en un concilio eterno, voladores,
de la mano de dios merecedores,
recibieron el vuelo colorante.
Arroceros, pericos y quetzales…
de sus plumas hicieron presunción.
El murciélago obtuvo la omisión
del plumaje, asustando a los mortales.
Piadoso, el dios dador a cada uno
le urgió una pluma para el desvalido
y así, multicolor, el presumido
se declaró más bello que ninguno.
Dios hizo de sus plumas llagas graves
y lo alejó del vuelo de las aves.
Glauco
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