Ley antigua
La justicia en México es como una madre amorosa que es
saqueada por sus hijos e incluso violada. Los mexicanos no tenemos padre, la
inseguridad del niño que quiere sobresalir nos acompaña. Vemos que la ley nos
imposibilita mostrarnos grandes, napoleónicos, y en ese momento nos damos la
vuelta para abofetearla. La secuestramos, le cercenamos la palabra, y decimos
que así está dicho, que así se ha de hacer. La corrupción es la muestra de lo
que digo. El mexicano no mata a su madre por el miedo pusilánime a la
responsabilidad. Quiere que ella se haga cargo cuando algo salga mal.
El mexicano es tan vil como cobarde: agachon. Pero nótese
que sólo hablo de los que manipulan la ley. El primo de EPN, es el perfecto
modelo de lo que digo, es pusilánime, pero burlón. Un amigo hacía notar lo
endeble que se ve cuando dice, “Fuerte y con todo”. Nos va a chingar quedito,
bajita la mano. Ya lo decía Paz, para el mexicano es chingar o que te chinguen.
Pero nos han estado chingando durante casi 80 años. Y el problema no es el
sistema democrático, como dicen los politólogos, ya que eso implicaría que en
otros sistemas políticos no es posible la corrupción, o la libertad de elegir.
Claro que somos hijos de nuestro tiempo, y es aquí donde notamos las
desavenencias, las injusticias, el mal, claro que en el sistema burgués
reconocemos todo esto. Pero los sistemas siempre van a cambiar, en política siempre hay cambios. Lo
que necesitamos es encontrar la unidad, el punto más firme para comenzar a
actuar, para perder el miedo, para cambiar de verdad.
El mexicano es cobarde porque tiene miedo, tiene miedo
porque no tiene verdad de sí mismo. Quiere ser lo que no es, sin investigar
antes quién es. Por eso el mundo lo apabulla y quiere ser como el progresista
alemán o el económico asiático, pero sin dejar de ser mexicano. La envidia del
progreso es lo que mueve a los capos, a los gobernadores, a la injusticia,
también el miedo al deshonor y a la pérdida. Los mexicanos son muy orgullosos,
el orgullo y nuestro espíritu burlón nos mueve hacia adelante, pero con miedo
de dejar el suelo que nos vio nacer. Esto explica por qué el mexicano más que
ningún otro hombre en la tierra, se burla de sí mismo cuando le dicen que puede
ser bueno, pero que en la soledad de su alma, lo acepta con firmeza, porque ya
lo sabía.
Si otros maltratan a la mujer que nos provee de techo y
caminos, hay que denunciarlos. Son, después de todo, nuestros hermanos de
patria, y no podemos permitir que hagan su voluntad burlándose de todos al
decir que: no hay salida, ya que nuestra
propia ley está basada en la maldad del hombre; que el hombre es malo, lo cual
no podemos evadir, y que lo mejor que podemos hacer es dañar a lo que fue creado para matarnos.
Violar la ley, hacerla nuestra puta, es pervertirla al punto que ya no sepamos
nada del amor civil, y sí de la lascivia legal; pero así, exigir justicia, es
exigir depravación. Es verdad que la ley la han retocado tantas veces los
políticos que ya parece su sirvienta, pero esa ley, como dice el adagio, está
basada en costumbres, en una antigua ley no escrita en papel, sino forjada en
lo más íntimo de los hombres. Es ahí donde podemos encontrarnos como buenos y
exigir con la razón lo que tanto anhelamos: la justicia y felicidad del pueblo
de México.
Hace poco los mexiquenses salieron a votar por un cambio,
pero el poder es tan deseado, que los actores políticos mostraron al pueblo su
depravación con todo cinismo. No actuemos como ellos, que lo que buscan es
dejarnos más pobres, antes bien ayudémonos entre nosotros, como en el ejemplo
del buen hombre que no sólo tiene deseos de dar agua al sediento, sino que le da del agua que guardaba. En la
desgracia abracémonos y conozcámonos los unos a los otros, que también la gente
de nuestra ralea tiene derecho de un lugar a dónde poder llegar: paz y
dignidad, lo llamó el poeta.
Javel
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