de la sangre. La semilla
nos viene de lo vivido:
el horror, la maravilla.
Ve la maravilla el niño
mientras el horror respira
cerca suyo. No hay cariño
que alcance contra la ira.
Crecemos y crece el grito
que nos abrasa a la vida.
El horror se hace bendito
y el cariño no se olvida.
Hacia el último suspiro
el horror ya no nos grita,
sólo nos marca un respiro:
el amor se necesita.
Glauco
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