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Después de hallar esos tres cuerpos, los policías vieron la necesidad de registrar toda la habitación, dado que era evidente que estaba ocurriendo algo fuera de lo normal. Un detective fue llamado a la escena para tal efecto; Jorge me dijo el nombre… ¿cuál era el nombre? No lo recuerdo. El detective de inmediato elaboró un reporte detallado de las circunstancias generales en que se encontraban los cadáveres. Sin embargo, según afirma Jorge, un segundo reporte en el que el detective detallaba mayormente las condiciones específicas de cada uno de los cuerpos, tomando algunas notas preliminares para el esclarecimiento de las causas de la muerte de cada una de estas personas, quedó inconcluso. En él, según dice Jorge, no había grandes avances realmente, puesto que ninguna de las notas tomadas por el detective parecía conducir a alguna conclusión sobre las muertes, y lo que más había en esas notas eran razones para descartar algunas de las posibilidades.
En resumidas cuentas, parece ser que no había motivos para creer que alguno de los muertos hubiese sido víctima de envenenamiento, cuestión que había que temer, pues una de las posibilidades más obvias ante el ojo de cualquiera respecto de este caso, sería la de que la habitación hubiese sido invadida por alguna especie de gas venenoso —razón por la cual los policías habían determinado no entrar más ahí sin protección ante sustancias inhalables— o que hubiesen sido envenenados por vía de su comida, lo cual ha sido ya descartado. El mismo detective siguió aquella disposición mientras realizaba su escrutinio, pues fue cuidadoso en usar un respirador especial con varios filtros. Por otra parte, el detective se atrevió a mover por primera vez los cuerpos, luego de registrar todos los escondrijos del cuarto en busca de aberturas sospechosas o contenedores o dispositivos que hubiesen podido ser usados para liberar algún gas en la habitación, y buscó en ellos rastro de alguna herida que les hubiese podido causar la muerte o evidencias de alguna enfermedad. Nada de ello pudo encontrar, salvo por algunos moretones —atribuibles a la caída— en el cuerpo de la madre, de modo que habría que esperar a realizar una autopsia. Pero el detective decidió entonces continuar con estas nuevas averiguaciones y tomó extensa nota de la vestimenta que portaba cada uno de los cuerpos. También procedió a describir el escritorio de López de Gracia y cada uno de los objetos que en él se encontraban, estableciendo que no había rastros de violencia en ninguna parte. Pero sus anotaciones sobre los objetos del escritorio quedaron inconclusas: justo cuando comenzaba a describir el aspecto del Cuaderno de intentos y frases sueltas. Cuando los gendarmes entraron a la habitación —debidamente protegidos por máscaras con filtros—, para ver si el detective requería alguna cosa o si estaba por terminar su indagación, lo encontraron tirado en el suelo, sin vida, justo a un lado de la silla de Rubén, en posición similar a la que tenía la madre del escritor cuando la encontraron. En las manos del detective estaba todavía la libretilla en que hacía sus anotaciones, cuando le retiraron la máscara, sus ojos estaban bien abiertos y su rostro tenía una expresión de sorpresa. Lo último que había escrito en su libreta decía: “un libro abierto sobre el escritorio, hojas anchas y blancas (libro en que, evidentemente, escribía el señor Rubén López), dos líneas escritas en la página visible, las líneas dicen:...” y justo ahí termina lo escrito por el detective. Jorge insiste en que al leer las líneas para transcribirlas, el detective sucumbió al hechizo de esas palabras que él, el buen Jorge, no se ha atrevido a leer y ha tratado de mantenerlas fuera de su vista.
Yo leeré ese cuaderno, de eso estoy seguro. Es por ello que me dirijo a la casa de López de Gracia, en donde todavía se encuentra el cuaderno con su “página maldita” y donde Jorge, que ha quedado temporalmente a cargo del lugar me ha prometido dejarme entrar.
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L. Pulpdam

miércoles, 29 de junio de 2016

Dos Líneas (primera parte)

¡Cómo es que estoy haciendo esto? Subo al carruaje y tomo asiento y los caballos comienzan su marcha bajo el estímulo del látigo.
¿Y qué si resulta cierta la idea de la que Jorge me ha hablado tan insistentemente? ¡Pero él no es más que un gendarme de clase baja! ¿Cómo pueden sus palabras tan incoherentes tener algún efecto en mi ánimo? ¡Yo —estudioso de las letras antiguas, y reputado como hombre de fino juicio— creyendo en una idea que no pudo provenir sino de la más baja superstición!
Pero es cierto que éste es un caso verdaderamente singular. Siete muertes tendrían que ser atribuidas al terrible efecto de esas dos líneas plasmadas en una sencilla hoja de papel, si creyésemos en la absurda suposición del gendarme Jorge. ¡Una “página maldita”! Casi me carcajeo al pensarlo así, pero en el fondo de mi alma no puedo evitar que aparezca cierto dejo de aprensión, sobre todo después de que el señor Rubalcaba, aquel admirable Doctor, se convirtió en la séptima víctima de lo que sea que cause esta serie de muertes. Y sin embargo es dudoso hablar de una “serie”, ¿cómo asegurar que esto no es más que una compleja interpolación de cadenas causales independientes cuya coincidencia es nada más que un curioso accidente del tiempo, así,  sin significado propio ni mayor relevancia que el hecho de involucrar la muerte de algunos hombres excelentes? ¿Pues no es acaso la mente humana la que, en su afán de dar sentido a lo que presencia, se afana en conectar los sucesos y aun deformar los hechos, inscribiéndolos por la fuerza en un sistema según el cual todos apunten a una sola idea?
Pero, ahora que lo pienso, me parece mayor desgracia que la muerte del Doctor Rubalcaba, la del tan talentoso autor de esas supuestas dos líneas asesinas. Ese escritor que, a sus treintaiocho años, llevaba ya algún tiempo abriéndose paso en el ámbito de las letras nacionales y que incluso había comenzado a ser conocido fuera de nuestras fronteras. Leyendo sus más recientes piezas, yo fácilmente hubiese podido asegurar que aquel hombre estaba en la cima de su talento. Y todo esto me llena más de intriga. Rubén López de Gracia, un hombre relativamente joven para la cantidad de logros que había acumulado en este mundillo de nuestras letras. Rubén, el primero de la lista de víctimas que el gendarme Jorge atribuye a la “página maldita”. Y, entre López y Rubalcaba, la madre y la joven esposa del primero, un detective y dos agentes de la policía nacional.
¡Qué cosa tan rara! El relato de los sucesos, tal como me lo contó Jorge, me resulta inverosímil. López de Gracia encontrado sin vida en su escritorio. Sentado en la silla de manera normal pero echada su cara sobre el escritorio, como si se hubiese dormido mientras trabajaba. Dos libros abiertos sobre el mueble: uno de ellos rotulado como Cuaderno de intentos y frases sueltas y el otro como Diario Personal y algunos tomos apilados en la esquina de la superficie. El pelo del fenecido cubriendo la página del Cuaderno de intentos y frases sueltas, la “página maldita”. El Diario, por su parte, colocado justo a un lado del Cuaderno… mostrando la última entrada en él escrita.  Todo esto es lo que describió a los agentes de policía —Jorge entre ellos— el viejo jardinero que la madre de López de Gracia envió a la Comisaría para que informara lo ocurrido.
La madre, la segunda víctima de las líneas fatales. Ella fue la primera en ver el cadáver de Rubén. Lo encontró y rápidamente llamó a voces a su nuera y al jardinero y le pidió a éste último que fuese  buscar la ayuda de la policía. Ella entró a la habitación tan sólo para ofrecerle a su hijo una taza de té, pues era costumbre de aquel joven escritor tomar té mientras escribía por las tardes. La madre no quería que nadie tocara nada en la habitación hasta que llegara la policía, de modo que despachó al jardinero e hizo salir de la pieza a su nuera, pero mientras esperaba, ella misma no pudo evitar echar un vistazo a lo que había en torno al cuerpo de su hijo. Miró, probablemente,  la página del Diario, la cual quedaba a la vista y pudo leer lo que en ella había escrito López de Gracia. En realidad, lo último que él había escrito. Pero el último registro del Diario de López de Gracia seguramente le causó a la madre una curiosidad imperiosa, y no pudo resistirse al impulso de retirar, aunque cuidadosa y aun cariñosamente, la cabeza de su hijo, dejándolo a un lado del Cuaderno... Y entonces habrá leído las dos líneas ahí escritas y, si hacemos caso a lo que proclama Jorge, habrá muerto al instante. Pues cuando el jardinero volvió, acompañado por los gendarmes, la pobre anciana se encontraba tendida sin vida en el suelo, justo a un lado de la silla donde yacía todavía su hijo y él recostado en el escritorio a un lado del Cuaderno… a diferencia de como el jardinero lo había visto antes de marcharse hacia la comisaría. Es comprensible que la anciana no haya podido evitar la curiosidad luego de leer la última entrada del Diario de su hijo:
¡Me encuentro sumido en la mayor excitación que haya experimentado! En tan sólo dos líneas creo que he realizado la mayor obra de mi vida. Jamás había escrito algo tan bello y no creo que haya sido escrito o se escriba en el futuro algo que iguale la gloriosa perfección de estas dos líneas, ¡ni siquiera en cuatro mil páginas enteras! ¿Qué rayo de entendimiento me ha alcanzado? ¿Qué luz ha deslumbrado mis ojos y guiado mis manos? Tal belleza he plasmado, que siento que podría morir en su presencia, ¡su enigmática presencia! No es tan sólo el hecho de que la intimidad de mi diario personal me permita darme el lujo de ser jactancioso y dar rienda suelta a mi vanidad de escritor; verdaderamente me expreso de esta manera con justicia, soy sincero al proclamar aquí la grandeza de esas tan pocas palabras. Pero a cada instante y con cada palabra que cruza ahora mi mente, siento que se me va la idea que apenas hace unos minutos he plasmado en mi cuaderno de intentos, como si mi mente fuese tan débil que no pudiese retener una idea tan magnífica y tan magníficamente expresada. ¿Siquiera entiendo realmente lo que yo mismo escribí? Siento que se me borra, como si no lo hubiese escrito yo realmente, debo releer esas dos líneas antes de continuar esta anotación, quiero escribir aquí algún comentario, una explicación que me ayude a retener algo de claridad sobre aquella idea que ahora me resulta ya confusa y evanescente…
Yo mismo estoy ansioso de leer esas dos líneas, desde que Jorge me relató lo que decía la página del Diario, pues cualquiera que haya conocido en persona a aquel escritor, se percata de que si él llegó a expresarse así de un escrito suyo —aun en secreto— debe ser porque el escrito era verdaderamente una maravilla. Pues él era un hombre honestísimo y era además de una humildad admirable y odiaba vanagloriarse de sus creaciones. Incluso a veces llegaba a subestimar sus propias obras y su espíritu perfeccionista era de lo más severo. Realmente no culpo a la anciana por leer esas dos líneas.
Y además, a un lado del cadáver de la anciana, los policías hallaron el cuerpo, también sin vida, de la joven esposa de Rubén López de Gracia. Aquella dulce joven de nombre Laura, que seguramente aportaba a la vida de Rubén las mayores alegrías, aun en tiempos adversos. Jorge asegura que ella habrá encontrado a su suegra sin vida y, a pesar del horror que seguramente experimentó, no habrá podido evitar notar el cambio de posición del cuerpo de su propio marido. Seguramente —dice Jorge— la imagen cambiada del marido hizo que la atención de la mujer se volcara rápidamente sobre las dos líneas escritas en el Cuaderno… y su mente, como un sabueso que al distinguir el olor de una presa no se resiste al impulso de correr tras ella, devoró ávidamente el contenido de esas líneas, sin percatarse de que hacerlo equivalía a tragar el veneno que acabaría con su vida.
...
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L. Pulpdam


miércoles, 15 de junio de 2016

Presentimiento


Veo cómo se acumulan
nubes en el horizonte,
veo cómo se aproximan
con su imagen imponente.

Pero esas nubes se encuentran
en la parte oscura del cielo;
no veo si es una tormenta
lo que anuncian con su vuelo.

O son de esas nubes blancas
que, como tranquilas barcas,
navegan la bóveda celeste
y se iluminan vivamente

cuando al sol se aproximan
y con sus figuras se le enciman
como una pantalla llena de brillo
un espectáculo de lo más bello.

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L.Pulpdam

miércoles, 1 de junio de 2016

Sombra sin rostro

Peor que los tristes deseos
que, alguna vez henchidos de dulzura,
se troca su contenido en amarga
frustración, son los anhelos vacíos:
angustia pura,
voluntad ciega, condena incontable.
Un movimiento que se priva
de comenzar, una sombra
sin rostro.


L. Pulpdam

miércoles, 18 de mayo de 2016

Cuando cada paso duele


Al pisar, el pie se desmorona
cuando convulsionan las sombras
y las luces, sobre el horizonte
que no alcanza la mano temblorosa.

A tientas, los ojos enrojecidos,
la boca amarga, tartamuda, seca,
oídos bloqueados y nariz enardecida,
se va moviendo y no sabe qué espera.

Cada tic en la mano, en el dedo,
cada tac en el reloj, entre la bruma,
pesan al ánimo de quien así se mueve;

pues podrían traer la muerte del anhelo,
trocar el amor en desventura,
cuando cada paso duele.

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L. Pulpdam

miércoles, 20 de abril de 2016

Las musas me mandan escribir

Nota: Lo que sigue lo escribí hace tiempo ya y ahora no estoy seguro del valor de este ejercicio. Pero se los presento porque hoy las musas no me han dado nada.
-Pulpdam
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Las musas me ordenan escribir y yo quisiera obedecer a tan sabias y prudentes amas, pero debo obedecer a un amo más necio y, en general, más seco. Soy esclavo de la sociedad, mas quisiera serlo únicamente de las musas puesto que son de señorial virtud y es menos esclavo el que puede elegir al mejor señor para someterse a él. La sociedad hoy me manda (cosa extraña) dibujar, con lo cual contradice a las musas; quienes, por otra parte, suelen mandarme el dibujar, cuando la sociedad me pide escribir. Aún así, en la sociedad conozco hombres sensatos, que comparten mi inclinación por las musas y que también prefieren rendirles a ellas homenaje y obediencia, a estos hombres los llamo amigos. Son justamente mis amigos quienes hoy me piden dibujar, siguiendo el deber que las musas me mandan recurrentemente. Pero las musas son caprichosas y deciden contradecir los designios ajenos a ellas. Ellas son las portadoras de mayor sabiduría, pues saben reconocer entre los hombres a aquellos que son más hábiles, y entre los hábiles, distinguen a los que son hábiles en tal ámbito de los que son hábiles en tal otro y, así, mandan a cada cual hacer aquello que va de acuerdo con su habilidad. Pero a mí ahora me ponen un reto difícil, me mandan hacer aquello para lo que soy más bien bruto que hábil: escribir, cosa para la cual mandan usualmente a otros que en ello son más hábiles que yo. Lo lamento mis amigos, mañana me arreglaré con ustedes, pues por ahora obedezco a las musas que, como reto, hoy me encomiendan escribir.



L. Pulpdam

miércoles, 6 de abril de 2016

Primero de Diciembre de 1885

Primero de Diciembre de 1885

Linda, amada mía:

¡Cuántas veces he figurado tu imagen en mi mente! Si paso un solo minuto desocupado, de inmediato vuelves a mi memoria. No entiendo por qué no he recibido alguna carta de casa en todo el tiempo que llevo fuera. No sé si tú o mi madre han recibido alguna de las muchas cartas que os he enviado. Debe ser falla del servicio postal. 

No sé cómo esté el ambiente allá en nuestra patria, pero aquí las cosas están en realidad tranquilas. Si bien el trayecto fue largo, no tuvimos mayor problema para instalarnos aquí. La gente del lugar no nos da mayores problemas: aquí las cosas no son como en Cuba.  Sólo temimos realmente el día que desembarcaron las tropas alemanas. Aquel día estuvimos a punto de tomar ya las armas, pero después las cosas se fueron normalizando. El problema son las colonias extranjeras, pero esto no es cosa de guerra aún. Creo que ninguno queremos realmente guerra y debido a ello actuamos con mucha cautela.

No quiero que os preocupéis demasiado, aunque sé que probablemente lo estaréis haciendo. Y, aunque pudiera sorprenderos, yo también me preocupo, pues este silencio tan largo me lleva a ello. Sólo me consuelo pensando en que debe tratarse de un problema del servicio postal y que un día de estos recibiré un gran paquete de vuestras cartas atrasadas.

A veces te imagino cuidando de tu jardín como cada semana. Me pregunto si ya has plantado los nuevos rosales que me dijiste que querías cuando estaba por partir. “¿Ya habrá hecho cambiar mucho el jardín en mi ausencia?”, me pregunto. Y pienso en que querías un par de sillas nuevas con una mesita para poder tomar el almuerzo en el jardín de vez en vez. ¡Pero qué tontería! Si allá se acerca ya el invierno. Es que el clima tropical de este lugar me confunde. 

Hay rumores de que el conflicto podría resolverse pacíficamente muy pronto ya. Espero que así sea, pero, de cualquier modo, no sé cuándo podré volver a casa. Ojalá que recibas esta carta, realmente deseo recibir alguna tuya: ¡dame esperanza!

Feliz navegante de tus mares, Humberto.

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L. Pulpdam

miércoles, 23 de marzo de 2016

(De un lugar común)

Alguna vez volverás a este lugar, en sueños.
Y me verás aquí;
y te verás aquí.
Y tal vez sientas la nostalgia del lugar.
Y tal vez veas la alegría de estar aquí, juntos.
Y tal vez quieras visitarme, visitarnos,
una y otra vez.

L. Pulpdam

miércoles, 24 de febrero de 2016

Una experiencia (en el parque España)


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Anochece afuera.
Pero entre los árboles,
con las luces amarillas,
el tiempo no fluye.
Se ha congelado en un momento,
un momento que no cesa, o, más bien,
que se repite discreto,
que avanza monótono
tras de sí mismo;  
aullando su agonía
con la voz interrumpida
de las aves.
Y entre esa espesa sustancia,
sólo un par,
como partículas coloidales,
logran moverse, en flotante extravío;
rompiendo el tiempo.

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L. Pulpdam

miércoles, 10 de febrero de 2016

Florecillas en el charco

Hola, soy Troy Pullman, tal vez me recuerden de entradas como Desengaño histérico y Disculpas (escribiendo la conclusión a un ensayo). Esta noche quiero hablarles sobre un tema de gran importancia, pero, infortunadamente, no se me ocurre ninguno. Así que ¿por qué no les cuento mejor una anécdota?
Hace algún tiempo, un niño de nombre Jaime se encontraba recogiendo las florecillas amarillas que crecen entre la hierba en un campillo de beisbol de un barrio arrabalero. Este muchacho no tenía ninguna finalidad específica en recoger esas flores, pues simplemente las recogía del pasto y las arrojaba al suelo después, esparciéndolas por los charcos que alguna lluvia reciente había dejado en las zanjas que rodean el improvisado diamante donde se juegan —ya no muy frecuentemente— partidos sabatinos del a veces llamado “Rey de los deportes”. Por lo usual la gente no pone mucha atención a la escena de un niño que recoge las florecillas en algún lugar así, en parte porque se trata de un asunto sin mayor relevancia y en parte porque es muy frecuente ver algún niño o grupo de niños ahí. La gente sólo mira de reojo tales cosas y si alguna conclusión les produce la vaga y casi borrosa imagen suele ser simplemente la de “Está jugando”.
Mientras el niño arrojaba o, más bien, dejaba caer las florecillas en la misma hierba de donde las había tomado o en los charcos cercanos, pensaba en algo que había sucedido en la escuela unos días antes: mientras él dejaba correr sin ton ni son la punta de su lápiz sobre el papel de la última hoja de su libreta de apuntes de la clase de matemáticas —lo cual daba como resultado unos garabatos sin sentido ni significado—, otro niño, de nombre Pedro, remarcaba cuidadosamente unos trazos en su propia libreta.
—¿Es un gato?— preguntó de pronto Jaime.
—Sí— respondió el otro, que tenía plasmado en su libreta un dibujo que vagamente semejaba un ejemplar de aquel animal maullador al que Jaime hacía referencia. Las líneas que figuraban el dibujo eran gruesas, habiendo trazos que de tantas veces remarcados se llegaban a confundir con otros en varios puntos, llegando a parecer simples manchones en el papel. Y las líneas ondulaban excesivamente, lo cual hizo a Jaime sugerir que el gato tenía mucho frío.
—¡Cállate!, tú no podrías dibujar un gato aunque te arañara… —clamaba Pedro, tratando de ocultar la vergüenza que le causaba saberse nada más que aprendiz, cuando medio salón volteó a ver qué pasaba. Callando a medio clamor, Pedro trató de ocultar su rostro enrojecido entre sus antebrazos.
Curiosamente, el viejo profesor de matemáticas no se percató del asunto, pues estaba muy absorto en su propia recitación de una explicación sobre el uso de la “regla de tres” y tenía además algunos problemas de oído. Agradeciendo en sus adentros esto último, Pedro tornó su cabeza hacia Jaime y le dijo en voz baja:
—¡Qué fácil es criticar, pero a ver dibuja algo tú en lugar de estar rayando tu cuaderno como tonto!
Jaime no supo qué decir ante tales palabras, pues lo sorprendió la exagerada reacción de su compañero ante un comentario en el que él no había tratado de ofender, pues se trataba sólo de una ocurrencia. Entonces Pedro continuó:
—¿Qué caso tiene hacer lo que tú haces?, al menos yo sé lo que trato de hacer.
Jaime ya no hizo mucho caso de las palabras de Pedro en aquella ocasión, pero ahora, mientras dejaba caer las florecillas en el charco, el recuerdo le hacía pensar: “Otra vez estoy haciendo sin hacer nada”. No se detuvo a ver si realmente entendía la afirmación que acababa de formular, pero siguió pensando en que tal vez era cierto que era mejor tratar de lograr algo con lo que se hacía.
Y así reflexionaba el muchacho. Mas de pronto sus ojos perdieron la inmovilidad que habían adoptado mientras él divagaba, pues una mancha borrosa se materializó ante ellos, haciéndolos girar. Y las manos de Jaime se arrojaron frenéticamente hacia el objeto con apenas una fracción de segundo de retraso para lograr atraparlo. De modo que el objeto, que resultó ser una piedrecilla, fue a parar en medio de la frente de Jaime, quien, debido a la exaltación, se fue de espalda al suelo. Entonces vio a Pedro, que riendo le decía:
—Sigues haciendo cosas a lo tonto, no sabes ni qué vas a lograr arrojando flores a los charcos. Yo, por mi parte, sé lo que trato de lograr al recoger estas piedras, ¡trato de darte en la nariz! —y mientras, arrojaba una piedrecilla más a la cara de Jaime y se disponía a partir a toda prisa, pero entonces resbaló en el borde de una zanja y se fue de cara a un charco.
Momentos después una florista pasó cargando algunas rosas que traía para la venta y, alcanzando a distinguir vagamente y de reojo la silueta de los niños, pensó: “Están jugando”.
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Troy Pullman