volviéndose alarido frenético del celo,
volviéndose caricia salvaje y peliaguda,
volviéndose soplido desnudo bajo el velo.
De dónde sale el beso nocturno y escondido
que a los depredadores los unge con exceso,
que a las flores del campo las baña de un soplido,
que enseña al mundo entero la mística del beso.
De cuál de los enteros cristales de las luces
se nutren esas bocas que dicen los tequieros,
se marchan las desdichas, las llagas y las cruces,
se inmolan las cadenas de los besos enteros.
No sé. Nadie lo sabe. Sólo se saborea
la piel humanizante, la música del ave,
la huella del pasado, el tiempo que aletea,
la paz, la vida eterna… A la boca nos sabe.
Glauco
No hay comentarios:
Publicar un comentario