Presentación

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miércoles, 30 de agosto de 2017

La obsesión del pan

La obsesión del pan
La avaricia lo corrompe todo. El deseo de poseerlo todo conduce a la inhumanidad. Todo cuanto se pueda contar o estrujar entre las manos es victimizado, corrompido por la avaricia. La concupiscencia lubrica el alma del avaro, le susurra caliente al oído que todo cuanto desee es suyo, siempre y cuando encuentre el camino para obtenerlo. Los avaros no son buenos amantes, ya que no seducen ni conquistan, sino que compran y obligan: despojan. Para el avaro, lo mismo que para el libidinoso, poseer es destruir: “Nadie más que yo podrá gozar de esto”, así va su canto.
El avaro, lo más que teme es la pérdida de aquello que posee y del poder sobre aquello que tiene. El avaro es un tirano, pues teme a la libertad. Éste es el dios que no juega a los dados, incluso en la apuesta de un nuevo proyecto para ensanchar sus arcas, prevé las más posibles situaciones, a fin de recuperarse pronto. Pero el tirano, como todo lo humano, está a merced del cambio. Imagino que antes de la comuna de París era muy fácil justificar la tiranía, pero después de los movimientos social-demócratas de la segunda mitad del s. XIX, la situación se volvió incómoda para estos personajes, -que hay que decirlo, también tienen su ego.
Los movimientos sociales, que pugnaban por un trato más igualitario, así como por una unificación de las naciones a fin de que la autonomía fuera sustento de las leyes y no las monarquías extranjeras o locales que tenían largo tiempo gobernando, obligaron a los tiranos a mutar. Mentes maquiavélicas, maquinaron con hambre su siguiente golpe. Durante algunas décadas permitieron que la libertad, la autonomía y las instituciones gubernamentales elegidas por sufragio efectivo, crecieran, pues era muy costoso financiar guerras. Además, el verdadero poder estaba ya en la industrialización. Los países pobres que se liberaron de algún yugo, pronto se vieron frente a un mundo que los coaccionaba a entrar al juego del consumo y la demanda. Si querían construir su nación, debían invertir, ¿cómo invertir sin capital? Fácil, levantaron la voz los burgueses, vendan sus materias primas, permitan que el mercado mundial entre hasta sus pueblos, en otras palabras, “déjense explotar”. El mundo no volvió a ser el mismo. Cuando las monarquías reinaban, las regiones súbditas, tenías el amparo de un rey. Con la democracia el proyecto falló, no por el ideal, sino por la situación, pues se creyó que las instituciones representativas podrían asumir la tarea de unificar y proteger a los ciudadanos. No contaban con la trampa a que los condujeron, les dieron libertad para explotarlos. Una vez explotados, las langostas capitalistas se iban dejando el problema en manos del gobierno. “Nosotros controlamos el mercado, y ustedes son libres de venderse”.
La monarquía ofrecía la relación entre siervo y señor; la democracia sueña con que los ciudadanos sean hermanos; y el liberalismo económico nos convirtió en presas fáciles de los avaros. Los Fords y Rockefellers hicieron todo lo posible por despojar al hombre del sentimiento de comunidad fraterna, al tiempo que obsesionaron a la humanidad con la tentación del pan (progreso). El avaro ama mal al hombre, pues quiere que su fustiga sea el hambre y no el amor o la amistad: el avaro, ya se sabe, quiere consumir, no compartir.

Javel 

sábado, 15 de julio de 2017

Legión

Legión

"Reconozco que un espíritu impuro debe de alojarse en mí, pero sin duda es muy modesto. Si fuera más importante, habría buscado otro alojamiento."

"Ahora me doy cuenta de que, al hablarle de mi horror por la ingratitud, sólo esperaba sus elogios por mi sinceridad"


El corazón ansía, pero no a ti. La razón estira las manos esperando alcanzarte, pero no consigue nada, y es que aún eres ajeno para mí.

¿Por qué te tomé entre mis lívidas manos? No lo recuerdo, pero se me ocurre que por algún gusto, o mejor dicho, por algún rencor –Yo diré que por amor a la elevación. Has de haber caído en el olfato de mi libido que ansía poseer algo. ¡Temeroso hipócrita de sí mismo!

¡Qué ingrata es la fama del escritor! Ésta lanza los frutos, las llamas vivas de su ingenio hacia cualquier par de manos, por ejemplo éstas que avanzan con lujuria, con orgullo y sin talento por sus pliegos. Deberían escoger bien a sus invitados. ¿No han escuchado eso de “en manos peligrosas esto sería un arma mortal”? Imaginen ahora qué sería en manos torpes, inseguras de sí mismas: frutos secos, esterilidad vanidosa.  

¿Por qué, poetas, sabios, amigos, me hablan? Creo que nunca he podido dejarme llevar por sus mares de pasión y sabiduría. Soy desconfiado y no me dejo envolver por ustedes, ¿qué sé entonces? ¿No ven que me atormentan? El ignorante es siempre más feliz, y sin embargo, esto lo aprendí con ustedes.

No me queda más que levantarme y creer su piadosa labor.

Veo mi problema y lo denuncio, pero ¿es, acaso, ésta mi salvación? O ¿sólo me complazco en el lirismo con que muestro a mi demonio? ¡Absurdo todo esto!

Abro los ojos y veo que a dentelladas mustias la vanidad se alimenta. Un miserable eleva la puerta y desde adentro ve tranquilo la tormenta.


Javel

viernes, 30 de junio de 2017

Gracias a ti

Gracias a ti

Caía el sol tan pesado en la espalda y la cabeza de Joaquín, que lo mejor que se podía hacer era refugiarse en las sombras frescas de los árboles o edificios, ya no valía la pena quedarse a ver cómo se mojaban las escuinclas con los enormes chorros de agua fría. Ni su cuerpo excitado se sentía como el calor de fuera, ni el calor de fuera seducía tanto como los pechos humedecidos y tibios. –Quizá bajo el monumento a la revolución esté mejor, se dijo, -pero ahí hay manifestantes, y frunció el ceño de tal manera que más bien parecía que el sol se lo estaba deformando. Le empezó a doler la cabeza, así que decidió ir por unas aspirinas al seven de la esquina. Compró sus pastillas, un refresco y salió rumbo a la calle de Vallarta. El calor en verdad era insoportable. ¿Por qué salí a caminar?, se reprochó en tanto se sentaba frente a la estatua del presidente de la Comisión Mexicana de Trabajadores. ¿Para qué salí?, se volvió a preguntar. Porque no tienes nada que hacer; hoy uno sale por nada y para nada, dijo al fin. Divertirse, trabajar o estudiar ya vienen a ser la misma cosa: inversión de tiempo, habilidades, emociones. No –se detuvo riendo- el derroche es más atractivo, el chiste es vivir por vivir y que todo se acabe. Suspiró aliviado.
Y de buena manera se habría quedado ahí encorvado mirando sus zapatos ir y venir contra la banqueta, si no hubiera sido porque el dolor se calló como si se hubiera dormido. Además una de las muchachas que se refrescaban en las fuentes le sonrió al pasar, y esto fue todo lo que necesitó para seguirla de lejos hasta que ella se detuvo. Ella lo esperaba, lo miró, se sacó la camiseta frente a él para exprimirla, y dejó que a Joaquín se le humedeciera el alma con la vista de su piel blanca, su brasier azul repleto de lunas llenas y sus ojos a medio amanecer. Él sentía como si la línea de agua que se estrellaba contra el piso le perforara los oídos. Ella arqueó la ceja del ojo derecho, lo miró otra vez y se dijo: –Flaquísimo, altísimo, inocentísimo, -y sonrió maliciosamente.
-Oye, -¿Sí? -¿Cómo te llamas? –Joaquín –¿Y vives por aquí? –Sí, por ahí. -¿Y tú? -¿Qué cosa? -¿Cómo te llamas? –Adivina – ¿Fernanda? –No. –¿Dulce? –Tampoco. –No, pues no sé. Me doy. –Me llamo Yaz, y sonrió. –¿Jazmín? –Sí  –¿Y-y-y-y vienes muy seguido? –A veces. Cuando no tengo nada que hacer. –¿Trabajas? –No. –¿Estudias? –Menos. No pasé los exámenes para la UNAM. Así que como quién dice, no tengo nada que hacer. –Entonces vienes diario. –Sonrieron los dos. –Tampoco. Me gusta andar por aquí, por allá. En todas partes me acomodo, menos en la contemplación. No que no sea pacífica, pero no me gusta estar de aburrida en mi casa, pensando y así. No me gusta no hacer nada. –¿Y ahorita a dónde vas? – Yaz subió desenfadadamente ambas cejas al mismo tiempo que subió los hombros como diciendo “no sé a dónde”, “no me importa”. -¿Tú? –No sé.
Y así, sin acordarlo, siguieron caminando. Ella de vez en cuando lo miraba y le sonreía provocativamente. Él se estremecía, pero no por mucho tiempo, porque, según él, ya sabía a qué quería jugar Jazmín, así que también le sonreía inocentemente. Que se confié –se decía.
El calor ya está bajando, ¿verdad?, dijo Joaquín. –Sí, respondió ella arrastrando con sus risueños ojos los labios de Joaquín hasta sus labios, ya está bajando. También arrastró las palabras. –¡Mira!, dijo ella, ya se secó mi ropa. Para demostrárselo, tomó la mano flaca y grande del inocente, y la arrojó como al conejo a mitad de su pecho. También el pantalón, y dejó que le tocara las nalgas. Entonces él la abrazó, y ella no se resistió. La besó tan rápida y ligeramente que parecía no tocarla. La vida se consumía por la vida. Sus sexos se tocaron. Sus respiraciones agitadas revolvíanse cual cenizas. “Como dos estudiantes en celo”, escuchó a lo lejos Joaquín. Cuando por fin terminó, ella le besó la mejilla, mientras al oído le decía –Gracias. –¿De qué?, dijo él sorprendido y aún excitado. –Por nada, sonreía ella irónica. Risa tan hiriente que quebró los ojos de Joaquín.
-Por nada y el derroche, ‘para hacerlo más atractivo’ ¿Recuerdas?, más risas.
Joaquín se puso tan pálido y triste que sintió como si un frío sepulcral le aguijoneara todo el cuerpo. Frunció el ceño y… al fin despertó. Comenzaba a llover. ¡No pasó nada!, se dijo melancólico. Ensimismado caminó hacia el metro mientras la gente corría escapando de la lluvia. Él era el único que disfrutaba de la lluvia.
–Al fin el insoportable sopor de la ciudad comienza a evaporarse, se dijo mientras respiraba aliviado el aroma a tierra húmeda, que aún en la ciudad es refrescante, al menos de principio, porque después todo se vuelve hastío, exceso, derroche. Al llegar al metro, escuchó que alguien gritó “¡Yaz!, no te vayas sola, déjame acompañarte.” La carita angelical de la muchacha se sonrojó, pero sonriendo agradecida dijo, “Gracias”.
Joaquín susurró desde los torniquetes: –No. Gracias a ti.  

Javel

   

viernes, 16 de junio de 2017

Pobreza


Pobreza
¿Por qué es un problema la pobreza? Porque es injusta ¿Por qué es injusta? Es esta segunda pregunta la que ofrece una posibilidad de entender la naturaleza humana, pues de acuerdo a lo que respondamos sobre la injusticia de ser pobre o de padecer la pobreza, estaremos diciéndonos qué pensamos es el hombre. Sólo al emprender la búsqueda en esta respuesta tan obvia, podremos comenzar a abordar un tema más sustancial. -Ofrezco mínimos esbozos.
Si decidimos que la pobreza es injusta porque impide que los de menos recursos obtengan los beneficios de la capitalización, así como las comodidades de la ciencia. Lo que resalta es que para nosotros, pobreza, es injusticia en tanto que es inherente al hombre el deseo de materialidad. La pobreza es un mal porque todos deberíamos poder tener un auto de lujo y no envejecer, y a día de hoy sólo unos cuantos lo tienen. Pero en el caso de que todos pudiéramos tener un auto de lujo, y corriéramos todos los días en él, quedaría la pregunta: ¿Qué más hacer? Nótese que si bien la envidia podría ser erradicada, no así el desconcierto que apabulla al alma una vez se encuentra consigo misma.
Si decimos que la pobreza es un mal, porque genera degradación en el cuerpo, alma y moral de los hombres al impedirles ascender a los altos valores de las clases educadas y ricas, lo que se ve es que el positivismo nos llevó a reducir al hombre, haciéndolo un ser condicionado enteramente por su circunstancia social o medio. Además de que es bien conocido que también las grandes élites poseen vicios sólo que con mayor “refinamiento”.  Precisamente es el pobre comprometido con su dignidad el que busca en todo abrazarse a un ideal más alto de justicia que sobrepase los valores económicos. Ayudar al sediento, con la poca agua que se tiene.
Si decimos que la pobreza es un mal causado por los sistemas políticos que siempre apoyan más al aristócrata o empresario, es confiar en que la naturaleza del hombre no es falible. En todos los regímenes hay pobres, pues en todas las configuraciones posibles para la búsqueda de la buena vida, los hombres pueden perderlo todo por un arrebato de pasión, o en el cumplimiento de un ideal mal pagado, o por causa de un mal cálculo en la bolsa de valores o mercado local.
La pobreza entendida como un problema de economía es un falso problema, es pensar que sólo tenemos unos cuantos días para vivir, por lo que hay que devorarlo todo, y que no habrá nada más. Pero no es así, que la inmortalidad del alma nos alivia o atormenta una vez cae el ruido del medio, de lo que nos dicen que nos condiciona… Lo que es el verdadero mal en la pobreza, o por lo que es una injusticia, es porque rompe con todos los posibles lazos de la fraternidad: ya sea porque la avaricia embrutece al hombre hasta el punto en que disfruta de ver a su padre bajo sus pies; ya sea porque azuza la desconfianza en que el otro sólo me quiere quitar lo poco o mucho que tengo por la fuerza o el engaño; ya sea porque en la pobreza del otro vea la indefensa y me quiera aprovechar, como en el primer caso, diciéndoles que sólo bajo mi venia estarán seguros, aunque sepa que todo es mentira, es decir, aunque sepa que no hay verdad, y de tirano pase a idealista melancólico.   
En fin. No hay solución real a la pobreza, si ésta atenta o socava la naturaleza humana.

Javel 

jueves, 8 de junio de 2017

Ley antigua

Ley antigua
La justicia en México es como una madre amorosa que es saqueada por sus hijos e incluso violada. Los mexicanos no tenemos padre, la inseguridad del niño que quiere sobresalir nos acompaña. Vemos que la ley nos imposibilita mostrarnos grandes, napoleónicos, y en ese momento nos damos la vuelta para abofetearla. La secuestramos, le cercenamos la palabra, y decimos que así está dicho, que así se ha de hacer. La corrupción es la muestra de lo que digo. El mexicano no mata a su madre por el miedo pusilánime a la responsabilidad. Quiere que ella se haga cargo cuando algo salga mal.
El mexicano es tan vil como cobarde: agachon. Pero nótese que sólo hablo de los que manipulan la ley. El primo de EPN, es el perfecto modelo de lo que digo, es pusilánime, pero burlón. Un amigo hacía notar lo endeble que se ve cuando dice, “Fuerte y con todo”. Nos va a chingar quedito, bajita la mano. Ya lo decía Paz, para el mexicano es chingar o que te chinguen. Pero nos han estado chingando durante casi 80 años. Y el problema no es el sistema democrático, como dicen los politólogos, ya que eso implicaría que en otros sistemas políticos no es posible la corrupción, o la libertad de elegir. Claro que somos hijos de nuestro tiempo, y es aquí donde notamos las desavenencias, las injusticias, el mal, claro que en el sistema burgués reconocemos todo esto. Pero los sistemas siempre van a  cambiar, en política siempre hay cambios. Lo que necesitamos es encontrar la unidad, el punto más firme para comenzar a actuar, para perder el miedo, para cambiar de verdad.
El mexicano es cobarde porque tiene miedo, tiene miedo porque no tiene verdad de sí mismo. Quiere ser lo que no es, sin investigar antes quién es. Por eso el mundo lo apabulla y quiere ser como el progresista alemán o el económico asiático, pero sin dejar de ser mexicano. La envidia del progreso es lo que mueve a los capos, a los gobernadores, a la injusticia, también el miedo al deshonor y a la pérdida. Los mexicanos son muy orgullosos, el orgullo y nuestro espíritu burlón nos mueve hacia adelante, pero con miedo de dejar el suelo que nos vio nacer. Esto explica por qué el mexicano más que ningún otro hombre en la tierra, se burla de sí mismo cuando le dicen que puede ser bueno, pero que en la soledad de su alma, lo acepta con firmeza, porque ya lo sabía.
Si otros maltratan a la mujer que nos provee de techo y caminos, hay que denunciarlos. Son, después de todo, nuestros hermanos de patria, y no podemos permitir que hagan su voluntad burlándose de todos al decir que: no hay salida, ya que nuestra propia ley está basada en la maldad del hombre; que el hombre es malo, lo cual no podemos evadir, y que lo mejor que podemos hacer es  dañar a lo que fue creado para matarnos. Violar la ley, hacerla nuestra puta, es pervertirla al punto que ya no sepamos nada del amor civil, y sí de la lascivia legal; pero así, exigir justicia, es exigir depravación. Es verdad que la ley la han retocado tantas veces los políticos que ya parece su sirvienta, pero esa ley, como dice el adagio, está basada en costumbres, en una antigua ley no escrita en papel, sino forjada en lo más íntimo de los hombres. Es ahí donde podemos encontrarnos como buenos y exigir con la razón lo que tanto anhelamos: la justicia y felicidad del pueblo de México.
Hace poco los mexiquenses salieron a votar por un cambio, pero el poder es tan deseado, que los actores políticos mostraron al pueblo su depravación con todo cinismo. No actuemos como ellos, que lo que buscan es dejarnos más pobres, antes bien ayudémonos entre nosotros, como en el ejemplo del buen hombre que no sólo tiene deseos de dar agua al sediento, sino que le da del agua que guardaba. En la desgracia abracémonos y conozcámonos los unos a los otros, que también la gente de nuestra ralea tiene derecho de un lugar a dónde poder llegar: paz y dignidad, lo llamó el poeta.   
Javel

      

viernes, 19 de mayo de 2017

Extranjero en tierra propia

Extranjero en tierra propia

Leer bien es volver a escribir el libro que se leyó. Inténtese averiguar con el Kamasutra o invéstiguese el ingenioso caso de don Alonso Quijano.

Javel

viernes, 5 de mayo de 2017

Tentativa

Tentativa
Tenía el afán de hablar sobre un escrito de don Miguel de Unamuno. En aquel escrito él se dedica a dar la razón por la que los jóvenes desisten de la actividad intelectual y artística. El principal problema, dice don Miguel, es el miedo al fracaso, que siempre va disfrazado de decidía. Me parecía que este excelente regaño por parte del filósofo, es lo bastante claro para poner de relieve el ánimo de aquellos que dejan la pluma. Pues al final del consejo, ensayo, anécdota, reflexión, del escritor español, da una cura para ello: salir a otros lados, ver otras vidas. La decidía y el miedo al fracaso son males, porque nos dejan inmóviles. La escritura y el pensamiento son vida, es decir, movimiento vital.  Pero atosigar con consejos al amigo o con regaños, es quizá lo peor. Además de que el filósofo habla de aquellas almas provincianas, es decir, cobardonas.
Pero desistí.
Después, intenté hacer un poema. Mi tema sería el desasosiego que sufrimos algunos al ver que nuestro trabajo no nace con la misma altura que dan los escritores consagrados a sus obras; esos que vieron el abismo y triunfaron sobre él. Mi poema diría algo así como “Sufro por no sufrir las tempestades/que el dios desata en los corazones inmortales.” Pero acaso sería falso ese sufrimiento, y sólo por pose me figuro anhelante de abismos.  “La preocupación por la verdad no siempre tiene que ser tan pesada”, me dije. La sencillez es igual de loable cuando ésta apunta a la bondad. Los ancianos de México, por lo regular, son gente sencilla, pero de un espíritu más que fuerte. ¡Qué admirables son!, me digo. Tenía la intención de hacer ver con esto, que no se puede abandonar un camino, una vez descubierta nuestra huella en él. Es decir, que no podemos engañarnos. O somos pensadores o científicos o artistas o gente del pueblo. Sea cual sea nuestro temple, no podemos postergarlo.
Al último tuve la intención de hablar sobre un escrito del joven meditador José Ortega y Gasset, en el que habla de un escritor francés que desde el principio hizo obras perfectas. La crítica era que a él, como lector , le hubiera gustado más ver a ese escritor francés ir fracasando en sus obras, a fin de ir encontrándose en ellas, pero al escribir perfectamente desde el inicio, se condenó a no fallar nunca, y todos sabemos que después de lo perfecto no hay nada más. La observación del gran meditador, me hizo pensar que no por estar metidos en la actividad más verdaderamente humana, debemos hacerlo con perfección siempre. Lo mejor es ir encontrándonos, buscándonos, investigándonos, conociéndonos. No se nos puede pedir perfección entre amigos, pero sí intentar en todo ser verdaderos.

No nos quedemos con la intención,
si ya sabemos nuestro camino, no nos mintamos, que eso arruina la vida.

Javel  

viernes, 7 de abril de 2017

Veneno

Veneno
La batalla a veces duraba días enteros, en ocasiones una sola noche. El cazador salía en busca de una presa, la perseguía, la hostigaba, la cortejaba entre la selva de su alma, sin conseguir nada más que un presentimiento de aire entre los dedos. El siervo se ha escapado. Pasan días, semanas, a veces años, y vemos que el cazador se ha puesto a buscar otra presa, de hecho consigue varias, pero no nos engañemos, su olfato de sabueso no lo ha dejado dormir; él sigue buscando rabiosamente a aquella bestia hermosa que se le escapó de las manos. Sin decir nada, ni a él mismo, sus sentidos seguían buscándola; un día la encuentra y sin que ésta se puede resistir, la atrapa. Y recuerda cómo antes se escabullía como serpiente entre las ramas, después de inyectarle su veneno.
El viril cazador se sentía engañado, preñado de esta bestezuela, por eso nunca dejó de rastrearla, para matarla con sus propias manos. Le ofrecía regalos, le pedía por favor que viniera, le mostraba su veneración en templos. Pero cuando por fin la tiene entre sus brazos, la estruja, le pega, la asesina hasta que ella grite y le diga lo que tanto anhela saber el hombre: la verdad. Al fin se siente aliviado el nómada. Come su carne, la comparte entre otros, exhibe su piel, pero pronto ve que su carne no sacia. Vuelve a buscar avecillas; a domesticar a algunos animales en jaulas para cuando necesite comer, sólo extienda las manos. A algunos los domestica para que le sirvan en sus expediciones, en su casa, en su vida, con las mujeres.
El veneno de la primera aún recorre su torrente sanguíneo, pero lucha por no sentir ese ardor, ese escalofrío que le inyectó la primera pregunta. Sale a cazar respuestas más inmediatas, se cubre con pieles más finas. Se olvida de su instinto de matar, de comer, de vivir. Se ha vuelto civilizado este nómada. Pero un día, en un sueño, al ver que sus ideas matan hombres, va y se pregunta “¿esto somos?”, entonces ve con horror que en su alcoba hay una víbora bajo la cama y el veneno vuelve a fluir. Quiere sentir la vida, así que se desnuda, se hace hombre, santo, bestia, guerrero, amante, poeta, asesino, grita rabioso, con una voz casi animal: ¡¿Por qué me has abandonado?!
El cielo retumba, el hombre llora, la verdad aún se nos escapa… ¡Maldita pregunta: maldito animal; maldito veneno: maldito amor de verdad!
Javel



viernes, 24 de marzo de 2017

La casa de los espejos

La casa de los espejos
Yo escucho a Serrat
y lo veo todo de otro color

Fantástico invento es el espejo, pues está dentro de aquellos artificios que una vez nacidos, no se pueden mejorar. Pero se pueden alterar. Los espejos nacen siendo perfectos, pero de nada sirven, si no sabemos qué es lo que estamos viendo en ellos. De nada sirve ir a buscarse en el reflejo si no sabemos qué estamos buscando. También hay que reconocer que así como el espejo puede reflejarlo todo, siempre y cuando se pose algo delante de ellos, no todo reflejo es imagen. O al menos, no toda imagen fiel nos ayuda a conocer; a conocernos; o a conocer conociéndonos; o a conocernos conociendo.
Difícil es ver dentro de un espejo, pero fascinante una vez que se revela la imagen. En el arte de ver, porque es un arte, no sólo la imaginación, también el pensamiento que abstrae y que compara nos ayuda a ver mejor. Separamos lo que queremos ver, lo que la intuición nos grita despacito, esto es lo importante; para después, compararlo a la luz de aquello que ya hemos visto o sabemos que es verdad. La verdad, en esto de los espejos, siempre será nuestra piedra de toque, aquella que no nos deje caer al abismo de las imágenes sin sentido, sin lógica o reflexión. Es decir que el arte de ver lo es sólo porque atiende a la búsqueda de la verdad dentro de los límites de aquello que se está pensando.
Verdad es que un espejo lo refleja todo cuanto se pone delante de él. Por eso es que nos damos cuenta que el hombre, ni en metáfora, es un espejo, pues aunque puede reflejarlo todo, no lo hace, porque tiene voluntad. Es decir, busca qué expresar, busca qué recordar, imaginar, pensar, en fin, busca qué reflejar. Y lo que más le importa al hombre es la verdad, tanto como vivir feliz, el resto es humo. Cuando los espejos se llenan de humo, o trabajan con él, se les llama trucos de magia, o engaños. El mago nos presenta un espectáculo con imágenes falsas y todos sabemos que es una ilusión. Peligroso cuando el mago, el show, el humo, comienzan a invadir nuestra vida, presentándose como imágenes verdaderas. ¡Es real!, dicen los entusiastas del 3D.
El realismo que nos invade hoy día, y que es por una parte la copia plana de la vida, y por otra, la máquina de humo que llena toda la habitación, convirtiendo todo en sombras presenciales, es decir, que están en la vida y que se nos obliga a aceptarlas como importantes en ella, nos asfixia poco a poco. El realismo no nos presenta una oportunidad de conocer la imagen verdadera y buena de la vida del hombre, sino que nos llena de sombras que en poco o nada ayudan al conocimiento y perfección de la humanidad. Todo es importante, porque todo es real, porque todo está presente. Poeta ya no es el que pone su mirada para acercarnos a una cuestión importante de la vida y llevarnos seguros a la verdadera imagen del ser humano, sino el que puede reproducir toda la vida sin decirnos nada de ella. Porque de la vida no se puede decir nada y no hay límites. De esto resulta que la vida no tiene sentido ni comunión… Pero yo digo que la palabra que apunta al todo es un vano artilugio de hechicería. Por eso, el ver debe ser un arte: la oportunidad de encontrar en lo común, la belleza y la bondad. De otro modo nos perderemos en el vacío de las vacías palabras.
Hasta Virgilio guiaba a Dante en el infierno. A nosotros sólo se nos está dando el infierno, pero sin nadie que nos guíe. Lo mejor sería salir de esta casa de los espejos en la que entramos para sentir más real la realidad, y dejar escapar de nuestras almas esos humos infectos que en nada nos ayudan, para ver de nuevo en la imagen del hombre y comenzar una búsqueda, ya sea solos o acompañados de los que en la indagación salieron victoriosos y que sus palabras ayudan a ver bien al hombre, como lo son Cervantes, Platón, La Biblia, Flaubert, Shakespeare, Aristófanes, Schiller, Dostoievski, Kafka, Borges, Rulfo, Pacheco, Sabines, Revueltas, Pellicer, Vargas Llosa, Unamuno, Antonio Machado, Hesse, Coetzee, Chesterton, Dickens etc., etc.
Hay que volver a perseguir la buena vida en las buenas palabras, para dejar de ver todo, sin mirar nada.   

Javel 

viernes, 24 de febrero de 2017

La noble economía de la nada

La noble economía de la nada

Razonamiento económico
Ya se sabe que cantidad no es calidad. Podríamos añadir al viejo adagio que mucho menos es cualidad. Calidad se refiere al mejor modo de ser. Cualidad se refiere a aquello por lo que identificamos esto y no lo confundimos con eso otro. La cantidad es sólo un accesorio. Pero un accesorio que nos permite llegar a todos. La calidad importa más, y todo buen productor o prestador de servicios y filántropo lo sabe bien. Ningún empresario deja que en sus fábricas se produzcan artículos que no sirvan. Para esto hay jefes de control de la calidad, sin los cuales, habría muchas quejas porque lo que se vende está mal. ¿Cómo compartir el bien, si hay mucho mal?

Iniciación a la nada
El mejor modo de ser del hombre recibe el nombre de virtud. El hombre virtuoso es el mejor de todos. Para llegar a ser el mejor de todos, también se ha de contar con un examinador, que nos impida, ya sea con la vergüenza o el dolor o un argumento, hacer cosas viles. Hoy que la cantidad importa más que nunca, el corazón y la conciencia de los hombres han perdido trabajo. Importan las vivencias fuertes y en exceso, más que el conocimiento del bien. Pero acaso eso sólo sea posible para los que pueden costear tales vidas; queriendo imitar a los aristócratas del placer, el exceso moderado también es aceptado en este mundo. Es el joven drogándose cada fin de semana hasta morir, pero sólo esos días, no más. Todo con moderación. Es vivir al límite sin culpas de conciencia. ¿Es el exceso moderado el nuevo modelo de la perfección humana?* Yo creo que sí, pero sólo lo creo porque estoy drogado. Cuando deje de estarlo, no lo creeré más y ni la sociedad podrá inculparme por no vivir sujeto al canon, ni la conciencia podrá atormentarme, pues a nadie le importa nada. 


*La moderación en el límite es una falacia construida por el miedo al valle de lágrimas. 

Javel

viernes, 10 de febrero de 2017

Carne de cañón

Carne de cañón 

La belleza se prostituye por nuestras calles, esperando encontrar al amor entre sus clientes frecuentes, pero no sabe que a éste lo ha secuestrado el maloliente sexo, brazo derecho del descaro público. La belleza paga, sin saberlo, el tributo para rescatar al amor de las garras del pecado. 

Javel 

viernes, 13 de enero de 2017

Carta hallada a un ahogado

Carta hallada a un ahogado
(Lettre trouvée sur un noyé)

Guy de Maupassant
Traducción directa del francés por Javel

¿Usted me pregunta, Madame, si me burlo de usted? ¿Usted no puede creer que un hombre no haya sido golpeado por el amor jamás, verdad? Está bien. ¡Pero yo jamás amé, jamás!
¿De dónde me viene esto? No sé. ¡Pero jamás me he encontrado en esa especie de embriaguez del corazón al que han llamado amor! ¡Jamás he caído en esa lucha, en esa exaltación, en esa locura a la que nos arroja la imagen de una mujer! ¡Jamás me persiguió ni atormentó la enfermedad de la avaricia para adueñarme de un ser que hiriéndome me parezca el más deseable de todos los bienes, la más bella de todas las creaturas, o lo más importante entre todos los universos! Yo jamás he llorado ni sufrido por alguna de ustedes. Jamás he pasado las noches con los ojos abiertos y pensando en alguna mujer. No conozco los rayos que iluminan las mañanas al pensar y recordar a ese ser. No conozco el enervamiento que nace de la esperanza al saber que ella viene, ni la divina melancolía que produce su abandono, el cual deja en la habitación un ligero olor de violetas y jazmines.
¡Jamás he amado!
Sin embargo, también me pregunto frecuentemente por qué será esto. Y verdaderamente no sé por qué. He encontrado algunas razones, sin embargo, éstas pertenecen a la Metafísica, y puede ser que usted no entienda lo esencial.
Creo que juzgo mucho a las mujeres por sufrir más que nadie sus encantos. Quiero pedirle perdón por estas palabras. Le explicaré. Hay, en toda creatura, el ser moral y el ser físico. Para amar, es necesario encontrar entre esos dos seres una harmonía que jamás hallé. Siempre uno de los dos seres se imponía al otro, ya el moral, ya el físico.
Así, la inteligencia que nos guía al amar a una mujer no tiene nada de la inteligencia viril. Esto es más o menos de este modo: cuando sucede que una mujer tiene el espíritu abierto, delicado, sensible, en fin, encantador, no tiene la necesidad ni de poseer ni de nacer en el pensamiento de los hombres, pero inevitablemente, al contar con el don de la elegancia, de la ternura y la coquetería, esa facultad de asimilación a la que llamamos razón, así se engaña, y en poco tiempo habrá un hombre desviviéndose por esa mujer. Por esto, la más grande cualidad de una mujer debe ser la sutileza, este delicado sentido que es para el espíritu como la piel para el cuerpo. Éste revela, a menudo, miles de cosas, como los contornos, los ángulos y las formas en el orden intelectual.
Las mujeres hermosas, las más de las veces, no poseen una inteligencia que esté en relación con su persona. Y el menor defecto de concordancia me golpea y me hiere al instante. En la amistad esto no importa. Pues en ella se han reportado los defectos y las cualidades. De este modo se han podido juzgar un amigo con su amiga, dándose perfecta cuenta ambos de lo que esto tiene de bueno, no importándoles las faltas y así aprecian todo para abandonarse a una íntima simpatía profunda y encantadora.
Pero para amar hace falta estar ciego, estar completamente libre de la visión, del razonamiento, de la comprensión. Hace falta poder adorar las bajezas lo mismo que las bellezas, renunciar a todo juicio, a toda reflexión, a toda perspicacia.
Y yo soy incapaz de este enceguecimiento, así como un repudiador declarado de la seducción irracional.
Eso no es todo, tengo, más que nada, una idea alta y sutil de la harmonía; pero jamás se realizará mi ideal. ¡Usted me ha de tener por un loco! Escúcheme. Una mujer, a mí parecer, puede tener un alma deliciosa y un cuerpo encantador, sin que este cuerpo y esta alma concuerden perfectamente juntos. A lo que me refiero es que las personas que tiene la nariz de cierta forma no deben poder pensar de cierta manera. Las personas gordas, no tienen el derecho de servirse de las mismas palabras y frases que las delgadas. Usted, que tiene los ojos azules, Madame, no puede considerar la existencia ni juzgar las cosas o sucesos como si tuviese los ojos negros. La perspicacia de vuestra mirada viene a corresponderse fatalmente con la perspicacia de vuestro pensamiento. He podido sentir esto por un instinto detectivesco que poseo. Ríase si quiere, pero así es.
He creído amar, sin embargo, sólo una hora, un día. Sufrí necesariamente la influencia de las circunstancias, de los hechos que me envolvían. Me dejé seducir por la mirada de una aurora. ¿Le gustaría escuchar esta historia?
Una tarde me encontré con una hermosa persona, pequeñita, exaltada, que deseaba, por una fantasía poética, pasar una noche conmigo en un bote sobre el río. Yo habría preferido un cuarto con su litera; sin embargo acepté el río con el bote.
Era el mes de junio. Mi amiga escogió una noche de luna a fin de poder llegar a la cima de la pasión.
Cenamos en una pensión que estaba a la orilla del río y nos embarcamos a eso de las diez. Encontré la aventura demasiado bestial, pero como mi compañera me agradaba, no me disgusté mucho. Me senté frente a ella, tomé los remos y partimos.
No podía negar que el espectáculo fuera hermoso. Llegamos a una isla poblada de árboles, repleta de ruiseñores; la rivera nos arrojó rápidamente en sus trémulos de plata. Los sapos arrojaban sus cantos monótonos y claros; las ranas se aglomeraban en la hierba de la orilla y el fluir del agua que se deslizaba a nuestro alrededor nos envolvía en una suerte de ruidos confusos que parecían interminables, inquietantes. Todo eso nos daba una vaga sensación de un misterioso poder.
El encanto de la noche tibia junto al reflejo de la luna bajo el agua nos penetraba. Hacía buen tiempo para flotar así y soñar y sentir cerca de sí a una joven mujer atenta y bella.
Estaba un poco emocionado, un poco turbado, un poco embriagado por la claridad de la noche pálida y por la figura de mi compañera.
<<Acérquese más a mí>>, dijo ella. La obedecí. Ella volvió a hablar: <<Dígame versos>>. Me pareció demasiado; me rehusé; ella insistió. Ella quería decididamente jugar a lo grande con la orquesta de sentimientos, desde la luna hasta le rime. Al fin cedí, y le recité para burlarme una deliciosa pieza de Louis Bouilhet, a quien pertenecen las siguientes estrofas:

Detesto, sobre todo, ese muro que humedece al ojo
de quien mirando una estrella murmura un nombre,
¿y de quién la naturaleza sería vislumbre
si en la grupa del mundo no hubiera de Lisette o Ninö [rastrojo]?

Esas encantadoras personas se abandonan a la pena,
en fin, ¿para qué interesarse por este pobre universo?
¡Atar las faldas de los árboles al piso
y escuchar con atención la blanca trompetería!

¿Qué entienden de la música divina,
eterna naturaleza de las trémulas voces,
éstos que no queriendo ir solos por los cruces de ríos peligrosos
van soñando encontrar gemidos de mujer en los bosques?

Me esperé a los reproches. Pero jamás llegaron. Ella murmuró: << ¡Eso es muy cierto! Me quedé estupefacto. ¿Habría comprendido algo?
Nuestro barco, poco a poco, se estaba aproximando a la orilla, lo enganché con una cuerda a un árbol. Por mi parte, enlacé la cintura de mi compañera y muy dulcemente acerqué mis labios a su cuello, pero ella me rechazó en un movimiento brusco e irritado. ¡Basta ya de eso! ¡Es usted un grosero!
Intenté atraerla, pero se sujetó al árbol y los dos por poco caímos al agua. Juzgué prudente detener mi persecución. Ella me dijo: <<Me gustaría hacerlo zozobrar. Estoy bien y sueño, eso sí es bueno>>, después añadió hablando maliciosamente: << ¿Creo que ya olvidó los versos que me recitó?>>  Sus palabras eran justas. Lo entendí todo.
Después dijo: << ¡Vamos, reme!>> Y así recobré mis fuerzas.
La noche era tan profunda como ridícula mi actitud. Mi compañera me preguntó si le podía hacer una promesa.
-Sí… ¿cuál?
-Permanezca tranquilo, propio y discreto, si me hace favor…
-Sí, diga.
-Mire, yo quisiera permanecer recostada sobre mi espalda, a su lado, en el fondo del barco, y mirando las estrellas.
No lo podía creer, ¡conmigo!
Ella prosiguió. <<Usted no me comprende, nos tenderemos lado a lado, pero quiero evitar que usted me toque, o me abrace, en fin… que… que me... acaricie.
Se lo prometí. Ella me advirtió: <<¡Si usted se exalta, yo hundo el bote!>>

Y henos ahí recostados, lado a lado, los ojos al cielo, sobre el filo del agua. Los vagos movimientos del barco nos mecían. Los ligeros ruidos de la noche nos parecían, ahora en el fondo del barco, diferentes; a veces, esos ruidos nos hacían temblar. ¡Sentí cómo iba creciendo en mí una extraña y desgarradora emoción, un anhelo o enternecimiento infinito, algo parecido a una necesidad de abrir mis brazos para entender, y de abrir mi corazón para amar, tenía necesidad de entregarme, de dar mis pensamientos, mi cuerpo, mi vida y todo mi ser a cualquiera!
Mi compañera murmuró como si soñará, << ¿Dónde estamos?>> << ¿A dónde vamos?>> << ¿Me parece que dejo la tierra?>> << ¡Qué dulce es esto! ¡Oh!, ¡¿Si usted me amara… un poco?!
Mi corazón se comenzó a batir. No pude responder nada; él me decía que la amaba. No dije nada apasionado. Así estaba bien, estar a su lado era todo lo que necesitaba.
Nos quedamos largo tiempo quietos, largo tiempo sin movernos, pero nuestras manos no resistieron más; una fuerza deliciosa nos paralizó, una fuerza desconocida, superior, una ALIANZA casta, íntima, absoluta ¡Perteneciente a unos seres cercanos que aparentemente no se pueden tocar! ¿Qué era esto? ¿Lo sabía? Era amor ¿Qué más puede ser?

El día nacía poco a poco, eran las tres de la mañana. Lentamente una gran claridad invadió el cielo. El bote chocó con alguna cosa. Me levanté. Habíamos llegado a un pequeño islote.
Yo estaba maravillado, extasiado. Frente a nosotros todo el manto celeste se iluminaba rojo, rosa, violeta, manchado de nubes incendiadas que parecían humos de oro. El agua era púrpura, mansa, y sobre la costa parecía que se incendiaba.
Me incliné hacía mi compañera, le dije <<Mira allá>>, pero ella me empujó violentamente. Ya no pude dejar de mirarla pues ella también estaba rosa, y rosa estaba su carne, sobre la cual también corría un poco del color del cielo, su cabello rosa, sus ojos rosas, sus dientes, su vestido, su encaje, su sonrisa, estaba toda rosa, y en verdad creí que había enloquecido o que en verdad la aurora estaba frente a mí.
Al fin se levantó toda ella. Dulcemente me acercó sus labios, y yo temblaba, deliraba; bien sentía que besaría el cielo, la bondad, el sueño convertido en mujer; besaría el ideal bajado a la carne humana.
Ella me dijo, <<Tienes una oruga en el pelo>> Y sonreía por eso. Sentí que había recibido el golpe de un gran mazo en la cabeza, y esto me hizo sentir triste, solo, como si hubiera perdido toda esperanza en la vida.
Esto es todo, Madame. Es pueril, osado, estúpido. Es por eso que creí, después de este día, que no amaría jamás.

Entonces… ¿qué piensa?

El joven sobre quien se encontró esta carta fue hayado ayer en el Sena, entre Bougival y Marly. Un amable marinero que se sumergió para salvar al joven, encontró este papel que apareció publicado en el periódico de ayer y que llevaba el siguiente remitente:


Para Maufrigneuse

viernes, 30 de diciembre de 2016

¿Maldiciones del movimiento?

¿Maldiciones del movimiento?:

Presencia: Yo que quiero ser, estoy constantemente siendo: Cambio.
Ausencia: Todo lo que no está, y yo para percatarme: Permanencia.
Abandono: No seré yo el que vuelva: ¿Libertad o esperanza?

viernes, 16 de diciembre de 2016

La fuerza de Tersites

La fuerza de Tersites
El poder siempre está en relación con saber emplearlo, es decir, saber actuar bien. Quien puede actuar bien y no lo hace, es por dos razones principales: o no sabe o no quiere, o –añadamos una tercera– sabe y quiere, pero algo falló. El poder es un asunto de arte, es decir, de belleza, de sapiencia, de verdad. No por nada los cantos homéricos exaltan la belleza de los cuerpos en combate, es decir, la belleza del guerrero, el que sabe de contiendas así como de leyes. Recordemos al más testarudo, feo e impropio de todos los guerreros: Tersites: el poder en bruto, sin sapiencia, ni belleza, ni verdad, sólo voluntad exasperada. Tersites es el gran cobarde que enfurecido agrede al rey, porque ya no quiere luchar. Tersites no ve la trampa de la comodidad; su rencor violenta a su alma al grado de no querer ver la verdad. Tersites olvida por qué abandonaron la casa; él cree que sólo se trata de ensanchar los cofres del rey, por eso termina diciendo: ¡Pues junta riquezas tú solo!…mientras repta hasta nuestros oídos, “haríamos bien en hacer lo mismo.” Un testarudo, temeroso y rencoroso como él no actúa por nadie que no sea él mismo.
Tersites no sólo no ve la trampa de la comodidad, sino que confunde la potestad del rey. La mirada del más bajo de los aqueos nos persigue. Pues quién no ha escuchado decir al vecino o a uno mismo que la política es sólo para poder granjearse lujos, poder, y goces. El asunto mejora si esto se puede hacer sin tanto esfuerzo, como lo exige el rey, la virtud. Pero así perdemos al poder –lo pervertimos– y ganamos la fuerza. También perdemos la dignidad, pero ganamos la posición. Así, pasamos de la Poesía a la Física; de la Ética a la zoología. La lucha no es por el poder, sino por la fuerza; confundimos el ingenio de Odiseo con la habilidad de las ratas. Resulta de todo esto que Darwin es mejor que Aristóteles para explicar la excelencia del hombre y sin la necesidad de explicar la relación entre comunidad y virtud, o ¿sólo sobornamos a la razón con el placer y con la esperanza de que todos seremos fuertes?
Tersites nos perjudicó mucho, pues confundió para nosotros al poder con la fuerza, y a la ostentación con la majestuosidad. Además de que encumbró a la comodidad ensalzándola de filántropa. Por eso nadie ejercita el poder político, porque es difícil.  El que tiene más fuerza reirá para siempre. Pero para nuestra suerte, Odiseo, acompañado de Atenea, le da un golpe al más vil de los hombres y en seguida nos arenga recordando que aún no se han cumplido las promesas. Aún no se está en paz y por eso no se puede regresar a casa. La victoria está ofrecida a los esforzados y así se vaticinó desde antes de la empresa. Odiseo junto a la diosa nos anima a buscar la excelencia del hombre en la justa batalla, mientras que Tersites temeroso parece un animal encorvado, que bulle de rabia, aunque en realidad llora.
Un cuerpo esforzado, una mente digna y un corazón justo son las joyas de la excelencia humana, del poder bien ejercido. Además, ¡qué infame volver con el Hombre y decirle, no hice nada más que recostarme en la playa porque temí a tu mundo!

Javel

viernes, 2 de diciembre de 2016

Lo que destruyen las máquinas


Lo que destruyen las máquinas[1]
Toda la valoración moderna del hombre primitivo se basa en esa idolatría de los utensilios, que es un gran pecado de nuestra civilización.
C. S. Lewis
Sea racional: use su intuición.
G. Zaid

Hay sólo una razón por la que las máquinas jamás podrán llegar a ser semejantes a los hombres: las máquinas jamás se podrán descubrir máquinas. Podrá algún programador hacer que bajo ciertas condiciones la computadora o robot, o ciborg, digan que son máquinas; por ejemplo si se le pregunta ¿Eres una máquina?, ella podrá contestar que sí. Incluso podría decirnos qué es una máquina. Pero es en ese preciso momento en que tendremos que admitir por ella su imposible libertad. Pues las palabras con que nos diga sí o no, son creaciones del hombre libre que quiere pensarse, sentirse, saberse, situarse, actuar y sobre todo, amar. Además, la máquina jamás (a menos de que la programen así) le agradecerá al hombre por haberla creado, como lo hizo el hombre primitivo a la naturaleza o las primeras culturas a los dioses y a Dios. En otras palabras, las maquinas no tienen consciencia libre de su relación con su creador.
Por otro lado, por más sueños apocalípticos que tengamos sobre la conquista de las máquinas sobre los hombres, no serán las maquinas quienes eliminen al ser humano, será el propio deseo de inmortalidad el que poco a poco vaya inhibiendo el deseo de actuar, de moverse, de sentir. Las máquinas no pueden desear nuestra destrucción. El único que puede desear y encaminar su deseo con pleno saber de sí, es el hombre, prueba de esto es la culpa y la gracia que él mismo reconoce en sus acciones, muchas veces antes de llevarlas a cabo. En todos los sueños apocalíptico-tecno-científicos (donde el fin del hombre es consumado por la inmortalidad de su creación –huella imborrable de su paso por la tierra) lo único que se nos presenta es el horrible deseo de descubrirnos homicidas a largo plazo… mas no por todo esto se satanice a la tecnología. Ella nos ha dado la oportunidad de pensar al hombre en relación al artefacto, así como de desentrañar nuestros deseos y pensamientos en la marea a que nos conducimos cuando nos abandonamos a nuestra creación. Por lo demás, el desarrollo de la tecnología en el área de la comunicación ha podido acercarnos más, romper latitudes, tiempos, unir fuerzas a distancia… la tecnología bélica también es necesaria, pues no todos son buenas personas. Lo malo es cuando estas herramientas caen en las manos de quien sólo se piensa a sí mismo siendo inmortal como máquina, y terrible (sensual y voraz) como bestia. Lo que arruina a las máquinas es el deseo de no cargar más con nuestra humanidad.  
Javel



[1] Corrección de mi ensayo Ser racional ¿Libre e inmortal?, publicado aquí con fecha de 26/02/2016,
Aquí sigo pensando la racionalidad técnica en relación con la idea de libertad que de ella he colegido, sólo que ahora con un elemento que a mí se me había escapado: la idea del yo.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Platicando en la ciudad

Platicando en la ciudad
Hace poco me reuní con una amiga en una cafetería de la ciudad. Ella, que estudia Física, ha estado trabajando para entender un poco más esto a lo que se le llama ciencia política. Yo me alegro mucho por ella y por todo el que la estudie verdaderamente. Me contaba, entre otras cosas, cómo es que había una pregunta que la asaltaba continuamente, y cual ladrón, le robaba toda posibilidad de responder. La pregunta es ¿Por qué, siendo una ciencia la política, no era tan exacta como lo son las otras ciencias? La respuesta que tímidamente lanzaba es que quizá por intervenir el hombre, o mejor dicho, por ser el hombre quien la realiza… en palabras más científicas: siendo el hombre el único fenómeno político que reconocemos, y siendo éste una jauría de contradicciones es difícil que haya exactitud. Pero entonces, dijo ella, ¿Cómo es que hay sistemas políticos si somos tan contradictorios? Esta pregunta es, a mi parecer, lo mismo que preguntar ¿cómo, o por qué, nació la política entre los hombres?, en palabras más llanas, la misma pregunta sonaría así: ¿Qué posibilitó la política? Si nos ateníamos a la respuesta de la pregunta anterior y decíamos que lo que propició la política fue el hombre, aún había que preguntar ¿Qué cualidad o rasgo del hombre hizo posible esto?, además, nuestra primera respuesta acudía a la pregunta de ¿Cuál es la pertinencia (o porfía del hombre) de estudiar un fenómeno tan lleno de laberintos y espejos?, no a cuál es su origen.
De repente llegó el mesero y nos ofreció más café; ella volvió a llenar su taza y yo pedí más té, pues mi condición cardiaca más las preguntas ya habían provocado un sobresalto en mi corazón. –Días después pensé que esta clase de emociones y sensación de arrobamiento, sólo me suceden cuando estoy frente a la mujer de quien estoy enamorado, o cuando tengo la oportunidad de asistir a una buena charla, o cuando recuerdo alguna de estas dos situaciones. En fin, el café dejó de caer de la cafetera a la taza, el mesero se fue, el humillo de las bebidas lleno de aromas nuestros cuerpos y la pregunta aún flotaba en el aire. ¿Cuál es su origen?
Con afán más científico que político, acudimos a los mitos de la creación, pues aún estamos en edad de que nos cuenten cuentos. Pero he de decir que encierran un misterio tan alegórico, que nos fue imposible penetrar en sus entrañas. De repente mi amiga comenzó a reír, y yo, con cierta extrañeza, la secundaba. ¿Por qué nos fuimos tan lejos?, soltó todavía entre risas. No sé, respondí, quizá porque no hay política si no hay mundo, si no se cumplen ciertas condiciones. Y no me refería solamente a las cualidades que se presentan en las diferentes regiones del mundo, sino a que son las condiciones del mundo las que van despertando una consciencia, o al menos un pensamiento de propiedad en el hombre, lo cual lo lleva a cuidar lo suyo porque pronto todo perece. El hombre primitivo, Adán y los hombres de oro vivían en el paraíso precisamente porque si bien tenían conciencia de su persona, no había necesidad de pelear por nada ya que todo era abundante y eterno. La caducidad y la conservación de la propiedad y del individuo son parte del ejercicio político. Pero no sólo de pan vive el hombre, protestó ella. Entiendo, siguió diciendo, que la eternidad sea buscada por otras ciencias como la medicina o la Biología, pero la Política creo que apunta más a que vivamos felices, aunque un día vayamos a morir… de qué serviría la inmortalidad si no tenemos amigos con quien platicar, ¡sería horrible!, como dice Asimov en La última pregunta. Aunque ahí, más que buscar un mundo políticamente bueno y eterno, lo que se perseguía era únicamente lo eterno.
Tienes razón, le dije, quizá el retorno al paraíso no sea lo mejor. Menos hoy, no sabríamos cómo comportarnos, nos volverían a expulsar… Quizá sí haya alguna propiedad que buscamos todos para todos, dijo muy seria. ¿Cómo los mosqueteros?, pregunté risueño… En eso sonó su celular, ya la esperaban en casa. Sin percatarnos había llegado la noche, así que nos fuimos platicando, y mientras platicábamos la noche no fue tan fría.


Javel

viernes, 4 de noviembre de 2016

Desmitificación de la lectura

Desmitificación de la lectura
(Relato de una discusión)

Tuve la oportunidad de estar asistiendo a un círculo de lectura en el que se trataba de un autor muy listo. Todos al llegar declararon su admiración por dicho hombre. El ingenio y las sutilezas presentadas en sus obras eran suficientes para querer discutir con alguien más las ideas del célebre autor. Todos aceptamos que no se le ha hecho justicia en sus obras, quizá por la figura que de él impera. Ése sería nuestro primer reto, y quizás el de todo lector: acercarnos a su obra no con el fanatismo de quien ve una luminaria, sino con el espíritu de quien quiere detenerse a contemplar (asunto contradictorio, pues el alma del pensador está en movimiento) o a escuchar a un conocido que alza la voz porque declara que algo importante tiene que decirnos. Del hombre trataríamos de desmitificarlo, pero no por ello dejaríamos de celebrar su inteligencia.
El reto sería difícil. En la primera discusión que tuvimos las voces no dejaron de aplaudir la astucia de nuestro escritor.  Loas salían disparadas sin ningún motivo. El moderador se unió al ruido y la lectura quedó mirándonos con ternura y desde fuera. Alguien, al notar tal atropello, valientemente invitóla a pasar y ponerla en el centro de la celebración. Pues bien, aquí estábamos otra vez con el libro en las manos.
Creo que todo el libro es un excelente ensayo de la muerte, dijo el joven antropólogo. El libro está compuesto por al menos cuatro consideraciones importantes: la muerte: la injusticia y la esperanza, todo lo que compone al luto humano. Las imágenes son prodigiosas, siguió diciendo, pues pasan de la extrema sequedad a una inundación inminente y en el centro están las historias de cómo se fueron conociendo los personajes. ¿Qué piensan de esto?, lanzó bruscamente... quiero decir, de la injusticia. De repente el silencio. La pregunta terminó con la fiesta y con el mito. Toda pregunta seria termina con los mitos, me susurró el hombre. Por fin alguien dijo: La injusticia que nos presenta él, es una injusticia adjudicada a la situación que vivía el país en ese momento, además, ya es tarde para hablar de ello, cuando todos estamos ahogados como en el cuento. Esta lectura sólo nos advierte de nuestra desgracia. Quizás sí nos muestra nuestra desgracia, dijo un tercero, pero entonces ¿para qué huían ellos del diluvio? No es lo mismo que preguntar que ¿para qué estamos aquí discutiendo el libro?
Estos tres personajes comenzaron a entrever otra imagen del ídolo que hace un rato se adoraba. Les pareció más humano, más realizable, más cognoscible. Les pareció que imitarlo en su afan por el estudio era un asunto más serio y más justo. La lectura, al menos para estos tres, siguió siendo un asunto de fiesta. Ahora celebraban el ingenio, pero en su justa medida, y ya no asistieron al curso de José Revueltas.


Quizá el siguiente reto sea no caer en las mentiras del pensamiento. 

Javel

viernes, 29 de julio de 2016

A Vagar

A vagar 

Sólo quedarán, después del punto final, el silencio y el recuerdo.  

Javel 

viernes, 1 de julio de 2016

El diablo

El diablo

Así invoqué al diablo:


“Vieni, vieni qui”.

Desde antes de pronunciar estas palabras, -incluso cuando eran capullos en mi imaginación-, el miedo y la rabia invadían mi cuerpo como si la lluvia estuviera acariciándome con sus labios helados... Él se presentó como un caballero cordial. “No sabes, me dijo, que el mal no es tal hasta que se hace hombre"… desapareció como una sombra de mi pensamiento. 
El horror. Cuando giré, mi hermano estaba cubierto de sangre, descubrí que mis puños pronunciaban en su rostro ensangrentado: “Vieni, vieni qui”. 

Javel