El retorno implica volver al mismo sitio,
sin embargo nunca se es el mismo.
Un reloj que cumple su camino
entrega y comienza un nuevo ciclo.
Al regresar uno es distinto.
Volver al mismo sitio no siempre es retorno.
Presentación
Silencios
miércoles, 6 de enero de 2016
lunes, 4 de enero de 2016
Cincelando con mi estrella
EL ARCA DE LO IMPOSIBLE
Hace poco tiempo había escrito las siguientes palabras pero, sinceramente, ya no sabía cómo incluirlas en este espacio. Su nacimiento era distinto del de ahora, pero las considero adecuadas según mi experiencia estos últimos meses. Además, quiero comenzar el año con mejores entradas para mis pocos lectores, y continuar así el resto del mismo. Hoy les escribo, cómo diría Urbina, telescopiando las imágenes interiores a través de la pluma, fuego de la imaginación y humo de las ilusiones. Y es que, hay ocasiones en las que he oído decir, ¿de qué puedo escribir?, ¿lo que escribo será apropiado para mis presuntos lectores?, ¿sucede algo a mi alrededor que sea digno de caer bajo mi pluma? Es decir, de lo que pasa en mi experiencia, ¿qué cosas se prestan mejor para escribir? Considero que el único remedio para este mal es hablar de lo que uno lleva en el fondo de su espíritu. Esto no quiere decir que me haya quedado árido de ideas, queriendo urdir de mi experiencia un adagio o aforismo, sino todo lo contrario, una idea me resonó como campana catedrática y he querido detenerme para pensar. Escribiré dejando el libre correr de la pluma, única diferencia con respecto a mis pasadas entradas. Pero esto, me parece, debe explicarse con lo siguiente.
Cincelando con mi estrella
Hace poco tiempo había escrito las siguientes palabras pero, sinceramente, ya no sabía cómo incluirlas en este espacio. Su nacimiento era distinto del de ahora, pero las considero adecuadas según mi experiencia estos últimos meses. Además, quiero comenzar el año con mejores entradas para mis pocos lectores, y continuar así el resto del mismo. Hoy les escribo, cómo diría Urbina, telescopiando las imágenes interiores a través de la pluma, fuego de la imaginación y humo de las ilusiones. Y es que, hay ocasiones en las que he oído decir, ¿de qué puedo escribir?, ¿lo que escribo será apropiado para mis presuntos lectores?, ¿sucede algo a mi alrededor que sea digno de caer bajo mi pluma? Es decir, de lo que pasa en mi experiencia, ¿qué cosas se prestan mejor para escribir? Considero que el único remedio para este mal es hablar de lo que uno lleva en el fondo de su espíritu. Esto no quiere decir que me haya quedado árido de ideas, queriendo urdir de mi experiencia un adagio o aforismo, sino todo lo contrario, una idea me resonó como campana catedrática y he querido detenerme para pensar. Escribiré dejando el libre correr de la pluma, única diferencia con respecto a mis pasadas entradas. Pero esto, me parece, debe explicarse con lo siguiente.
En español tenemos una frase que dice: “las palabras
se las lleva el viento”. Es verdad. Toda palabra, una vez dicha y expulsada del
aparato laringo-bucal, se pierde y diluye en el pasado. De ahí que al senado
romano se le haya dicho: verba volant,
scripta manent (las palabras vuelan, lo escrito permanece). Borges parece
pensar lo contrario, es decir, que más bien la palabra que vuela es más
importante que la escrita, pues los verdaderos maestros jamás nos legaron libro
alguno. Sin embargo, el lenguaje a veces se porta travieso y en ello parece
radicar su constante mutabilidad. Pero también sucede que aquellas palabras
diluidas en el aire son conservadas por un accidente del lenguaje, la
escritura. De modo que, parafraseando e invirtiendo la frase anterior, debería
existir un modo en el que podamos escuchar al viento hablar.
Parto
del hecho de que la escritura no sólo es un medio de comunicación lato o
simple, sino una compleja imagen o retrato de la naturaleza humana, de lo
racional y sensible en él. Aquí me detengo a escribir no sólo para poder
acercarme a esa naturaleza, sino para disfrutar de ese pequeño aliciente de la
vida, la mudanza, pues, como dice mi amigo, llorando y riendo pasamos el rato.
Gustamos del palique. Diario decimos y hacemos, y hablamos de lo que hacemos y
decimos, con uno mismo y con los demás. Y la vida se nos va en ello. Que la
palabra se haya volcado al papel no sólo le dio firmeza a la cuestión jurídica
(que por ello se le acuñó al senado romano, que hoy sufrimos bajo el
desesperante “papelito en mano”, y peor aún, que para constar mi identidad
requiero de un papel, es decir, de un Acta), sino que abrió una brecha a las
musas menores, como dice Alfonso Reyes, a la escritura. Para el senado lo escrito
sólo era una evidencia más certera, pero dudo que realmente sirviera de mucho.
Basta con que tres personas intenten narran un mismo suceso. No me refiero a
eso, lo que estoy diciendo es que hay un hacer del hombre bastante misterioso,
la palabra. Pero la palabra, como se dice, se la lleva el viento.
Hace
un año le dije a una persona que para mí la escritura era como el espejo del
alma. No sé si entendió lo que quise decir con ello. Ojalá puedas entenderme
mejor con esto. Dante dice que la palabra es un signo de lo mortal y divino en
el hombre. Transmitir la palabra es un dón propio de dicha creatura, que lo
único que consigue es alabar a su creador. Pero basta de citar a tantos
autores, como dice Montaigne, que yo sólo cito lo que he vivido, de lo que
tengo experiencia, ut ne quis nimis (en
todo evita la demasía).
De algún modo el
contenido de la palabra escrita escapa a toda explicación científica, es decir,
a una explicación clara y distinta. Por ejemplo, de aquellas veces que andaba
en el camión, y no en la combi, rumbo a mi casa, escuché que ya se había
descubierto en alguna universidad norteamericana el lugar donde se hallaban los
recuerdos en el cerebro, que eran como “globitos”. Atónito, lo miré
consternado, pero devolviéndome la miraba como si fuese algo muy sabido callé.
Dudo mucho que eso sea verdad, pues sería como juntar los índices, de una
manera bastante superficial, en La
creación de Adán de Miguel Ángel. Como luciérnagas, buscamos diariamente
aquello que nos mantiene vivos, que si se pudiera tomar como la manzana del
árbol, de nada servirían los grandes tratados escritos por magníficos
pensadores. Es verdad que los grandes problemas requieren de grandes
pensadores, pero tan verdad es que un gran poder requiere de una gran
responsabilidad. Lo sé, quien dijo eso no estaba pensando en lo que ahora me
ocupo.
Nuestra
vida es una vasta colección de experiencias. Comiendo con amigos nos dieron
unas pastillas de menta al pagar la cuenta. Tomé una que decía en su envoltura:
“De joven, de ilusiones, de viejo, de recuerdos”. ¿Qué sucede si lo
invertimos?, ¿no es verdad que también de jóvenes estamos llenos de recuerdos,
así como los viejos llenos de ilusiones? Los años de vida no siempre
corresponden a la experiencia adquirida. Hay quienes conocen el mar hasta los
veinte o treinta años. De modo que si pudiésemos, podríamos vivir más que una
persona de noventa y cinco años. Y son esos pequeños detalles, como huellas
inciertas, los que llenan cada uno de los instantes de nuestra vida. ¿Y no es
verdad que lo que vivo te lo puedo transmitir con estas mis palabras? Tengo la
impresión de que, en la mayoría de las veces, la palabra encierra nuestros
mayores deseos y anhelos, todo aquello que clavamos en el cielo como una
estrella de inmortal esperanza. Nuestros sueños suelen evaporarse con cada día
transcurrido. Nuestros anhelos, esperanzas e ilusiones se depositan lentamente
como reloj de arena en eso que llamamos experiencia. Los colocamos, si se quiere,
en un arca, pues son llevados a un lugar del que difícilmente pueden salir,
siendo resguardados en el lugar de lo imposible, pues son cosas que nunca
sucederán. A menos que iluminemos el arca y les demos salida, viéndolas a
través de un telescopio, se vuelven tan reales como un beso. Ahora bien, esta salida,
evidentemente, consiguió hacerse presente con la palabra, pero esta palabra
nada tiene que ver con lo que depositamos en el arca.
Por
eso, pienso que escuchar al viento hablar es entrar al arca de lo imposible, de
lo que cada uno guarda íntimamente en su espíritu. La escritura, en efecto, es
un andamio firme para eso que llamamos verdad, pero también se convierte en
nuestra musa incierta que nos acompaña a la hora de escribir; la que me vio
escribir mis enlodados primeros ensayos, como dibujos de un niño de tres años;
la que, celosa, me vio escribirle inútilmente a esa chica de la que me enamoré
con sólo verla (que si acaso tu tierna mirada tropieza con estas mis mal
pergeñadas palabras, no me arrepiento de haberte dicho que, cuando tu imagen se
apartaba de mi lado, la tristeza y amargura se apartaban de donde suelen
esconderse para quedarse en mi corazón); la que, con lágrimas en el rostro, me
vio escribir una nota de despedida.
Estas palabras que
resonaron en el viento dieron en mi campanario, del que, afortunadamente, tengo
la dicha de compartir. Por eso escribo, porque la palabra, además de eternizar,
da vida, y mejor aún, vivifica nuestra arca de lo imposible.
Aurelius
Etiquetas:
Vasos cincelados (Aurelius)
No más siestas con los peces
El
2015 cerró con un alto índice de asesinatos en nuestro país. Como referente, se
dice en la prensa especializada que se llevaron a cabo alrededor de dos
homicidios por hora, lo cual nos lleva a cuarenta y ocho por día y de ahí a
trescientos treinta y seis a la semana y por último a 17,472 al año, un cifra
que, en términos de porcentajes, no es nada alarmante, si se considera que es
una suerte de 1%, o un poco más, la población perdida y que no se toman en
cuenta los decesos ligados con el narcotráfico. Ahora, si consideramos que la
causa es el asesinato, el asunto se torna preocupante, ya que se me hace
increíble que el hombre esté tan dispuesto a terminar con la vida de otro. Las
razones por las que un hombre acaba con la vida de otro hombre son, creo ver,
producto de la nueva concepción del mundo que nos anda rondando desde hace poco
más de un siglo con tanta fuerza que ya ni la notamos claramente. Ver por qué
un hombre mata a otro es lo que me interesa y me preocupa. Sé que ante esta
situación difícilmente no hay una inmediata solución y difícilmente creo que la
haya, pero al menos pensarla nos puede llevar a otras consideraciones que
afectan directamente nuestras propias vidas.
Causas de asesinato, dicen en los
juzgados, hay muchas, desde un crimen pasional, hasta el hecho de recibir pago
por cerrarle los ojos a alguien. Cada una lleva una justificación para su
realización y al mismo tiempo una que condene tal acción. En el caso del crimen
pasional, diríamos que el asesino no tiene culpa alguna pues ha sido consumido
por la pasión, sería como Anakin Skywalker siendo inocente de caer al lado
oscuro, pues sólo fue consumido por el miedo de perder a su amada Padmé: ahí
está su justificación, no mata por ser malo, sino porque la pasión lo nubló. La
contra de lo anterior es que aquel que
mata cubierto de rojo desea el bien propio y como, visto desde nuestra
concepción más nimia de orden social, el bien acaba donde empieza el mal del
otro, al hacer daño a otro buscando mi bien, hago mal, ergo matar es malo. Más o menos en el mismo caso se encuentran los
asesinos a sueldo, por más reglas que tengan para hacer de su profesión un
trabajo más, como Ni mujeres, ni niños.
El asesino es malo y hace el mal dado que ha causado mal para conseguir su bien.
En esta concepción del
asesinato sólo vemos las implicaciones sociales que tiene, viendo el asesinato
como un acto público y puramente lógico (así en el sentido de P’s y Q’s),
perdiendo el factor humano en él. El asesino apasionado ha dejado de buscar el bien,
creyendo saber dónde está y por eso no se detiene a considerar las
implicaciones de su actuar; el asesino a sueldo ha convertido al otro en un
medio para un fin. Quizá el asesino, sea cual sea su motivación, ha dejado de
ver en el otro a su igual, por eso no le importa ni buscar el bien, ni
reconocer al otro. El que asesina es porque cree ser diferente de la víctima;
diferente ontológicamente. Quizá por eso la base de la ley es que todos somos
iguales, pero cuando esa misma ley ha sido pervertida por la visión moderna de
la competencia, la exaltación y todo cuanto niega una igualdad entre los
hombres, deja los huecos suficientes para que uno deje de considerarla
importante. Por eso, aunque la ley condena el asesinato, se limita a hacernos
ver que lo peor que puede pasarnos es ser encerrados: malísima consecuencia
¿no?. Hemos dejado de pensar que quizá al matar estamos condenando nuestra alma
a la ignorancia eterna, ésa que no nos lleva al conocimiento sino a la muerte.
No sé qué tanto nos sintamos cercanos
al asesino en medida en que la comodidad de nuestras vidas nos tiene lo
suficientemente lejos de esa experiencia. Sería bueno pensar si es la misma
soberbia del asesino la que nos lleva a aminorar al otro. Sería bueno pensar si
en verdad los hombres somos iguales, no sólo porque todos amamos, lloramos y
reímos, sino por algo más, o, y quizá dicho mejor, hay más profundidad en
pensar que el hombre es igual entre sí por todas estas razones. De cualquier
forma esta empresa se torna difícil pues hemos dejado de considerarnos iguales,
y al mismo tiempo admitido, por razones políticamente correctas: creemos en
nuestra igualdad porque eso posibilita una convivencia más sana, porque así no
nos sentimos solos en el mundo o porque simplemente es más sencillo vernos como
iguales y así celebrar nuestras diferencias, en vez vernos como iguales porque
esto posibilite una vida mejor, no sólo para nosotros sino para todos los
demás.
Podríamos ser pesimistas y decir que
a pesar de que intentamos vivir mejor, seguirá habiendo guerras, odio y
cerrazón, pero posiblemente eso también es producto de haber dejado de buscar
la igualdad desde una mirada ontológica, pues no buscamos tal respuesta para
convertirnos en mesías, sino para convertirnos en mejores hombres, no por conveniencia,
sino porque es lo mejor que cualquiera, doquiera que sea, puede hacer.
Claramente no es la única respuesta que debe buscarse, pero sí creo que es de
las más importantes, pues nos podría posibilitar que dejemos de lado la
soberbia, el pendejismo, la mala vida. Mientras tanto, no nos resta más que
seguir trabajando en el bien y no matar a nadie, a menos que sea para llevar a nuestro potencial asesino a dormir con los peces.
Talio
Maltratando a la musa
Mi metamorfosis
Era un suspiro leve, hilo de viento,
que buscaba zurcir en esos labios,
de un pobre hombre, por siempre su aliento,
convirtiéndolos en dos amantes sabios.
Y sucedió que un día
vislumbró desde el fondo
aquellos labios rojos
de límpidos hinojos,
de un palpitar profundo,
que parecían, cual flautista, llamarle
a dejar la pena y arrastrar al padre
a darle a luz; mas, con voluble peso,
dejó de atraerle la boca ajena,
y el suspiro que se moría de pena,
recibió a esa boca, volviéndose beso.
Etiquetas:
De chistes malos y bromas pesadas
Yo no soy el tipo más brillante, pero sí, muy seguramente y en mi humilde opinión, el más torpe.
viernes, 1 de enero de 2016
Fiesta
Fiesta
Ayer murió el año viejo y yo, como muchos de ustedes, festejé una muerte. pero en verdad no sentimos que haya muerto nadie, porque no murió nadie. Lo que me causa extrañeza no es este ritual, sino que en un mundo donde queremos hacer que todo perdure en fotografías archivadas, la pérdida de un año nos cause tanto gusto. Como si con esto se fuera todo el dolor y quedáramos vacíos de sentimientos. Queremos olvidar lo malo, pero sin saber qué hacer con lo bueno, es decir, cómo perdurarlo realmente y no en fotitos. El año nuevo con su llanto primerizo nos abre los oídos a confrontar la antigua pregunta: ¿Cómo vivir bien?
La fiesta no termina si siempre nos preguntamos esto, es más, si siempre tratamos de vivir bien nadie muere en vano.
Javel
Suscribirse a:
Entradas (Atom)