Presentación

Presentación
Mostrando entradas con la etiqueta Cera y papel (Cármides). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cera y papel (Cármides). Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de julio de 2016

Escritura deshonrosa

Quizá por nuestros tiempos económicos no entendemos cabalmente por qué escribimos. Pregunten a los escritores profesionales o aquellos dedicados por la escritura, si tienen ganancias equiparables con otros oficios. Viene a nuestra cabeza la caricatura del sociólogo, poeta, filósofo o todo dedicado a las letras: alguien desaliñado que vive en la miseria a nuestros ojos. Incluso pasa como el perfecto haragán a quien podemos denostar frente a otros oficios más productivos. Así llega parecer aborrecible el poder escribir.

Arrinconarse en los márgenes tampoco soluciona el problema. En su defensa los practicantes de la escritura llegan a decir que su riqueza no es material, sino mental. Una respuesta emitida desde lo parcial, ya que parece la inversión de la primera acusación. La nobleza en escribir no está en lo negro, sino en lo blanco. La posible crítica a la visión estrecha de miseria (lo cual sí puede ser una realidad), se esfuma rápidamente al no brindar una respuesta completa de por qué escribir. Nuestros tiempos civilizados no permitirían condenar los escritores a la cicuta, en vez de ello se impone el ostracismo. 

Los defensores de la riqueza inmaterial dicen que sus satisfacciones no están en lo material. Afirman que su gusto y placer no lo hallan en vulgaridades tremendas como lujos o alimentos apetitosos. Su producción escrita y señorío en el Topus Uranus basta para llevar una vida feliz, aunque ello implique confrontar un mundo que los aborrece. Todavía mejor: esta confrontación ennoblece su pequeña tragedia en defender su riqueza. Siendo menos general, también existen aquellos que defienden la escritura al considerarla verdaderamente productiva en el mundo. Quizá no tengan un señorío en las altas esferas, pero pretenden ser cualquier labrador en estas tierras. Frente a las críticas de lo insatisfactorio o la falta de resultados en escribir, en ocasiones responden con guardar una vocación distinta. Así como algunos tienen vocación por el dinero, otros la tenemos por escribir. Y así como el dinero regula y es útil en el mundo, asimismo sucede con la escritura. 

Bajo la respuesta ofrecida, la cual es un ideal no muy exorbitado, pelean por un lugar en su sociedad, aunque a veces ésta no quiera brindárselo. A veces enmascarados en otras labores u oficios no dejan de cultivar su vocación. Afirman que las presiones actuales suelen ser incisivas, pero escribir es un constante batallar. No es una simple confrontación, sino una latente y continua. Exagerar o subestimar esta relación trae sus consecuencias, puede llevar al escritor al engaño o a la hipocresía.  Resulta interesante y con un abordaje más sencillo el segundo caso. Quien dice nacer para escribir y no plantea su vida conforme a ello, confiado y cómodo cree ejercer su actividad. Puede ofrecer un sinfín de pretextos con tal de ocultar su renuncia a la batalla. Sin haberlo visto, su oponente ha conseguido la victoria y ensimismado no advierte su ostracismo voluntario (por muy paradójico que suene). 

Librarse de las pautas económicas no requiere de triunfar permanentemente. No significa someter al mundo o creer su producción autosuficiente. En ocasiones los triunfos traslucen en cada lugar donde las letras han vencido a los minutos, cuando un soplo de inspiración genuina se refleja en aquellos lugares. No verse escribiendo por obligación, sin gusto y quizá sin razón alguna, sino estar convencido y creer en lo que se está escribiendo. Oficios como columnista, autor célebre, académico o bloguero son capaces de ocultar este hecho. Ejercen supuestamente con su vocación, cuando en realidad cumplen meramente el requisito. Esto puede hacerse fácilmente en un chispazo, incluso traspasando otros textos para rellenar. Pese a que no llegue a darse cuenta, un fracaso para un escritor sería recordar con fastidio que debe escribir algo. O creer que su producción sólo es un aglomerado —a veces vistosamente arreglado— de letras. La página para leer siempre merecerá su respeto.

Nota final: Por el momento esta entrada será la última en Cera y papel. Recordando una bella pluma, espero que esta ausencia sea sólo por un ratito. Agradezco mucho a los Nombradores haberme aceptado y leído. 

miércoles, 6 de julio de 2016

Arrugas

¡Apresúrate Cronos,
adelante el rechinante trote!
Hacia abajo va el camino;
fatigoso mareo me deja
en la frente tu ir lento
J.W. Goethe

Frente a su copa de vino que ya desabrida estaba, el pintor reflexionaba acerca de su vida. Desde siempre se había consagrado a buscar una vida plena. Aborrecía desde muy joven las necesidades fútiles y superfluas. Lamentaba que casi nadie intentara consagrar su espíritu y aspirar a los más altos fines del hombre. El rastro de la verdadera libertad humana, aquélla que nos acercaba a la vida en el Olimpo, no lo veía por ningún lado. Quizá nunca lo halló. Insatisfecho y frustrado repasaba sus memorias, preguntándose si algo había valido la pena de ser vivido. Amargamente se acercaba a responder negativamente y el sorbo en su copa no le brindaba ningún alivio. Levantándose de su silla caminó hacia la ventana y exhalo un suspiro. No sabía si el día viscoso y gris o sus reflexiones lo hacían sentir tan apesadumbrado. El agua caída del cielo anegaba el campo, mezclándose para formar lodo. Lo verdoso del campo se ocultaba por la misma grisura del ambiente. El pintor avenjentado sólo quería que concluyera el día para que pudiera amanecer de nuevo. Pero la lluvia no cesaba...

miércoles, 22 de junio de 2016

Extraños acostumbrados

Crueldad pura eres
que juzga velozmente,
impacientado por leerte
aceptas mejor no verme.

¿Adónde llevará este silencio
que esconde la ruina que somos?
¿Terminará por sorprendernos
en medio de lo espantoso?

Frente a frente, ojo y ojo,
miraremos y no podremos
reconocernos,
el pasado acabará alojado
y el futuro, obsoleto,

Las palabras se deshacen
en una discreta vorágine,
la amistad muere...
la indiferencia vuelve.

Inciertamente
lo que fuimos,
originalmente,
ha concluido.

miércoles, 8 de junio de 2016

Silenciado por Dios

En esta ocasión me gustaría continuar hablándoles acerca de la censura. Tengo intención de aclarar y discernir qué entendemos y malentendemos por ella. Usualmente denunciamos censura, por ejemplo, cuando nos sentimos intimidados por el gobierno en turno o nos quejamos por las mentes estrechas de la Iglesia. Aunque, antes de continuar, quisiera disculparme en dos sentidos. En primer lugar, no tengo la inteligencia tan profusa y rica para poder brindar conclusiones trascendentales. Cuánto desearía ser lo suficientemente profundo para que su tiempo no fuera malgastado. Debo confiarle, lector, que mi vergüenza es tanta que escribo esto sin poder mirarle a los ojos. La piedra de la pena echa mis ojos hacia abajo, al lugar natural que pertenezco: el Hades terrible. ¡Oh, musa, tú que favoreciste al bardo ciego de la bella y humana Grecia, ahora te pido que no abandones a este mortal miserable!

Por mi deficiencia siempre me gusta prepararme. Aunque no lo crea, una hora nos basta para el presente blog. Procuro hacer notas y esquemas, a veces hasta he realizado pequeños ensayos de treinta cuartillas que luego debo sintetizar en una entrada (quizá si el administrador me pagara, tendría un incentivo para dedicarme de lleno a esta página). Para mi desgracia, esto no ocurrió con esta entrada. Justamente ayer tenía mis notas y recursos preparados, sin embargo me descuidé y luego de unos segundos desaparecieron. No fue muy difícil averiguar qué había sucedido. En mi casa, desde el primer día, siempre he padecido de fantasmas. Frecuentemente nos esconden las frutas, las llaves hasta mis preciados libros. Desconozco si es uno o varios, no acabaría de contar tantas travesuras y maldades que he sufrido por ellos. Triste, decepcionado y, nuevamente, sí, avergonzado, me acosté sin poder dormir. Tenía la angustia en la garganta sobre qué haría. Quizá podría ir a un café internet, pero tiene razón Talio: me baño esmeradamente para pisar uno de sus lugares. Súbitamente se apareció frente a mí Virgilio. Sí, el poeta de la Eneida. No lo podía creer, ¿acaso él era mi único fantasma inquieto?

¿Quién demonios eres?, pregunté al espectro (no quise que fuese osadía, en realidad quería presumirle que había leído su relato dantesco). Don Virgilio tomó su dedo índice y lo llevo a sus labios, indicándome que no hiciera ruido. Abrió una fisura luminosa en mi techo e hizo descender una escalera dorada. Yo me calmé y dejé de hacer ruido, en parte por la orden del latino y por la impresión causada. Virgilio subió los escalones y yo lo seguí. Entramos a un sitio demasiado luminoso para describirlo. La luz hacía que mis ojos vieran nada. Hubiera creído que estaba en una especie de limbo hasta que escuche una voz grave y dulce, profunda y reconfortante. Virgilio me susurró que era Dios y había sido escogido para poder escucharle verdades fundamentales, claras e indubitables del hombre. Me dijo que la vida humana tiende a la felicidad y el hombre naturalmente debe estar libre de pecado. Que no había mayor autoridad que la Biblia y todo estaba dicho, al pie de la letra, ahí. La verdad se desplegaba y era recibida por el mortal desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Yo, perplejo, callaba ante lo dicho.

Después de un rato, volví a mi recámara. Descendí en solitario por la escalera y al voltear ésta había desaparecido. Debo confesar que aún no termino de comprender y asimilar esta experiencia mística. Citando a Dios, me ha sido desplegado lo que debía saber. Quizá profundice en lo que me fue dictado o cuente alguna otra peripecia que me vaya sucediendo. Así que, lector, sugiero que esté al pendiente de mis próximas entradas. Uno desconoce lo que le tiene deparado la fortuna.


miércoles, 25 de mayo de 2016

Leones rugiendo

Recientemente ocurrió una polémica en Internet muy significativa para nuestros días. Regularmente los sucesos en torno a la libertad de expresión, traen consigo una gran polémica. La lucha entre sus defensores y detractores se ha vuelve recurrente en la discusión y medios públicos. Quienes la defienden afirman que es un derecho inalienable en los individuos, a todos deberían garantizarnos el poder emitir una opinión. Por el contrario otros alegan que existe sensibilidad por ciertos temas en el público, de ahí que tampoco sea válido emitir cualquier opinión. Para que yo pueda respetar tu derecho a la expresión, tú debes respetarme a mí. Como muestra de este conflicto, sucedió que en semanas pasadas una usuaria de YouTube quiso festejar el cumpleaños de Adolf Hitler. Mientras entonaba Happy Birthday con su voz tierna pero sensual, ofrecía unos pastelitos con una esvástica de chocolate encima (algo dulce para algo muy amargo) a la foto del alemán. Al final advierte que muchos se indignarán y le preguntarán por qué hace eso, a lo que ella responde que busquen en su canal un vídeo donde muestra que el dictador no fue tan malo como lo escriben los libros de historia. Y así ocurrió.

Después de haber sido publicada la pequeña ofrenda, los comentarios corrieron con la velocidad característica de Internet. Algunos, otros usuarios de YouTube, pedían remover el vídeo o cancelar su canal. Otros se sumaban a la petición y escarbaban en éste hallando vídeos sorprendentes. Por ejemplo, podía encontrarse uno donde leía la emblemática obra del dictador, Mi lucha. Línea por línea transcurría el vídeo. En otro la jovencita (sí, tiene dieciocho) nos enseñaba cómo detectar a los judíos mediante sus rasgos físicos, parecía haberlos estudiado con la minuciosidad propia de la taxonomía. El cese de su canal no detuvo la polémica y mucho menos la presencia de la muchachita en YouTube. Decenas de usuarios volvieron a subir sus vídeos, quizá para conseguir reproducciones o por enarbolar la bandera de la libre expresión. Debajo de ellos existen muchos usuarios que declaran muerta esta libertad y, de modo ambiguo, critican o defienden a la que se asume como nacionalsocialista (sin tener la menor incomodidad se asume así). 

Como símbolo de esta libertad susodicha, siempre queremos aducir al Internet. Celebramos que como individuo podamos protestar u opinar sin restricciones y mejor aún desde lo accesible y sencillo de la red. Un buen ejemplo lo tenemos en YouTube donde cualquier con una cámara no importa  mucho la definición— grabarse y subir contenido sin ningún límite aparente. En sus primeros pasos, el eslogan que identificaba a la página sugería esto: Broadcast yourself. Menciono aparente porque todo colaborador de la página debe cumplir un reglamento, entre sus reglas se contempla no incitar a las agresiones o publicar contenido ofensivo.

En la página mencionada, YouTube, diversos canales quieren evitar problemas, evadir los lineamientos de la plataforma, bajo el pretexto de que se dedican entretener. La supuesta falta de seriedad en los vídeos pretende que los regaños tampoco lo tengan, el rato libre que pueda eximirlos de responsabilidades, Sería difícil, casi imposible, discernir con precisión si el contenido publicado realmente quiere sólo entretener o esconder verdaderas convicciones. Lo que resulta más claro es el efecto devuelto. Entre ofendidos y entusiastas, reaccionan como consecuencia a lo pronunciado. Esto no sólo sucede en Internet. La ironía agría de Charlie Hebdo ocasionó la ira musulmán y vimos que la ofensa rebasó el simple refunfuño. Las palabras a veces pueden tener alcances insospechados.

Seguramente la ligereza en torno a la libertad de expresión viene con el descrédito en la política. Si no alcanzamos a ver hasta dónde llega lo que dicemos, es porque no creemos que llegue a algún lado. La insistencia en expresarnos, remarcar nuestra libertad, descuida si nuestras palabras son adecuadas o verdaderas. Enarbolar la bandera nos mantendrá en la confusión, bajo los ideales de tolerancia y respeto seremos incapaces de comprender los verdaderos casos de censura y el silencio del tirano. Cuando realmente llegué, quizá no lo veamos. O si nunca llega, cometeremos actos atroces en pos de ello. ¡Ah! Y en cuanto a Evalion, la internauta del principio, ahora recolecta dinero para producir audio libros, entre otros proyectos, para poder remediar la degradación humana. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

Crepúsculo socrático

George Black. Y esto que vengo comentándoles, podría hacernos ver la maestría de Sócrates. Estas conclusiones las pude sacar por mí, me tomó cuatro días y tres noches. No las tomé de ningún libro ni escuchada en alguna conferencia; me parece vil el plagio. Tomaba café para mantenerme despierto y reflexionaba cuando las clases morían. Aun con el desvelo, me preparaba para inculcarles las mejores enseñanzas. Debería recibir una gratificación... Calmen su risa, jóvenes, sólo estamos nosotros tres y por lo mismo resuena estridentemente. 

Jim. Lo sentimos, maestro, no pudimos evitarlo, aunque Theodore casi ni rió. Al parecer yo soy el de la risa fuerte. Entiendo lo que dice. Aunque siempre he tenido una duda. Una de las acusaciones y hasta burla a Sócrates ha sido su obsesión por los muchachos, tiernos jóvenes que se paseaban y modelaban en la antigua Grecia. ¿Eso podría relacionarse con lo que comenta acerca de su retórica?

G.B. Me pone muy contento que seas crítico y hagas preguntas pertinentes. Ojalá tuviera más estudiantes brillantes como tú. 

Theodore.Venimos a estudiar, sentimos complacencia cuando una autoridad nos lo reconoce.

G.B. En efecto, joven listo. En algún sentido sí, mi querido Jim. Sócrates no era un desalmado y siempre mostraba interés por quien conversaba con él. Para saber dirigirse los conocía muy bien. Sabía qué decir y cómo decírselos a cada quien. Incluso podía desenvolverse entre lo público y privado, a veces discreto, a veces con mayor frontalidad. Se parece a la seducción. Cuando te sientes interesado por alguien, quieres hacerte especial para ése. Buscas deslumbar ante él. El amor se consuma cuando quien amas se interesa por ti, una reciprocidad entre ambos sujetos.

Jim. ¿Entonces eso indicaría fue cierta su acusación? ¿Seducía y corrompía a los jóvenes?

G.B. No del todo. ¿Recuerdan el comienzo del Teeteto? En la primera aparición de Sócrates, ahí mismo nos enteramos de sus intenciones. En tal apartado nos menciona que está interesado por quien pueda convertirse en hombre de bien y le gustaría que éste perteneciera a su propia ciudad. No quiere hacer amistad con alguien de Cirene, pese a que aparentemente Teodoro mismo le ofreció presentarle alguien destacable de aquí. Si pones atención, el interés primordial del ateniense estaba en conversar y poder amistarse con alguien. Considera que si buscas un hombre de bien completo en tu misma ciudad, se colige que ése podrá realizar una acción noble donde vives tú. Entonces Sócrates no busca platicar o juntarse con alguien solamente, en caso de seducirlo no sería un afán egoísta. ¿Se acuerdan quién reconoce con precisión a Teeteto?

Jim. Sócrates, la memoria traiciona a Teodoro y no logra recordar quién es el padre del joven.

G.B. Así es, lo contrario a Sócrates, como bien mencionas. Ahora que lo trajiste a la conversación, también es digno de ver cómo Teodoro se excusa para que no haya malentendidos en las relaciones con los jóvenes. Dice que teme expresarse con vehemencia para no verse como un enamorado y por ello decidí escoger a alguien feo pero brillante. Ese maestro quiere la mayor claridad en la relación didáctica, sin ninguna sospecha. Podemos creer que, primero, eso dañaría su prestigio y, segundo, como él mismo afirma, dejarse llevar por la pasión resulta más locura que valor. Su cautela quiere llevarlo a resultados seguros.   

Theodore. Aunque, maestro, la escena también es interpretada por el filólogo Giorgio Averitas, reconocido italiano del siglo XX y estudioso de textos clásicos. Averitas señala que se presenta la postura platónica de los diálogos de vejez respecto al ser. El hecho de que Teeteto y Sócrates se parezcan en lo material pone en duda la Teorías de las Ideas. Si realmente fueran supremas, podríamos distinguir con facilidad los entes. Sin embargo nos engañamos cuando tratamos de discernir a sujetos. Fácilmente podemos reconocer entre objeto A y objeto B, ¿pero qué hacemos con los seres humanos? Añade Averitas que a partir de aquí Platón mostrara simpatía por la corriente materialista cuya culminación estará en el parricidio cometido al Uno perfecto parmenídeo. El Platón anciano podemos asignarlo en esta categoría. 

Jim.— Acabo de pensar algo maestro. Si Sócrates buscaba fungir de partero con las jóvenes promesas y hacerles un bien a ellos y la misma ciudad, ¿podríamos decir que se trata de una amistad buena?

G.B. ¡Claro! Vas entendiendo. Sócrates no corrompía a los jóvenes, los ayudaba. Para el vulgo una corrupción, para los estudiados resulta un encaminamiento a la virtud. Por ejemplo, Theodore, ¿amamos lo bueno o lo malo?

Theodore. Lo bueno, si vemos que es malo no lo queremos. 

G.B. ¿Y reconocemos lo bueno cuando nos resulta placentero? ¿O cuando lo repelemos?

Theodore. Por lo primero, lógica humana.

G.B. Y el amor para ser bueno, ¿debe ser recíproco?

Theodore. Totalmente, en dado caso sólo uno de los individuos podría ser el amante.

G.B. Entonces un amor virtuoso sería el socrático: el partero ayuda a la fecundado y éste, en agradecimiento, mantiene la relación con su maestro. Ambos, dos y no uno, consiguen lo placentero mediante ellos. El fin bueno rechaza que haya corrupción. 

Theodore. Aunque amor no es la amistad y Sócrates buscaba hacer amigos.

G.B. ¿Pero acaso no es el mismo principio? Cuando amamos a alguien o queremos a nuestro amigo, ¿no subyace el cariño, Jim? ¿No sufrimos dolor cuando nos deja o cuando le sucede algo infortunado?

Jim. Así parece.

G.B. Y qué mejor si este cariño está basado en algo tan noble como el conocimiento, ¿me equivoco?

Jim. Para nada. Las relaciones, amistades o amores filosóficos son lo más alto para el ser humano.

G.B. Se hizo tarde, la oscuridad se asoma. Permítanme llevarlos a casa. El mundo ahora es peligroso para ustedes.



miércoles, 27 de abril de 2016

Notas alrededor de las notas

*¿Escribimos cuando olvidamos u olvidamos cuando escribimos? Aunque parezca lo mismo, tiene una sutil diferencia. Ambas frases hablan de momentos distintos. En la primera nos sentimos amenazados porque perdamos eso que rememoramos, incluso cuando no hay mayor claridad en ello. Entonces decidimos grabarlo en un papel para tener una segunda opción a la memoria. Vemos que la memoria se toma como un otro grabado, como uno de cera, y el papel resulta otro medio para reforzarla. Por otro lado, si olvidamos cuando escribimos, nada asegura que los recuerdos tengan una consistencia sólida. Resultarían mudables y se desvanecerían haciendo que sus cenizas conformaran grafos sobre el papel. ¿Podríamos seguir llamando el recuerdo de una idea o imagen si la escribimos? ¿Dónde estaría la memoria ahí? La primera frase indicaría que ya estuvimos en ese sitio, queremos anotarlo para volver a visitarlo. El otro señalaría que no existe como tal ese lugar, el espejismo tendría mayor realidad cuando lo registramos.  

*A pesar de lo difícil de resolver esta cuestión, mínimamente observamos que las notas sirven para registrar. Por ejemplo, a partir de una lectura, marginalmente colocamos una nota para registrar algo que hayamos pensado. O un estudiante joven puede hacer anotar lo dictado en alguna conferencia o clase, al cabo en unos años estas notas pueden editarse si el profesor es célebre. Uno de los pioneros en esta clase de prácticas resulta Euclides, quien deslumbrado por la genialidad de Teeteto y Sócrates apunta la conversación que tuvieron cuando el primero fue casi un chaval. Tal vez nunca sabe por qué (Platón jamás lo explícita), pero considera importante la conversación. En su registro no quiere perder cualquier detalle, desea superar cualquier falla en la argumentación, tanto que Sócrates lo asiste en su afán quizá obsesivo. En una lectura superficial puede notarse las consecuencias de esta decisión. A diferencia del Banquete, por ejemplo, donde a oídas y casi anécdotico sabemos lo que sucedió en la fiesta de Agatón, en este diálogo presentado conoceremos muy poco en cuanto al ánimo y reacciones de los interlocutores (¿tendrá que ver que en el simposio se encomie a Eros?). Anotemos algo más: curioso que en este diálogo, caracterizado así, quien lo titula sea un experto en geometría y no muy hábil o diestro a la hora de la batalla. 

*Las notas pueden conformar una especie de mapa de una región conocida. Comprendidas así podrían verse como un auxilio para volver a visitar esa región. Pistas para que sigamos y lleguemos a un sitio. Si tienen un sentido, una línea que seguir, entonces debe tener un orden. Para cruzar por las montañas, no puede hacerse por una terreno difícil. Ni flotar con el viento para evitar la montaña. No hay atajos a menos que el mismo campo lo permita. En este sentido el recorrido está dispuesto para descubrirlo y seguirlo: existe un orden para superar las montañas. En un argumento esto puede verse con cierta facilidad. Las premisas y presupuestos conducen  a una conclusión, la notas puede ayudar a ver esta consecuencia. ¿Sucede lo mismo con los hechos de la vida diaria? No tanto, prueba de ello está en la diversidad de juicios y comprensiones ofrecidos por testigos y curiosos. Existe un orden que permite entender los hechos, como agente, motivos, circunstancias, etc. Sin embargo no todos lo entienden de igual modo. Las notas reflejarían ello. La sabiduría práctica haría ambigua e inciertas las anotaciones casi itinerarias y exactas. 

*¿En un impulso las cosas que se anotan?

miércoles, 13 de abril de 2016

Aves en el crepúsculo

Gorjean las aves y sus melodías despiertan al hombre. Siendo un encanto efímero, el gorjeo acaba: afortunado es quien vive con la palabras.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Conversando con Cármides: comentarios marginales y pertinentes a "Compartiendo una taza de café"

Antes de comenzar mi intervención, quisiera agradecer al responsable por el espacio prestado. Las debilidades mostradas por los medios tradicionales son suplidas por los digitales. En esa medida resulta un buen augurio que jóvenes tengan la consciencia suficiente para escuchar a sus locutores. Son los debates de las ideas quienes mueven al mundo y no ningún otra fuerza. Me han convocado para brindar una aportación al trabajo escrito de Cármides, mejor dicho un comentario breve. Sería un promesa vana si afirmo que agotaré en su totalidad lo redactado por este joven, así que prevengo que no lo haré. En realidad acotaré mi comentario a un texto suyo. A continuación hablaré acerca de Compartiendo una taza de café, relato publicado el miércoles 17 de febrero de 2016.
    En apariencia el autor narra un suceso que vivió una mañana, incluso pide disculpas porque contará algo insustancial. Su advertencia debe ser todo lo contrario, esto es, lo que nos dirá tiene un porqué. Personalmente he seguido lo que escribe el joven y puedo observar que usualmente aboga por la sutileza. Honestamente no he acabado de comprender si lo hace intencionalmente o por su deficiencia en argumentación. Una crítica que puede hacérsele está en la carencia de finura en sus argumentos, por esta carencia a veces se siente que no puede llegar al límite de sus planteamientos. En medio de su sutileza los escritos terminan viéndose incompletos o indirectos. Para un debate eso resulta un problema. 
    Entrando en materia, en términos generales, el relato se pregunta por las conversaciones y la participación de las personas en ellas. Podemos asumir esta hipótesis por el comienzo. Según, inocentemente, sólo quiere contarnos su ida a esa cafetería, en esta visita ve alrededor que la gente se reúne para comer o una taza de café. Habiendo anunciado su tema, Cármides nos invita a reflexionar acerca de las clases de conversaciones que tenemos. Señala el joven que algunas eran para "concretar un negocio, otros tenían motivos menos formales o remunerativos." Según cada conversación varía por "el ánimo en aquel momento, lo que se hablaba e incluso el mismo curso (...)" En ese sentido podemos entender que, por ejemplo, una relación de "urbanidad" está lleno de "gestos vacuos" debido a los individuos y su disposición en el momento. En no todas las reuniones las personas están presentes, es decir, la interacción puede ser fingida y, por tanto, falsa. 
    Ahora bien, en contraste, tenemos algunas conversaciones que también señala Cármides. Cito brevemente a éste: "me sorprendían por hacerme pensar mucho, por haber el intento mostrarme algo y lograr hacerlo." Si bien la anterior clase de conversaciones no tenía fundamento, mínimamente en ésta había una intención por enseñar o dilucidar un conocimiento. La conversación se establecía con un fin didáctico, no se volvía un intercambio de "gestos vacuos" o palabras insustanciales. Continuando esta idea, también podemos pensar que no todas los romances o amistades son iguales. En otro escrito, El trastorno de Linus, hacia el final deja una idea interesante: ¿los amigos son nuestras frazadas de consuelo o tesoros que guardamos recelosos? Sus asociaciones tampoco son inocentes, pensar los amigos o amantes de ese modo nos conduce a consecuencias interesantes. Una de ellas es la cancelación de "experiencias conjuntas". El amigo sirve como pañuelo de lágrimas o fuente de interés, nunca un ser humano con quien ser amigo. 
   Al final de su texto Cármides repentinamente nos menciona acerca de un tabloide y la desacreditación de un personaje público en boca de su ex pareja. Dado lo que hemos observado, este hecho no parece un ejemplo inconexo en el planteamiento del joven. En las condiciones planteadas en el ejemplo podemos ver dos personas que, pese a que intercambien palabras en los medios, tampoco conversan ni generan esta actividad en los lectores del diario Basta. Como dice el autor referido, "el periódico nacional publica una cuestión personal, misma que fue usada por la mujer seguramente como venganza personal contra su pareja previa. Ahora nosotros, el público, nos hemos involucrado en eso, sin saber qué hacer con la información (...) Nuestros escritos públicos provocan estallidos que sólo alimentan la afición por espectáculo, en raras ocasiones sirven para la discusión en la plaza. Los escritos pueden hallarse en medios impresos, televisivos o digitales." En ese sentido, a diferencia de una lectura enriquecedora, enterarnos de esa clase de discusiones cierra cualquier clase de conversación (charla, plática, diálogo, etc.). La palabra muere pronto con discusiones sensacionalistas y personalísimas (como ejemplo las acusaciones dirigidas contra uno o tres individuos). Con esta actitud, entre intereses personales de quienes están al frente de los medios, se comete una gran falta de respeto a los espectadores (llámese lectores o audiencia). 
    Afortunadamente, reitero, este espacio sirve para debate y conversación. El escrito de Cármides puede servirnos para reflexionar la disposición a conversar y tener una "experiencia conjunta". Implícitamente eso hace el joven al terminar incluyendo al lector en el final del texto, contarlo le permitió "aclararle la mañana". ¿O también aclarará algo a quien lo lea? Una verdadera lástima que su autor no haya sido más directo, hacer explícita la unidad de lo que escribe hubiera aclarado mejor. Gracias por su atención.

Dr. Casimiro U. Nívoco
Profesor emérito de la Facultad de Derecho en la Universidad Científica y Humanista (UCH)

miércoles, 16 de marzo de 2016

La fe

La fe es:
-Afirmación, por sobre todo
-Pies sobre la tierra
-Confianza a partir de la reflexión y evidencias
-Credulidad que se comprende y acepta
-Certidumbre basado en pruebas
-Señal de advertencia para el fanatismo
-Desestabilizador de seguridad
-Sin certificación
-Promesa única y originaria
-Ciega, dice el dicho, pero no muda
-Incentivo de búsqueda
-Más allá de un título
-¿Prueba para quien no entiende metáforas o alegorías?
-Descubrimiento de la necesidad de asideros
-Amparo
-¿Respuesta para el autoengaño?
-Alivio para los inválidos
-Maná
-Reveladora
-Tónico refrescante
-La luz de la bestia negra
-Bien de muchos...
-Bálsamo contra la soledad
-Lente que permite contemplar la "verdad",
lo que sea que signifique esta última.
-Corazón que siente
-Dulce, estremecedora, en ocasiones
-Evanescente pero humana
-Viento en "tiempos violentos"
-Hambre por entender la Creación
-Esencial, no ocasional, dadas las
peligrosas curvas de la vida
-Vestigio ancestral
-Claridad mental
-Rueca afilada para bordar
-Navío que va regreso a casa
-Vestidura para explorar
-¿Acierto?
-Persecución por granítico o no es
-Tallarse los ojos mientras el amanecer sucede
-Tranquila o febril, serena o arrebatada
-Fenómeno divino, incluido en la experiencia
-Frágil
-Verdad comunal
-Amor que puede durar toda la vida
-Favorable para la sabiduría
-Fascinante, saludable, persuasiva
-Negocio de charlatanes e intelectuales
-¿Consuelo en el valle de lágrimas?
-Alivio
-Tierra fértil para la capacidad de juicio
-Armadura y lanza contra la incertidumbre
-Un motivo de controversia entre José Woldenberg y un lector

miércoles, 2 de marzo de 2016

El trastorno de Linus

Ya se ha tocado el mundo de las historietas en otras ocasiones. Una que otra sección ha referido a ellas de manera mínima o implícita, ahora no será la excepción. Quizá no tenga habilidades fuera de lo humano, ni siquiera la valentía de otros héroes arrojados. Sin embargo sí comparte ese origen en común, incluso el mismo destino al tener presencia en las salas de cine. Su imagen ha sido muy difundida, aunque no acabe por superar al perrito simpático que baila o duerme sobre su casa roja. Muchos reconocemos al niño por tener poco cabellos sobre su cabeza y andar por lo regular con los ojos cerrados, en un estado de sosiego que podría ser la envidia de varios citadinos. Se ve que su serenidad se nutre de un peculiar acto: con una mano sostiene una frazada azul, con la otra succiona su dedo a modo de biberón. Podemos imaginar que la suavidad de la frazada lo reconforta de sus preocupaciones o temores o que su dedo es una reminiscencia a su crianza cuando era un bebé y su madre lo acogía en sus cálidos brazos. Jugar al psicoanálisis puede llevarnos a un lado.

Así como el niño mencionado, deben existir otras personas que necesiten de su frazada para vivir. En numerosas ocasiones vemos cómo este personaje se desquicia cuando no encuentra o le arrebatan su compañero azul. La relación quebrantada con su manta es de pertenencia, como si hubieran desprendido una parte de su cuerpo. En nuestra vida regular podemos parecernos a dicho personajes. Es muy de nosotros atesorar cosas que asumimos especiales, distintas al resto. A veces son juguetes que nos remiten a escenas infantiles o artículos de joyería que nos conquistan con su brillo. Sentimos que hallamos el cofre, pudimos rescatar el oro de las arenas del tiempo, y ahora es nuestro. Lo guardamos en lo profundo de nuestra morada. En ocasiones esta pertenencia nos brinda seguridad, frente a la adversidad seguimos teniendo algo nuestro que nos devuelve la alegría.

Este oro no siempre es material, puede haber otras instancias a la que nos aferramos para reconfortarnos en serenidad. Por ejemplo, en nuestras universidades habitan una variedad de personas que su vida depende del recinto. Entre académicos y estudiantes, al igual que Linus, se desquician cuando les retiran su frazada. Asimismo desprecian con facilidad mientras la mantengan, llegan a exaltar su corazón universitario y creen encontrarse al margen del mundo. ¿Sucederá algo semejante entre las personas? ¿Habrá pertenencia por alguien que nos mantenga contentos y calmados? En ese caso nuestras relaciones amistosas podrían ser como aquella frazada: suaves cuando estamos cerca de los amigos y sollozamos porfiadamente al sabernos necesitados de ellos. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

Compartiendo una taza de café

Antes de iniciar debo pedir una disculpa, querido lector. Tal vez lo siguiente no le interese por intrascendente, y en alguna medida puede serlo. Mi motivo para escribirlo es por tener anidado (¿o anudado?) este escrito dentro de mí. ¿O anécdota? Ayer me encontraba solo, nadie me acompañaba en mi mesa. En realidad había muy poca gente en el lugar (el cual era una especie cafetería). Sin embargo, a diferencia de mí, todos traían acompañante. Había personas que mínimo traían a otra, eran mesas con cuatro o dos hombres tratando de desayunar. Alcanza a ver que unos venían con bastante hambre, en sus platos se desbordaba la comida que parecía huir de la boca del comensal. Correr antes de que fuese tocado por la lengua. Algunos, con un apetito más modesto, sólo disfrutaban una taza de café, meneaban el azúcar en el líquido oscuro mientras escuchaban a la persona frente a ellos.

Di un sorbo a mi taza y me quemé. Tosí por un breve segundo y deje la vasija con cierta violencia. Disfruto del café muy caliente, pero en ocasiones es menester dejarlo reposar para poder beberlo. ¿Se encuentra bien? ¿Necesita que lo ayude con algo? Respondí a sus preguntas de manera amable y negativa, aunque agradecí mucho ese gesto. Sabía que era su trabajo realizarlas, saber si estaba bien el cliente, lo cual no demerita su pequeña acción. Qué mejor modo de ganar dinero atendiendo al otro. Incluso puede traslucirse en algunos meseros que realmente gozan lo que hacen, se satisfacen con la sonrisa del cliente. A diferencia de éstos, en ocasiones se puede encontrar gestos vacuos. Los gestos de cortesía han sido viciados por esta idea, muchas veces se realizan por cumplir un protocolo. Me imaginé, por ejemplo, una cena de etiqueta donde el imperativo se basa en estos gestos o preguntas. ¿Qué me cuentas? ¿Qué dice el trabajo? Muy parecido al interés genuino, uno sigue el protocolo en saber y preguntar por el otro invitado. Se llega al grado de brindar abrazos fríos donde el instante se apresura a borrarse. Generalmente en esto puede relucir la clase con la que uno vive, a los ojos de otros invitados parece más civilizado quien tiene estos gestos. Una urbanidad nada social.

Mi café llegó a su calor necesario, por fin pude saborearlo. Sumergí mis labios y sentí ese calor reconfortante, suficientemente cálido para ya no quemarme. Ahora entraba en cierta sintonía con el resto de quienes comían en el lugar. Ellos y yo nos parecíamos en que disfrutábamos nuestra estancia, aunque seguíamos siendo distintos y desconocidos. Una diferencia se mantenía haciendo presente, otra vez, ellos tenían compañía. Se veía las diferentes razones para las reuniones, unos iban a concretar un negocio, otros tenían motivos menos formales o remunerativos. A pesar de que todos se encontraban en una conversación, no todas las pláticas eran iguales. Esto pude evidenciarlo también al recordar una que otra conversación que tuve. El ánimo en aquel momento, lo que se hablaba e incluso el mismo curso de la conversación eran elementos que intervenían en cada experiencia. Sin embargo recuerdo con entusiasmo y cariño varias conversaciones que me llevaron a destinos inesperados. Unas, por ejemplo, me sorprendían por hacerme pensar mucho, por haber el intento mostrarme algo y lograr hacerlo. El sitio no era muy relevante, algunas de este tipo se dio en modestas cafeterías, bajo una tenue luz compartíamos palabras, nos escuchábamos y dilucidamos ciertas ideas. Otras eran de un tono con mayor privacidad, unas donde a veces revelábamos algunas dolencias y tratábamos de aliviarnos mediante la conversación. Eran experiencias conjuntas que ahora agradecía haber tenido. 

Estoy a punto de terminarme mi taza de café. La mesera me ofrece otra, pero yo me niego. Es momento de pagar, por ende pido la cuenta de lo único que consumí. Alcanzó a notar que sobre una mesa cercana está un periodiquillo farandulero, en la parte superior se hallan unas letras chillantes que dicen Basta. En la portada viene la fotografía de una mujer con una risita pícara, desconozco si el mismo periódico la tomó. Debajo del retrato viene una declaración dirigida a su anterior novio (quien curiosamente era candidato a gobernador), lo tacha de compulsivo y perverso al destapar algunas indiscreciones de la recámara. Se hizo un gran tiraje hacia el mundo para que nos enteremos lo que sucedía detrás de la puerta. El periódico nacional publica una cuestión personal, misma que fue usada por la mujer seguramente como venganza personal contra su pareja previa. Ahora nosotros, el público, nos hemos involucrado en eso, sin saber qué hacer con la información. Pienso que esta situación ocurre a menudo con los medios nacionales, a veces con menos o más amarillismo. Nuestros escritos públicos provocan estallidos que sólo alimentan la afición por espectáculo, en raras ocasiones sirven para la discusión en la plaza. Los escritos pueden hallarse en medios impresos, televisivos o digitales. No tuve acompañante ese día, pero contarte esto a ti, lector, al menos ayudó a aclararme esa mañana. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Lecciones por escrito de manejo

Antes que nada, acate con suma atención estas medidas básicas en el manejo de un automóvil:

1-. Acomode su asiento para mantener una distancia sana con el volante. Recuerde que debajo de la asentadera tiene la palanca para lograr esto. Usualmente se debe tener unos 25 centímetros, +/- 5 centímetros (siempre debe haber un margen de error, incluso es necesario calcularlo). Ya sentado agarre el volante con cuatro dedos de un lado y el pulgar en el otro, parecido como si sostuviera el palo utilizado para reventar la piñata. La presión necesaria para realizarlo es equivalente a saludar cortésmente una mano con mucha fuerza en sus músculos.

2-. Coloque su pie sobre el segundo pedal denominado freno, luego presione a fondo el primero. En cuanto a la palanca, aunque haya notado que sea esencial en el automóvil, todavía no se preocupe. Introduzca la llave en la ranura de encendido y gire unos 180° para el encendido del coche. Si excede este límite, sentirá que su fuerza sobrehumana ha castigado al metal. En caso contrario su automóvil se verá reducido a un pequeño centro de relajación, con un control exquisito de temperatura y selección musical a su gusto.    

3-. Presionando a fondo el primer pedal, empuje su palanca hacia el frente, hacia el punto A o primera velocidad. Respecto a eso no hay mucha dificultad, debido a que se encuentran grabadas las velocidades sobre el objeto (primera, hacia arriba). La agencia de automóviles le ha hecho un favor, ha despejado toda confusión sobre el uso de velocidades. Ahora bien, se encuentra casi listo para arrancar con los caballos de fuerza. Libere un poco el primer pedal, o embrague, casi medio centímetro, y así hágalo repetidamente. En algún momento sentirá una sacudida: los caballos despertaron, relincharon y ahora se encuentran calentando sus patas. Inmediatamente presione el pedal restante para ponerse en marcha, no es necesario especificar sobre este punto.

4-. Ajuste sus espejos, el retrovisor y los laterales. Sus mejores copilotos son éstos, siempre serán confiables para verificar quién se encuentra a su costado. Ellos no se distraerán por la radio, por pláticas banales ni terminaran dormidos. Lo que busca a la hora de manejar correctamente es exactitud, de ahí la importancia en los espejos. No olvide cambiar la velocidad cuando sea necesario, notará que debe hacerlo cuando el sonido del motor alcance entre los 55-65 dB (el oído humano termina de sentirse cómodo a los 75). Otra cosa para no olvidar es frenar antes de cada tope en la calle. Sí, en aquel pedal donde tenía su pie en el segundo inciso. Presionar embrague a fondo y combinarlo con el freno. 

5-. En cuanto al volante, no hay mucha explicación, puro sentido común. Siempre tenga en cuento que con dicho objeto podrá mover toda el automóvil. Por lo general se requiere ambas manos para utilizarlo. El conductor lo gira hacia la derecha, graduando debe tener unos 180° de retroceso. Si la vuelta lo necesita, aumente la cantidad. En el caso contrario haga lo mismo pero del otro lado. 

Las clases básicas de manejo pueden ser resumidas en estos cinco puntos. Cuatro, ocho o dieciséis días pueden reducirse a cinco minutos de comprensión de lectura. A este paso las escuelas de manejo o tutores improvisados dejarán de ser necesarios y cualquier persona será facilitada para encender, arrancar y controlar un coche. Quizá falten nimiedades como estacionar o andar de reversa, no obstante se pueden redactar también por estricto para suplirlas. Con un pequeño manual, la práctica de manejo queda ganada. 

miércoles, 20 de enero de 2016

Soluciones ambientales

Con cierta facilidad notamos que en las últimas décadas vivimos un auge del ecologismo. Esta tendencia puede evidenciarse en un panorama corto o muy amplio. Por ejemplo, ya resulta muy común que los grandes líderes de opinión muestren su consternación con el porvenir del planeta, incluso por temporadas se vuelven voceros de grandes campañas verdes. O también es común que nuestro vecino frunza el ceño cuando descubre en el amanecer basura sobre la acera o se irrita la nariz con la estela casi fecal dejada por el camión de carga. Vivimos día a día preocupándonos o haciendo coraje por el deterioro de eso que llamamos medio ambiente. 

Esta importancia con la que vivimos no sólo se mantiene en el ámbito privado. Conforme pasan los años cada gobierno incorpora medidas que pretenden favorecer el cuidado del medio ambiente, algunas restrictivas y otras proactivas. Como bien señalamos, en los recientes cincuenta años se empezó a tomar con mayor seriedad el daño ambiental. Gracias a ciertos descubrimientos, como el adelgazamiento de la capa de zona, el problema asustó por su realidad. Investigaciones y trabajos hicieron patente la intromisión lastimera del hombre en el planeta Tierra y, curiosamente, a partir de estas pruebas empezamos a temer de las consecuencias catastróficas. Ahora la preocupación por la naturaleza parecía no quedarse en un ardor juvenil o la afición psicodélica.

En buena parte la centralidad por el medio ambiente reside en que nuestra existencia está en juego, varios discursos políticos y cotidianos contemplan dicha posibilidad. El miedo a los efectos catastróficos hace que nos enfrentemos con urgencia al problema, nos incita a buscar presurosamente una solución. Y peor aún si no conseguimos apurarnos, ya que será más lamentable para las generaciones futuras entre más grave se torne la situación mundial. Por lo mismo muchos debates en torno a remediar o tratar de solucionar el daño ecológico apuntan a la resistencia o aprobación de medidas drásticas pero efectivas, medidas que no habría que preguntar si debemos realizarlas. Su aplicación se hace necesaria para los tiempos urgentes. 

En el mismo tono pero con mayor moderación, varias personas abogan por el uso de energías renovables y limpias, innovaciones que sean reutilizables y permitan sostener nuestra vida diaria sin afectar el medio ambiente. Advertimos que estas soluciones traen una sombra de incertidumbre por el futuro dudoso, al final quieren evitar que la preservación humana y natural sea sólo un sueño juvenil. Detrás de las medidas verdes llega a ocultarse el temor por perder a nuestra protectora, la misma que nos brinda provisiones. En este sentido cada discurso ecológico apela a lo inconveniente de la polución, no a lo reprobable de ella. Quizá por lo mismo florece un escepticismo que no encuentra razones válidas para contribuir a las medidas verdes. Algunos toman que el problema es tan grande e inevitable que no queda nada por hacer y otros que sólo damos pasitos en un problema que exige mucho que lo hacemos cotidianamente. Seguramente la insuficiencia pide que reflexionemos para encontrar soluciones profundas, no aquéllas que sólo ven por el entorno. 



miércoles, 6 de enero de 2016

Año Nuevo

El retorno implica volver al mismo sitio,
               sin embargo nunca se es el mismo.
                                    Un reloj que cumple su camino
                                    entrega y comienza un nuevo ciclo.
               Al regresar uno es distinto.
Volver al mismo sitio no siempre es retorno.  

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Dispersión

En varias ocasiones no terminamos lo que empezamos por encontrarnos atascados. Dicho de otro modo, nos empantanamos, nuestros pies quedan atrapados y no continuamos nuestro camino. Notamos que cuando lo imaginamos así, sentimos esa frustración de nuestra inmovilidad. Reconocer nuestras extremidades sumidas en el suelo haciendo que no puedan respondernos, quedar sumidos a la tierra que reposa en su inercia natural. Muchos de nuestros proyectos no tienen su conclusión porque nunca llegamos a ésta, avanzamos y nos detenemos antes del final. Por ejemplos, entre broma y broma la verdad se asoma: hacemos chistes de los famosos propósitos de año nuevo, la burla apunta a su lejano cumplimiento. Que todos abarrotan los gimnasios en Enero para adelgazar y en Febrero los abandonan para sudar en otros sitios cerrados. Que quieren resolver el laberinto, pero terminan estrellándose con las paredes del mismo. Después de varias groserías, Teseo es vencido por su vejez encerrado y no por el Minotauro. 

Otro modo de interrumpir nuestras empresas no se encuentra en empantanarnos, sino cuando sucede lo contrario: no permanecemos en un lugar, vamos hacia todos. Varias veces tratamos de expresar esto cuando decimos que tenemos la cabeza en todos lados. Los mecanismos misteriosos en nosotros se concentran en resolver especialmente un asunto, inclinamos la cabeza apuntando a eso. Si ésta mira hacia un lugar indefinido, en realidad no concentramos o retenemos nada. Al estar perdidos, sin dirección o un sitio definido, solemos decir que andamos dispersos. En medio del bosque, el grupo de viajeros se rompe y los integrantes voltean sin alcanzar a verse. Nunca llegarán a su destino por encontrarse dispersos, nuevamente no completarán lo que se propusieron. Igualmente con la parvada de aves, pese a que descansaba en un árbol, el ruido hizo que salieran volando sin seguir trayectoria.

Dispersarse, volar hacia todos lados, implica muchas posibilidades de rutas. Sucede análogamente cuando decidimos llenar nuestra agenda de tareas infinitas. Entusiasmados, con el ánimo hasta la garganta, nos inscribimos en todo lo que nuestro ocio permita. Cine, videojuegos, escuela, teatro, clubes, Internet; en fin, nos proponemos tantas actividades o tareas que no cumplimos plenamente. En ese sentido nos parecemos a un celular inteligente donde permanecen abiertas sus aplicaciones para ser usadas en el futuro. Ahora estos pequeños secretarios administran y apoyan lo que hacemos, organizan nuestros números y hasta nos orientan con sus mapas electrónicos. Todo esto siguiendo la tecnología multitareas. No es necesario esperar a que cargue cada aplicación, ésta nunca se cierra completamente al esperar ser utilizada. Tendemos a vivir como la generación multitareas.   
 



miércoles, 9 de diciembre de 2015

Visita al teatro

Tuve la oportunidad de asistir anoche a una función teatral. Si hubiera dicho esto a cualquier lector asiduo de Tiempo Libre, tal vez no hubiera generado alguna reacción (aunque si éste fuera un amante del teatro, me haría preguntas acerca de la obra o mi experiencia). Me imagino que en la zona capitalina del país resulta muy común el teatro. No importa si es muy pequeño o monumental, el citadino puede encontrar un teatro cercano a donde vive, en ocasiones a un precio muy cómodo. O si el citadino no es visitante frecuente de estos lugares, por lo menos camina por las calles con la publicidad teatral invadiendo sus ojos. Donde vivo no ocurre tal situación: la publicidad es tan discreta que sólo aprovecha los postes de luz y muy pocas mantas, y claro sólo sucede cuando llega a venir una obra para esta región. Por lo regular el único teatro real que tenemos se limita a presentar actos oficiales, competencias de baile y uno que otro espectáculo familiar (hemos sido afortunado al recibir la visita de Santa Claus y a Pancho de Plaza Sesámo). 

Esta cartelera ha tenido sus consecuencias en los espectadores. Mientras hacíamos una larga fila para ingresar, varios se apuraban en comprar sus golosinas para la función. No les gustaría interrumpirse por los caprichos de la barriga. Ya sentado donde me correspondía, notaba cómo entraban los asistentes con nachos, palomitas y bolsas de dulces para disfrutar durante la obra. Por unos momentos las butacas teatrales se convirtieron en butacas de cine. No bastó esto o que la espera estuviera acompañada de éxitos radiofónicos pasados (como la Radio en el cine), lo que confirmó la transformación fue un hábito desagradable recurrente en las salas mexicanas: la impuntualidad. Debido a que ya tienen comprado el boleto, varios espectadores siente la confianza de llegar tarde al cine, todavía más por la reservación previa de asientos.Saben que si logran ingresar con sigilo, no ocurrirá nada, nadie les restringirá el acceso o les llamará la atención (aunque si el ruido es mucho el público se vuelve más severo o estricto que un mismo empleado). Incluso los cortos no sólo sirven para promocionar, asimismo resultan los mejores aliados de los impuntuales. Este ingreso tardío no interfiere en la función: ni las explosiones se detendrán o las estrellas se dejarán de desplegar por unos pasos sobre la alfombra. Ocurre algo similar con los espectáculos familiares, el grito de los niños o las familias acomodándose pueden parar la parafernalia en el escenario. Al contrario, avivan la euforia en el recinto.

Esta era la segunda vez que la compañía teatral venía en el año. Hace meses trajo la otra obra que representan y ahí varios actores detuvieron la obra por la impuntualidad de algunos asistentes. Todas estas evidencias parecerían apuntar a que donde vivo no somos un público preparado para el teatro. Esta falta de preparación o apreciación tal vez haya hecho tan frecuente que nos visiten una peculiar forma de obras de teatro: este espectáculo no es llamativo por sus musicales o lo colorido en sus vestuarios, sino que atrae por el brillo de la estrella de telenovela. Tuve esta duda al finalizar la función. No pude resolverla, tal vez se debió a que me distraje con otra cosa: al final escuchaba cómo varias personas a mi lado platicaban acerca de lo que pensaron de la obra, incluso un par de ellas tuvieron que sentarse en la mesa del vestíbulo antes de partir. 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Proyectos inconclusos

Existen un sinfín de razones por las cuales no cumplimos nuestros planes. No es tan difícil nombrar varios obstáculos que se interponen en nuestra búsqueda por la meta, sea cualquiera el camino que decidamos tomar. Los más evidentes resultan las circunstancias fuera de nuestro control, sucesos que nos complican el cumplimiento de lo que nos proponemos. Por ejemplo, inesperadamente, quedarnos absorbidos por el embotellamiento en la autopista hace que desistamos de nuestra cita. Pensamos que llegaremos muy tarde, quizá tanto que la persona que nos espera ya se habrá ido. Así la circunstancia vial ha cancelado involuntariamente la cita acordada. 

En ocasiones las circunstancias, por lo mismo de que justifican fácilmente , resultan las más cómodas para concluir nuestros proyectos. Ya sea porque nos hayamos hartado o porque creamos inminente su final, preferimos terminarlos antes. Advertimos o vivimos su agonía fatal y creemos sensato acabarlo por nosotros mismos, mejor reducir la pena. Rascándose la cabeza de preocupación, el jefe de una empresa en pique decide liquidar a sus trabajadores. En vez de afrontar el período difícil, siente conveniente cerrar las instalaciones ante de sufrir el penoso desenlace. 

Aunque pareciese que con este fin quedamos satisfechos, muchas veces eso no cierra nada. A pesar de que veamos conveniente acabar nuestro plan, dentro de nosotros guardamos un escozor punzante. Puede que lo tengamos como remordimiento, que su final nos convenía pero afectaba a otros, o que simplemente nos sintamos derrotados. Aparece la desilusión al creer que podríamos lograrlo, pero hemos fracasado. Nuestro deseo por concretar lo propuesto cae roto.  

Fuera de las circunstancias inasibles a nosotros, por mucho que tomemos como pretextos otras, siempre nos sentiremos responsables por el fracaso de un plan o proyecto. Aunque tratemos de mentirnos, naturalmente tendremos una reacción frente a ello, sea cualquiera su tipo. No importa si es derrota o vergüenza, no somos indiferente ante lo inconcluso de nuestros proyectos. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Humor felino

Quien escribe no puede escaparse de su lector. De cualquier modo mantiene una relación con quien vaya a leerlo. No importa si se escribe una simple nota adherible o un extenso ensayo científico, lo que anotamos tiene una intención respecto a nuestro lector. En ocasiones buscamos provocar un escozor, ya sea a modo de irritación o incomodidad, otras alegrar el día motivando la persona o resaltándole por qué fue bueno levantarse de la cama, También vale pena mencionar la intención más parca de todas: otorgar sólo información al lector, la simple divulgación. Entre éstas que hemos dicho, cabe añadir al humor, cuando un escritor busca despertar la risa en quien lo lee.

Para lograr lo anterior aprovecha muchos recursos, para un propósito difícil siempre será bienvenido cualquier ayuda. Puede apoyarse contando chistes, un arte con sencillez engañosa. Quien no tiene la picardía y el ingenio suficiente fracasa hasta desembocar en el desastre. En vez de generar una risa viva y sincera, el lector puede acabar irritado o sintiendo vergüenza por él. Muchas veces desprestigiamos el arte por estos hombres torpes, decimos que los chistes son el grado más burdo para hacer reír, y no: lo deficiente no es el arte, sino quien no es hábil para ello. Peor aún si éste resulta un fanfarrón.

Otro modo para escribir con humor reside en la sutilidad. Aunque esta vía no sea muy distante a la anterior, lo que sí se diferencia es la reserva, sorpresa y finura. Quien escribe sutilmente puede generar una risa inesperada, misma que agrada todavía más por no creer que pudiera nacer en ese momento. Nos sorprendemos por la diversión que nos causa leer tal cosa, una que no sospechábamos que aguardaba en los confines del escrito. Sin embargo, también para realizar esto se requiere un gran esfuerzo: saber en qué partes uno puede esconder una risa, entender su escrito por completo e incluso imaginar a sus posibles lectores. Nos damos cuenta que para que tenga éxito es necesario considerar a su lector. Para ingresar silenciosamente a la casa es menester que primero la imaginemos con la mayor precisión posible. 

Sin ir muy lejos, otra variación de la sutileza está en un cambio con el lector. Tratando de conocerlo e imaginarlo, bien podemos despertar su risa o engañarlo. El gato no sólo se atreve a entrar a nuestro hogar para esconderse, se manifiesta y sale sin que lo advirtamos. Termina la noche y vemos el desorden, y no sabemos qué pasó. Esta situación no se trata de la deficiencia en el lector, sino de la maña en el escritor: en realidad el gato ya no está, por mucho que lo busquemos. No espera en que lo hallemos, se burla de nosotros al figurarnos eso. Sus pisadas silenciosas han tenido efecto, nos dejan confundido si en realidad han estado ahí. 

En ocasiones puede resultar un juego muy divertido y hasta importante para la interpretación del texto, no obstante puede prestarse para ofrecer cobre por oro. Cuando la desaparición del gato forma parte del escrito, como un elemento en la lectura, resulta un silencio interpretable, el escrito aún está diciéndonos algo aunque calle. En términos divulgativos, aún brinda información. En el otro caso, sólo quiere impresionarnos, lo cual puede ser incluso burla. Aquí lector no está al mismo nivel que el escritor y su relación no tiene como fin conversar con él. Propiamente ni podemos hablar de vinculación. 

Por mucho que la escritura brille por su estilo, una verdaderamente bella siempre nos dice algo. La apariencia no basta para tener una experiencia plena de lectura. Esto se nota en el humor. Nos gusta sorprendernos en nuestras risas, maravillarnos ante el ingenio de los autores, no obstante sucede porque realmente hallamos algo. La maravilla no está en vernos confundidos, sino que además encontremos al gato 

miércoles, 28 de octubre de 2015

Medianía seria

¿Por qué existen dioses en la naturaleza? ¿Para qué pensar sobre ellos si nunca podremos verlos? ¿Cuál fue el origen de nuestro lenguaje? ¿Qué significado tiene que haya experiencia de lo inefable? Contestarlas no es tan fácil. Al leer dichas preguntas quedamos perplejos por su tamaño titánico. Por lo mismo evitamos precipitarnos para dar una solución. Parecieran excedernos tanto que se escapan a nuestro entendimiento humano, ahí sí necesitaríamos ser dioses para enfrentarnos a los cuestionamientos. 
    Aunque ya no hagamos preguntas concernientes a la divinidad, el tamaño y profundidad siguen presentes en nuestras investigaciones, incluso la apariencia irresoluble. En diferentes disciplinas de conocimiento se muestran las dificultades titánicas en el estudio del hombre. Por ejemplo, en la física o la química, aún resulta un enigma y una interrogación abierta cuál es el origen del universo. O en la biología todavía no se tiene una certeza absoluta en cuál fue el comienzo de la vida en la Tierra. Entre explosiones y contracciones constantes, contribuciones cosmológicas y caldos no comestibles , los especialistas discuten y emprenden sus investigaciones. En este sentido los congresos o las publicaciones ayudan bastante para mantener comunicados a los especialistas. Los callejones sin salida se mantienen, la ciudad sólo se ha sofisticado. 
    Frente a ello, la mayoría de las personas o, en términos refinadamente precisos, el vulgo, no comprende ni una letra de lo que se expone.  Entre estos hombres y aquéllos parece abrirse un abismo irresoluble, y de un algún modo puede verse con claridad: quien ascendió a los cielos del conocimiento no desea aterrizar para hablar con el resto de los hombres. La plática que pueda haber entre ambos puede resultarle al etéreo una insipidez o una pérdida de tiempo. Aunque sea una persona chaparrita, ahora su corazón es de gigante. 
    Sin embargo, ¿no cabe la posibilidad de que aquel desinterés no tenga nada que ver con su condición? En ocasiones el especialista puede esconder su ignorancia al rechazar la plática con alguien ajeno al gremio. Ya sea por vanidad o por un verdadero temor a reconocer su deficiencia, cuántas veces no hemos sabido que el especialista no quiera saber nada afuera de su área: que el biólogo huya de las matemáticas al creerlas incompatibles con la vida animal o que el lingüista asuma que su conocimiento y el de la investigación política sean agua y aceite*. Siendo así, con mayor facilidad, el especialista puede evadir la conversaciones con los vulgares, ¿para qué hacerlo con alguien que no ha ascendido al mismo nivel?
       Esta disposición a rechazar pláticas aparentemente bobas o simples puede surgir en el mundo terrenal. Nuevamente escuchamos cómo el ávido lector de periódico tacha de idiotas las pláticas de noviazgo de un preparatoriano o que los amores de verano parecen superfluos al contador eficiente de una empresa (por eso seguramente en los cursos motivadores para el oficinista, el chisme resulta un distractor). No obstante, reconocemos que este rechazo muchas veces tiene su origen no en la naturaleza de la conversación, sino en la disposición de los interlocutores. No es que el problema o el punto para platicar sea difícil o irrelevante, en realidad los involucrados son quienes menos quieren tratarlos. 
       La actitud previa resulta peligrosa. Rechazar las pláticas casuales por las trascendentales siempre trae consigo un prejuicio, el cual nos oculta un posible nexo entre ambas. Al final de cuentas, para ascender al cielo se tuvo que partir de lo mundano. Aceptar a la persona de enfrente puede darnos la oportunidad de una plática interesante. Simple sentido común, ésa que a veces olvidamos por haber ido a la escuela. 

*A pesar de ser ejemplos relativos a la ciencia o a las facultades de las mismas, tales actitudes podemos verlas también en el resto de la universidad. Por ejemplo, que los positivistas no hablen con los marxistas o que los metafísicos no volteen el rostro a los analíticos.