afilan contra la mano
la fuerza de lo silvano,
de lo que no está vacío,
de lo que mata al estío.
Se arrullan contra lo nuestro:
lo divino y lo siniestro.
Nosotros, aliento y brasa,
sentimos que nos traspasa
como nos traspasa el estro.
Arrasador el calor:
baja y sube, sube y baja,
de sensación nos alhaja,
convierte al agua en vapor
y la quietud en temblor.
Se oculta por el rocío
y por el brillo del río.
Se exhibe en la distinción,
la sensible sensación
de lo que llamamos frío.
Glauco
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