abriéronse a la niebla del instinto.
Llenose de ceguera aquel recinto;
los ojos imitaron a Proteo.
Volviéronse las rutas del paseo
los pulsos coloridos del Jacinto
y viéronse nacer en lo distinto
el estro, la ternura y el aseo.
Y todo se hizo nuevo. Se volvieron
los ojos nuevas sendas, nuevas rejas
(las celdas de Jacinto y las abejas).
¡Total! Que tantas cosas amor dieron:
traición, encierro, sexo, nacimiento;
la niebla antigua que nos reza el cuento.
Glauco
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