Presentación

Presentación

domingo, 15 de enero de 2017

Tesis (primera parte)





El cuello me lastima. Me pesan los hombros. Estoy muy nervioso y sudo como puerco; la puerta ya está enfrente. Es una tienda de esas en que se preocupan porque la gente no abra puertas: se abren solas y ya han pasado otros quince segundos… o quizá quince horas. Carajo ¿qué tanto más falta? Maldita sea. Y me da bronca esta pinche gabardina que me saca ronchas. Pinche jerga pulgosa, al menos cumple su cometido.
Es una mujer. La presencia de brillo en sus ojos delata su poco tiempo en ese empleo ¿Qué dice su gafete? Ah, Vania. Más vale que me ayudes morra o que nos vamos a la chingada. No recuerdo ni qué tenía que decir, a dónde me tengo que dirigir después: nada. Ya no importa, los pasos no se pueden extender más, se interpone con violencia entre nosotros una barra de dulces y la caja registradora. Un chocolate cae con mi torpeza. Sonríe, imbécil.
Hey, Vania ¿porqué no abres la caja registradora y me das todo el dinero? Básicamente así fue como sucedió. Las palabras exactas no las recuerdo, pero es un hecho que fui muy grosero, probablemente hasta la golpeé cuando intentó pedir por ayuda. Ya no recuerdo. Tenía miedo al principio, pero jamás había tenido poder sobre alguien. Y también jamás me había visto en la necesidad de robar una tienda. Me siento terrible. La culpa deja un resabio amargo en mi boca. Pero todo sucede tan rápido y no tenía otra opción. Incluso con todo el ruido de la ciudad en movimiento, puedo escuchar el segundero descendiendo. Creo que eso es lo que más me enerva de toda esta maldita situación. Lo consciente que me hace del tiempo. Y el no sentirme mal por lo que acabo de hacer ¿cómo es posible? Vania acaba de tener un muy mal día y quizá hasta le descuenten algo del dinero que he robado, pero de ser necesario habría hecho mucho más. Y eso es lo que más me aterra de todo.  Siento algo de vértigo y la glorieta de insurgentes se ensancha y se achica en un ritmo frenético. Me hubiera llevado un chocolate. El celular debe estar por sonar y estoy grabado en las cámaras de la tienda. Vetado de por vida de las tiendas estas, si bien me va. Si mal me va, lo único que quedará de mí es mi foto, rodeada por las fotos de la crema y nata de la pelusa de ombligo de la ciudad -colgando con el orgullo de los dibujos de refrigerador-, en la entrada de un Oxxo.  
¿Cuánto dinero habrá en la bolsa? Debe ser una pequeña fortuna, dijeron que el corte de caja sería en veinte minutos más. Con esto me iría a vacacionar a Grecia o un lugar así, lejos bien lejos. Donde sea. Un sitio donde no haya posibilidad de tener un día tan malo como este. Quizá eso no exista. Quizá lo bueno sólo pueda existir porque también está la posibilidad de lo malo. Pero ya, no pienses, estás en una situación comprometedora y tú divagando en dónde diablos gastarías un dinero que ni es tuyo. ¡Reacciona, carajo! Ni un peso te van a dar esos hijos de puta. No habrá vacaciones, tu hermoso puerquecito tiene los días contados. No te besarán ni los gusanos. Te mascarán las ratas que inundan esta ciudad. Sólo sigue corriendo. Si tan sólo… ah por fin, jodido celular. Qué bueno es escuchar que llega el mensaje, casi que me relaja por un instante. El instante ya se ha ido.
 “San Luis Potosí número setenta y siete, piso ocho”. ¿Hombre de bigote Tizoqueño? ¡Qué descripción tan más pendeja! ¿Qué tal un nombre, por ejemplo? Ese dato no me ayuda en nada, ya valió verga. ¿Además dónde chingaos es eso? ¿por qué estoy hablando así? Yo no suelo ser lépero. Nunca había notado lo bellas que son las groserías. Este es un día extraño, bizarro.
Dijeron que sería un tour burgués por la ciudad. Chale, por aquí todo es burgués. Pero, aquí cerca lo más fresa… nada como la Roma, espero que esos cabrones piensen lo mismo. ¿Me estarán escuchando? Chinguen a su madre, pinches ociosos. No tengo idea de cuánto tiempo queda. Es tan raro no sentir el peso del reloj en la muñeca. Tantos años ahí. Hasta me pesa menos la muñeca. Peso menos yo. Corre más rápido. El tiempo pasa. Qué edificio tan bonito, tan viejo… ¿Porqué le es tan raro a la gente ver a alguien corriendo tan frenéticamente? Ellos tan sorprendidos. Hipócritas, en la ciudad todos tenemos prisa. Creo que es en este edificio viejo Mejor checar el mensaje de nuevo ¡Ahí está, sí es aquí! Qué bueno porque estoy exhausto, debo dejar de fumar. Si sobrevivo, prometo dejar el tabaco. Bueno, mejor no ¿O sí? Daré dinero a los de las limpias en el Zócalo, le diré a la de la tienda que se quede con el cambio cuando compre una caguama, le daré un sándwich a algún niñito de la calle y dejaré de quitarle pepperonis a las pizzas.
Es un edificio frío y silencioso. El suelo exagera el sonido de los pasos. Está tan limpio que las suelas la fricción de los zapatos con el piso hace un rechinido insoportable. Es como tener otro reloj encima. El guardia es un señor algo viejo que va armado con café y cigarro. Espero no tener que hacerle nada. En su escritorio no hay gran cosa, el registro de las personas que suben, un aro líquido de café donde estuvo su taza, plumas, un cenicero, un gansito a media vida y el último número de la revista vaquero.  
Carajo ¿mí identificación? De pendejo se la doy. Que les cueste trabajo ligarme los crímenes que he hecho (y los que falten). Ya ni modo, perdóneme jefe. Espero que no le moleste que guarde su cuerpo en aquel armario.
Es el elevador más incómodo en que he estado. No tenía música, muy lento, tronaba todo el camino hacia arriba, huele a viejo, es un huevo amarillo, tengo sangre de anciano en los nudillos y siento que en cualquier momento esta madre se va a caer o quedar atorada. No quiero morir en un elevador. Los elevadores son pa coger y pa no hacer pierna. Para relajarme tarareo la bossa nova que debería estar sonando. Agua de beber. Por fin se abre esta lata, esta afrenta a los estándares de los elevadores. ¿Qué diablos? Esto es un jodido call center ¿Qué mierda pasa aquí? ¿Ahora qué? Ay cabrón. Justo ahora suena el celular. Mensaje.  ¿Matarlo con una bomba de baño? No mamar, me lleva la chingada y todas sus primas feas. Están pero si bien pendejos. Me recargo en la pared, con fuerza. Al instante no siento el dolor, unos segundos después se hace presente en réplicas que me vibran por todo el brazo.  Llego al baño. Me lavo las manos, el rojo sangre no se quita con jabón Zote. El miedo no se orina. Bueno, para cuando salgo del baño ya llevo escondida la chingada bomba de baño.
Un ejército de asalariados están vendiendo seguros y una cosa que desconozco, de nombre como alemán. Hay unas godinez muy guapas. Huele a una cómoda resignación.  
-Disculpa ¿a quién buscas?- Salió así de improviso, detrás de una esquina, con genuina curiosidad entremezclada con rudeza, una mujer vestida muy ejecutiva, muy elegante y de perfume barato y escandaloso.
-Eh, pues vengo a buscar trabajo. Vengo a ver a... al licenciado- ¡Cierto! No me dijeron qué vela tiene en este entierro el ese Tizoqueño. Bien resuelto, cabrón. Venga. Con Tokio.
-¿Quién te envía?
-No recuerdo el nombre, usé una app de mi celular- ¡anda ya, morra! Che madre… ¡No me compliques! ¿No ves que tengo que matar a punta de palazos a un wey que no sé cómo voy a reconocer? ¡Mi vida depende de esto!
-Okey. Bueno, supongo que puedes pasar con Romero. Él te hace la entrevista.
-Vale, muchas gracias, qué amable- Me lleva… Estoy atorado, maldita sea. Siempre es igual.

Algo de buena suerte. Romero tiene un bigote ridículo. ¿Cuáles son las posibilidades de que no sea este cabrón? Ahora la bronca es matarlo. La puerta y pared de su oficina son de cristal, todos me verían. No sé qué hacer. En fin, sobre la marcha siempre.
La vida siempre tan llena de conocimientos; tanto desconozco que del diario aprendo algo nuevo. Ahora he aprendido cómo venderle un cuaderno a un empresario elegante, mamón y con un bigote pendejo. Conocimiento por demás insulso. Hago tiempo. Irónico que lo que yo menos tenga sea tiempo, me dieron siete horas. Ya hemos de llevar como una. Diablos. ¡Por fin! Una ventana: Cigarros. Sabía que alguna vez me iba a servir fumar Romeo y Julieta. Este imbécil fuma los mismos cigarros que yo, tan raro que se da el hincapié para invitarle uno de los que tengo guardados en la pechera de la gabardina. Un momento para quedarnos solos...Fantástico.
Hay que ver la cosa grande que es la suerte. El séptimo piso está completamente vacío. Ahí es donde fumamos, parados junto a las amplias ventanas que dejan ver toda la esplendorosa y contaminada ciudad. El digno escenario de un sacrificio humano. Su vida a cambio de la mía; lo que haya hecho para que esos tipos quieran matarle, no me importa. Espero que haga las pases con el dios de su preferencia. Fuma más, desgraciado, aférrate con ganas a ese humo que sacas por la nariz. La mano derecha empuña la bomba de baño y…
Los ojos saltones siempre me han incomodado. Tuve un amigo en la primaria que si sus ojos estaban en las cuencas era por puro compromiso de la naturaleza. Me daba miedo. Así como ahora me aterra la cara de pánico con que murió el señor Romero; pobre tipo, no me siento tan mal por él. Lástima. Corre más. Olvida tan pronto como puedas que has asfixiado a un gerente de call center con un utensilio para destapar baños. De la impresión ni he usado el elevador; bajo hecho el demonio las escaleras, de dos en dos escalones; de tres en tres. Se acaba el edificio.

Pocas veces me ha pasado que las piernas se me doblan de cansancio. Cuando jugaba futbol con mis amigos, en la secundaria, a veces sentía que me iba a caer cuando dejaba de jugar. Pasaba horas enfrentándome al sol y corriendo estúpidamente tras un balón. Era fantástica esa época, alejado de los vicios… y los collares explosivos. La sensación en las rodillas, que gritan, avisando que se quieren doblar, es algo casi nuevo. Es revivir la infancia panbolera, abordarla desde otra perspectiva. Es subir a la punta de un iceberg. Porque del fútbol damos a los amigos, esto remite en la familia, de aquí vamos a la escuela y así voy descarapelando mi infancia entera, hasta que llego a mí a esa edad. Es un pasatiempo terroríficamente entretenido.
Me acuerdo de a ratos que voy corriendo y pensando (añorando un pasado donde todo era tan sencillo, que era imposible notar esa simpleza; quizá iba más pensando que lo primero) que es una tontería ir caminando cuando puedo tomar un auto. Ya he cometido varios delitos el día de hoy, no pasa nada si ahora robo un auto. Hoy he hecho cosas peores. Y es que una vez que se traspasa esa barrera moral, no la que nos ha sido impuesta por la sociedad, sino la que nosotros mismos nos hemos ido cimentando, concorde con las experiencias personales, únicas de cada ser. Una vez que hemos brincado esa barda una vez, las otras ya se brincan como se sabe uno la tabla del dos, de pura repetición. Ese tipo de pensamiento es el que me ha llevado a, de la noche a la mañana, pasar de ser un pobre diablo que ni moscas mataba, a un tipo temerario y sin escrúpulos, de esos que apuntan con cuchillo a las mujeres dueñas de chevys azules. ¿Está mal decir que me siento de puta madre? Nunca pensé que pudiera ser capaz de hacer cosas como esta.
¿He de contar lo que me sucedió tomando este sentra azul? La respuesta primigenia es no, pero la idea sigue en mí cabeza unos segundos más y el panorama cambia completamente. Acepto que me como las pepitas con cáscara, que me saco los mocos y los escondo en infinidad de lugares; me gusta el olor de mi ombligo, siempre me quise robar algo, hice trampa en un extra de la prepa, pero si no lo hubiera hecho mi vida sería muy distinta hoy día; confieso que creo en el mundo aunque se empeña en darme razones para no hacerlo, confieso que no voté porque me dio flojera, todos me parecen bien pendejos, confieso que no creo en el progreso, que me parece contradictorio creer en la humanidad pero no en el progreso. El ser humano no se queda quieto. Confieso que no quiero quedarme quiero. Confieso que mi mente va a mil por hora, que no hay nada que quiera más que acelerar a ciento cuarenta a buscarla para darle un beso. Confieso que el collar me ha hecho genuinamente consciente de mi vida. ¿Qué tiene que ver esto con el auto? Todo y nada. Nada y todo. Quizá sólo era un pretexto para sacar secretos y deshacerme en elogios a mí persona. Quizá también sea que todo lo que me encuentro de malo, este día lo empiezo a ver como un maravilloso regalo. Me doy miedo. Matar gente debería ser algo malo. Y es terrible que cuando haya despertado, el día de hoy, pensara ser una persona muy pulcra que no mataría por nada, que se quejaba de su trabajo de mierda, cuyo único goce era sentir el viento golpeando su cara cuando repartía las pizzas. Y ahora… ahora disfruté una muerte. Miento, lo siento, he tratado de mantenerme sincero por mucho tiempo; he disfrutado las dos últimas veces que he asesinado: El gerente y a la chica que conducía este auto que apesta a perfume de frutas ¿Es que acaso me están haciendo un favor? La vida es aburrida cuando uno le da piruetas a una masa italiana y/o maneja una motoneta monótonamente, en direcciones estrictamente establecidas, a clientes que piden la misma pizza tres veces a la semana, que dejan la misma propina: nada. La verdad que uno se desquicia cuando todo está en su exacto lugar. Prefiero la comodidad de no saber nada, dios qué me pasa…Necesito un descanso, pero el reloj tintinea y mi cuello cuenta atrás. Hay que despejarse un poco, el sudor perla la frente y los nervios rutilantes por la cara ¿cómo apaciguarme? Sí, una cerveza, no importa el tiempo. Claro, el apaciguador por excelencia, la cerveza, quizá no sea tan malo parar unos minutos, comprar una cerveza y ya, total, aún no me llega ningún mensaje. Pero sí, qué idiota he estado siendo ¿Acaso no cada paso, cada momento me acerca más a la muerte? Es hermoso, no se sabe cuándo te agarra, entre un café, o con la lluvia o un satélite cayendo justo en tu cabeza, cualquier acto, sin saberlo, obviamente, puede estar desencadenando la muerte. Es por eso que considero unos verdaderos hijos de puta a estos cabrones que me han puesto este contador con vista hacia la muerte, en el cuello. Nadie debería saber cuánto falta para su muerte, esa clase de conocimientos nos podrían volver locos. Y un loco como esos, no se anda con mamadas ¡quiere una cerveza ya! Quiere las soluciones ¡ya! ahora tengo un contador de un tiempo que empequeñece, sí, definitivamente puedo darme el lujo de parar por una cerveza. Qué mejor afrenta al mundo acelerado que habitamos, que pararse, con el tiempo encima, a ver la vida pasar. Al menos hasta que vuelva a sonar el celular.

sábado, 14 de enero de 2017

Nostalgia

El pasado es infranqueable
y ha quedado atrás;
el pasado es imborrable
y se ha desvanecido.
Y tú no eres lo que fuiste
y no dejarás de haber sido,
¿puedes conformarte sin lo que se ha ido?

L. Pulpdam 

viernes, 13 de enero de 2017

Carta hallada a un ahogado

Carta hallada a un ahogado
(Lettre trouvée sur un noyé)

Guy de Maupassant
Traducción directa del francés por Javel

¿Usted me pregunta, Madame, si me burlo de usted? ¿Usted no puede creer que un hombre no haya sido golpeado por el amor jamás, verdad? Está bien. ¡Pero yo jamás amé, jamás!
¿De dónde me viene esto? No sé. ¡Pero jamás me he encontrado en esa especie de embriaguez del corazón al que han llamado amor! ¡Jamás he caído en esa lucha, en esa exaltación, en esa locura a la que nos arroja la imagen de una mujer! ¡Jamás me persiguió ni atormentó la enfermedad de la avaricia para adueñarme de un ser que hiriéndome me parezca el más deseable de todos los bienes, la más bella de todas las creaturas, o lo más importante entre todos los universos! Yo jamás he llorado ni sufrido por alguna de ustedes. Jamás he pasado las noches con los ojos abiertos y pensando en alguna mujer. No conozco los rayos que iluminan las mañanas al pensar y recordar a ese ser. No conozco el enervamiento que nace de la esperanza al saber que ella viene, ni la divina melancolía que produce su abandono, el cual deja en la habitación un ligero olor de violetas y jazmines.
¡Jamás he amado!
Sin embargo, también me pregunto frecuentemente por qué será esto. Y verdaderamente no sé por qué. He encontrado algunas razones, sin embargo, éstas pertenecen a la Metafísica, y puede ser que usted no entienda lo esencial.
Creo que juzgo mucho a las mujeres por sufrir más que nadie sus encantos. Quiero pedirle perdón por estas palabras. Le explicaré. Hay, en toda creatura, el ser moral y el ser físico. Para amar, es necesario encontrar entre esos dos seres una harmonía que jamás hallé. Siempre uno de los dos seres se imponía al otro, ya el moral, ya el físico.
Así, la inteligencia que nos guía al amar a una mujer no tiene nada de la inteligencia viril. Esto es más o menos de este modo: cuando sucede que una mujer tiene el espíritu abierto, delicado, sensible, en fin, encantador, no tiene la necesidad ni de poseer ni de nacer en el pensamiento de los hombres, pero inevitablemente, al contar con el don de la elegancia, de la ternura y la coquetería, esa facultad de asimilación a la que llamamos razón, así se engaña, y en poco tiempo habrá un hombre desviviéndose por esa mujer. Por esto, la más grande cualidad de una mujer debe ser la sutileza, este delicado sentido que es para el espíritu como la piel para el cuerpo. Éste revela, a menudo, miles de cosas, como los contornos, los ángulos y las formas en el orden intelectual.
Las mujeres hermosas, las más de las veces, no poseen una inteligencia que esté en relación con su persona. Y el menor defecto de concordancia me golpea y me hiere al instante. En la amistad esto no importa. Pues en ella se han reportado los defectos y las cualidades. De este modo se han podido juzgar un amigo con su amiga, dándose perfecta cuenta ambos de lo que esto tiene de bueno, no importándoles las faltas y así aprecian todo para abandonarse a una íntima simpatía profunda y encantadora.
Pero para amar hace falta estar ciego, estar completamente libre de la visión, del razonamiento, de la comprensión. Hace falta poder adorar las bajezas lo mismo que las bellezas, renunciar a todo juicio, a toda reflexión, a toda perspicacia.
Y yo soy incapaz de este enceguecimiento, así como un repudiador declarado de la seducción irracional.
Eso no es todo, tengo, más que nada, una idea alta y sutil de la harmonía; pero jamás se realizará mi ideal. ¡Usted me ha de tener por un loco! Escúcheme. Una mujer, a mí parecer, puede tener un alma deliciosa y un cuerpo encantador, sin que este cuerpo y esta alma concuerden perfectamente juntos. A lo que me refiero es que las personas que tiene la nariz de cierta forma no deben poder pensar de cierta manera. Las personas gordas, no tienen el derecho de servirse de las mismas palabras y frases que las delgadas. Usted, que tiene los ojos azules, Madame, no puede considerar la existencia ni juzgar las cosas o sucesos como si tuviese los ojos negros. La perspicacia de vuestra mirada viene a corresponderse fatalmente con la perspicacia de vuestro pensamiento. He podido sentir esto por un instinto detectivesco que poseo. Ríase si quiere, pero así es.
He creído amar, sin embargo, sólo una hora, un día. Sufrí necesariamente la influencia de las circunstancias, de los hechos que me envolvían. Me dejé seducir por la mirada de una aurora. ¿Le gustaría escuchar esta historia?
Una tarde me encontré con una hermosa persona, pequeñita, exaltada, que deseaba, por una fantasía poética, pasar una noche conmigo en un bote sobre el río. Yo habría preferido un cuarto con su litera; sin embargo acepté el río con el bote.
Era el mes de junio. Mi amiga escogió una noche de luna a fin de poder llegar a la cima de la pasión.
Cenamos en una pensión que estaba a la orilla del río y nos embarcamos a eso de las diez. Encontré la aventura demasiado bestial, pero como mi compañera me agradaba, no me disgusté mucho. Me senté frente a ella, tomé los remos y partimos.
No podía negar que el espectáculo fuera hermoso. Llegamos a una isla poblada de árboles, repleta de ruiseñores; la rivera nos arrojó rápidamente en sus trémulos de plata. Los sapos arrojaban sus cantos monótonos y claros; las ranas se aglomeraban en la hierba de la orilla y el fluir del agua que se deslizaba a nuestro alrededor nos envolvía en una suerte de ruidos confusos que parecían interminables, inquietantes. Todo eso nos daba una vaga sensación de un misterioso poder.
El encanto de la noche tibia junto al reflejo de la luna bajo el agua nos penetraba. Hacía buen tiempo para flotar así y soñar y sentir cerca de sí a una joven mujer atenta y bella.
Estaba un poco emocionado, un poco turbado, un poco embriagado por la claridad de la noche pálida y por la figura de mi compañera.
<<Acérquese más a mí>>, dijo ella. La obedecí. Ella volvió a hablar: <<Dígame versos>>. Me pareció demasiado; me rehusé; ella insistió. Ella quería decididamente jugar a lo grande con la orquesta de sentimientos, desde la luna hasta le rime. Al fin cedí, y le recité para burlarme una deliciosa pieza de Louis Bouilhet, a quien pertenecen las siguientes estrofas:

Detesto, sobre todo, ese muro que humedece al ojo
de quien mirando una estrella murmura un nombre,
¿y de quién la naturaleza sería vislumbre
si en la grupa del mundo no hubiera de Lisette o Ninö [rastrojo]?

Esas encantadoras personas se abandonan a la pena,
en fin, ¿para qué interesarse por este pobre universo?
¡Atar las faldas de los árboles al piso
y escuchar con atención la blanca trompetería!

¿Qué entienden de la música divina,
eterna naturaleza de las trémulas voces,
éstos que no queriendo ir solos por los cruces de ríos peligrosos
van soñando encontrar gemidos de mujer en los bosques?

Me esperé a los reproches. Pero jamás llegaron. Ella murmuró: << ¡Eso es muy cierto! Me quedé estupefacto. ¿Habría comprendido algo?
Nuestro barco, poco a poco, se estaba aproximando a la orilla, lo enganché con una cuerda a un árbol. Por mi parte, enlacé la cintura de mi compañera y muy dulcemente acerqué mis labios a su cuello, pero ella me rechazó en un movimiento brusco e irritado. ¡Basta ya de eso! ¡Es usted un grosero!
Intenté atraerla, pero se sujetó al árbol y los dos por poco caímos al agua. Juzgué prudente detener mi persecución. Ella me dijo: <<Me gustaría hacerlo zozobrar. Estoy bien y sueño, eso sí es bueno>>, después añadió hablando maliciosamente: << ¿Creo que ya olvidó los versos que me recitó?>>  Sus palabras eran justas. Lo entendí todo.
Después dijo: << ¡Vamos, reme!>> Y así recobré mis fuerzas.
La noche era tan profunda como ridícula mi actitud. Mi compañera me preguntó si le podía hacer una promesa.
-Sí… ¿cuál?
-Permanezca tranquilo, propio y discreto, si me hace favor…
-Sí, diga.
-Mire, yo quisiera permanecer recostada sobre mi espalda, a su lado, en el fondo del barco, y mirando las estrellas.
No lo podía creer, ¡conmigo!
Ella prosiguió. <<Usted no me comprende, nos tenderemos lado a lado, pero quiero evitar que usted me toque, o me abrace, en fin… que… que me... acaricie.
Se lo prometí. Ella me advirtió: <<¡Si usted se exalta, yo hundo el bote!>>

Y henos ahí recostados, lado a lado, los ojos al cielo, sobre el filo del agua. Los vagos movimientos del barco nos mecían. Los ligeros ruidos de la noche nos parecían, ahora en el fondo del barco, diferentes; a veces, esos ruidos nos hacían temblar. ¡Sentí cómo iba creciendo en mí una extraña y desgarradora emoción, un anhelo o enternecimiento infinito, algo parecido a una necesidad de abrir mis brazos para entender, y de abrir mi corazón para amar, tenía necesidad de entregarme, de dar mis pensamientos, mi cuerpo, mi vida y todo mi ser a cualquiera!
Mi compañera murmuró como si soñará, << ¿Dónde estamos?>> << ¿A dónde vamos?>> << ¿Me parece que dejo la tierra?>> << ¡Qué dulce es esto! ¡Oh!, ¡¿Si usted me amara… un poco?!
Mi corazón se comenzó a batir. No pude responder nada; él me decía que la amaba. No dije nada apasionado. Así estaba bien, estar a su lado era todo lo que necesitaba.
Nos quedamos largo tiempo quietos, largo tiempo sin movernos, pero nuestras manos no resistieron más; una fuerza deliciosa nos paralizó, una fuerza desconocida, superior, una ALIANZA casta, íntima, absoluta ¡Perteneciente a unos seres cercanos que aparentemente no se pueden tocar! ¿Qué era esto? ¿Lo sabía? Era amor ¿Qué más puede ser?

El día nacía poco a poco, eran las tres de la mañana. Lentamente una gran claridad invadió el cielo. El bote chocó con alguna cosa. Me levanté. Habíamos llegado a un pequeño islote.
Yo estaba maravillado, extasiado. Frente a nosotros todo el manto celeste se iluminaba rojo, rosa, violeta, manchado de nubes incendiadas que parecían humos de oro. El agua era púrpura, mansa, y sobre la costa parecía que se incendiaba.
Me incliné hacía mi compañera, le dije <<Mira allá>>, pero ella me empujó violentamente. Ya no pude dejar de mirarla pues ella también estaba rosa, y rosa estaba su carne, sobre la cual también corría un poco del color del cielo, su cabello rosa, sus ojos rosas, sus dientes, su vestido, su encaje, su sonrisa, estaba toda rosa, y en verdad creí que había enloquecido o que en verdad la aurora estaba frente a mí.
Al fin se levantó toda ella. Dulcemente me acercó sus labios, y yo temblaba, deliraba; bien sentía que besaría el cielo, la bondad, el sueño convertido en mujer; besaría el ideal bajado a la carne humana.
Ella me dijo, <<Tienes una oruga en el pelo>> Y sonreía por eso. Sentí que había recibido el golpe de un gran mazo en la cabeza, y esto me hizo sentir triste, solo, como si hubiera perdido toda esperanza en la vida.
Esto es todo, Madame. Es pueril, osado, estúpido. Es por eso que creí, después de este día, que no amaría jamás.

Entonces… ¿qué piensa?

El joven sobre quien se encontró esta carta fue hayado ayer en el Sena, entre Bougival y Marly. Un amable marinero que se sumergió para salvar al joven, encontró este papel que apareció publicado en el periódico de ayer y que llevaba el siguiente remitente:


Para Maufrigneuse

lunes, 9 de enero de 2017

Nombre de verdad

Nombre de verdad

Margit Frenk tiene una observación sobre la hora de la muerte de Don Quijote que me parece más que interesante, por no resaltar su evidente cuidado: al momento de abjurar de su identidad en todo el libro, Alonso Quijano es el nombre que él se atribuye al momento de su muerte, pues el narrador nunca se pone de acuerdo con los testimonios de sus propios personajes. No dice Quijote “he vuelto a ser Alonso Quijano”. Sólo dice que fue don Quijote y que ahora –en el momento de su cura- es Alonso Quijano. No existe la reconversión de don Quijote. O al menos hay más de un elemento para dudar acerca de la respuesta más sencilla: curarse de la locura es reconocer la cordura, recuperar la identidad de hidalgo. Recordemos que el libro lo bautiza con el adjetivo, ya eterno para él, entendido en algún grado por todo lector, de ingenioso.
A nadie le importa su nombre verdadero, porque el nombre real era Don Quijote. Nombre real en tanto que todas las contradicciones que encierra el caballero andante jamás lo acercan a lo que quizás fue Alonso Quijano, Quijada o Quesada. Ni siquiera tenemos la certeza de que el momento de su muerte termine con Don Quijote. ¿Nos enseña Cervantes algo sobre el nombre y la realidad de una persona? Sancho fue Sancho Panza. Nunca cambia de nombre salvo cuando piensa en hacerse pastor junto a su amo. ¿Por qué todo esto lío con el nombre sólo le pasa a Don Quijote y, a lo más, a la esposa de Sancho, llamada por éste Mari Gutiérrez, Juana y Teresa Panza, la famosa oíslo? Quizás haya ahí dos formas en las que los juegos del narrador en contubernio con los personajes que manipula y que respeta al mismo tiempo se nos presentan. A pocos importa cuál sea el nombre verdadero de la esposa de Sancho; todo mundo quiere saber el nombre verdadero de don Quijote, para mantenerlo al menos en la memoria, como si eso fuera parte esencial del hombre que se nos presenta. No es sólo cuestión de importancia literaria: es que en verdad al lector poco le importa saber cuál es el nombre de Teresa Panza. Con lo poco que sabemos de ella nos basta.

Con Don Quijote queda esa duda siempre abierta si sabemos lo que sucede al final. ¿Quién es Alonso Quijano? No lo sabemos. ¿Quién es Don Quijote? Un loco. Pero eso nos desconcierta. Juegan con nosotros, con esa mezcla de elocuencia y disparates que a todo hombre desconcierta sobre Don Quijote, y que extravía a veces a Sancho. ¿Quiénes somos nosotros, los interesados en Don Quijote o en Alonso Quijano? ¿Los lectores de una biografía única, o de la parodia de los libros de caballerías o de la novela? Nadie como Cervantes puso en juego la identidad del lector de tal modo. Y es que tal vez no haya otro modo en que podamos convivir quijotescamente. No somos personajes de ese libro, pero al abrirlo nos pasa algo inusitado. No sólo es el gusto y la diversión, no sólo el respeto o la condolencia por su triste figura, la duda por su atrevimiento, la inflamación de nuestros pechos, insospechada por nosotros mismos; es la figura entera de Don Quijote, que nos hace desvariar y creer que Alonso Quijano era el hombre tras la máscara y no ésta su última máscara. La obra hija del entendimiento expone a un hombre que se bautizó y que mantiene su extraño nombre en las obras y palabras. No en coincidencia de obras y palabras, sino en pugna. Esa pugna que nos hace preguntarnos ¿no es verdad que en ese juego entre mentira y verdad somos más reales? Ironía máxima y dulce: que el personaje que todos creemos teatral sea también real. Que a este loco no podamos en verdad ignorarlo por disparatado, ni tampoco saber si lo que creíamos sobre la verdad y la mentira -lo cual se ve en cómo respetamos sin titubeos la identidad que nos da nuestro nombre desde nuestro nacimiento- es del todo certero.

Tacitus