Presentación

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martes, 14 de marzo de 2017

Los Juegos Perdidos I

¿Quién es Bilbo Bolsón? Bilbo Bolsón no es más que la representación del sabor de la vida, la aventura, mostrada con una de las más bellas virtudes: la prudencia mezclada y de la mano con el amor al prójimo. Así es, mis amigos, ya saben que me inclino mucho por la obra de Tolkien. Para quienes no me conocen, quiero compartirles dicho gusto. Inicié preguntado por el viejo hobbit de la Comarca que, espero, sea un tanto conocido para algunos. Considero al señor Bolsón una pieza clave de la obra de Tolkien, junto con Beren, Hurin y Eriol. Comencé con Bilbo porque es el más cercano.

Precisemos un poco a Tolkien. El lector de dicho autor debería, creo, deshacerse de ciertos prejuicios. Su obra, lejos de ser fantástica, es visión del mundo. Sí, es creación, pero no en el sentido de creatura, sino una especie de extensión inventiva para entender nuestra realidad. Tolkien es un autor novedoso. Antes de él ya había literatura, no llamémosle fantástica, sino con su nombre propio, mítica. A Tolkien se le confunde entre el mito y el cuento de hadas porque no sabemos con certeza a cuál pertenece. Él afirma crear cuentos de hadas, pero no al estilo de los Grimm. Pero sigue sin ser literatura fantástica porque, aunque hable de creaturas que jamás veremos con los ojos de la cara, esos no son seres fantásticos. Y en última instancia, si no lo veo, ¿quiere decir que no existen? Thorin e incluso los Valar, precedidos por Eru, existen, son tan reales como la mano que acaricio y el cielo que veo.

Y es que las historias de Tolkien surgen de una necesidad, de la relación íntima entre el lenguaje y la existencia. Este pequeño detalle distingue notoriamente a Tolkien de Rowling por ejemplo. Mientras que la segunda inventa una historia por capricho literario de la pluma, el primero se sirve de las historias para explicar un problema en específico de nuestra experiencia. Aquel que primero hizo hablar a los animales tenía tanto de ingenio como de recato y educación.

Otra pista la ofrece los hechos físicos. Ya sea que las leyes naturales estén o no acordes con la narración, entonces podemos hablar de literatura fantástica o de ciencia ficción. Pregunta: ¿Cuántas veces hubo eventos sobrenaturales en el Hobbit?

Demos un paso previo. ¿De dónde le vino a Tolkien tantas y tantas historias?, ¿qué es la Tierra media y dónde está? En realidad lo primero que surgió en aquella mente joven fue la lengua élfica. Él era un apasionado de crear grifos, criptogramas y lenguajes codificados. Estaba en cocción su vocación de futuro filólogo. Y a ese joven lo considero un verdadero filólogo porque logró ver, a diferencia de otros literatos o cuentistas, que la palabra y la vida son una y la misma cosa. 

La palabra inerte no sólo es aquella que no transmite ideas o sentimientos, sino aquella que no surge de la vida que corre y nos subyuga a todo cuanto hacemos. Por eso, el lenguaje de los Na'vi en a cinta de Avatar pierde sentido, ya que la palabra es un producto del vivir, esto es, partiendo del origen de la civilización y sus cambios a lo largo de su permanencia o estadía en este mundo hasta su pleno apogeo.

La lengua élfica, aunque germen de un sistema de signos muy elaborado, incluso como juego infantil, es producto de la vida corriente en la Tierra Media. Exacto, la Tierra Media no es un constructo, es una respuesta a una lengua, a una vida, a los elfos. ¿Suena descabellado? Un poco. Pero adquiere relevancia cuando vemos que varias veces afirmó Tolkien que su obra era independiente, casi como si sola se estuviese escribiendo. Parecía escribirse por sí misma. Otras veces creía ver en los ojos de su esposa a Luthien. La obra de Tolkien no es más que una interpretación de lo que es mundo.


Aurelius

lunes, 13 de marzo de 2017

La música de nuestros días

La música desde sus inicios ha formado parte de la cultura, de la actividad política de una ciudad, de la formación estética de quienes la oyen. La música es, sin duda, una parte de suma importancia para cualquier ser humano: desde el rudimentario golpeteo de un palo contra el piso, hasta los cinco movimientos de la Sinfonía fantástica de Héctor Berlioz; el hombre busca la música siempre. Sin embargo, en el carácter artístico de la música hay algo que se es importante notar: ¿es la música una herramienta educativa para la formación de los ciudadanos o, más bien, es la mímesis del entorno de los ciudadanos, desde la physis hasta la polis, y por lo tanto nos permite conocer esta relación? Habría que indagar en este respecto, para tratar de comprender mejor el papel de la música y su relación con la ciudad.
            Para comenzar es necesario distinguir el arte de la artesanía. Sin menospreciar la artesanía, queda claro que ésta no tiene por intención hacer el conocimiento de la belleza, sino más bien hacer más apreciable la experiencia cotidiana. No encuentro belleza en un teléfono celular, pero creo que debe ser lindo a la vista para hacerle más admisible. La artesanía parece tener como finalidad demostrar el status de una nación. El arte por su lado, parece trascender las fronteras de la ciudad pues en su observación creadora encuentra lo común de todo hombre, como hombre, como ciudadano, como amante, como valiente, etc. El arte demuestra la verdadera alma del hombre dentro de un contexto.
            Esta distinción parece muy sencilla a simple vista, se torna complicada cuando, en nuestro tiempo, todo es demandado como un producto comerciable. Tal es el caso de la música que ya no se aprecia si no puede ser vendida. La música se difumina en la corrección política de nuestros contemporáneos, volviéndola un arma educadora. Despreciamos los narcocorridos que invitan a una vida de violencia, aceptamos el rock and roll por su supuesta riqueza intelectual, disfrutamos del son cubano y la salsa por su complejidad armónica y, en su mayoría, nos alejamos de llamada música culta por la pedantería que presupone. Todo eso habla de nuestra educación. Entonces ¿hemos sido educados por las artesanías de los exponentes musicales del mundo?, ¿la globalización musical nos alcanzó a una velocidad vertiginosa y nos alejó de lo que somos?
            La música popular, dividida en buena y mala, tiene intenciones diferentes dependiendo de su calidad. No es lo mismo una canción de Julión Álvarez a una canción de José Alfredo Jiménez, ni tampoco es igual el imponente bajo de los Rage Against the Machine a las armonías contrapuestas del bajo de William “Bootsy” Collins. En los primeros casos, hablamos del uso de la música para promover un discurso específico; en los segundos, hablamos de un uso de los músicos para promover la belleza de toda una idiosincrasia. Es decir, si usamos la música revelamos que no entendemos la relación entre la naturaleza y la ciudad, y si somos usados por la música seremos capaces de entender la belleza que existe en dicha relación.
            La música en cuanto artesanía es un arma política que se usa para la llevadera experiencia de nuestra cotidianeidad; en cuanto arte nos muestra la verdad de la cotidianeidad. ¡Qué lamentable que hoy la música sea una herramienta discursiva! ¡Deberíamos encontrar la belleza de la experiencia en ella!

Talio


Maltratando a la musa

                     Caliban

Siempre un salvaje le han llamado desde
que le encontraron en la isla aquella
donde la tempestad vio su querella,
donde pensó en derramar su peste.

La bruja Sicorax le dio la vida,
la dama Miranda le dio el deseo,
su amo Próspero le regaló el feo
instinto asesino que todo termina.

En Estefano creyó encontrar un dios
que le ayudara a verse en el espejo
para encontrar su cara en el reflejo:

he ahí el origen de sus rabias y sus odios.
He aquí la historia de este simple hombre,
de este salvaje. Caliban es su nombre.



domingo, 12 de marzo de 2017

Continuidad de los finales




                                                                       Para ti, porque no te gustan las novelas negras      


Por fin era el día. No cualquier mañana, no cualquier amanecer. Era EL día. Llevaba esperando este momento desde que empezó todo. Se sentía tan entusiasmado. Se desembarazó de las cobijas con celeridad, se puso las pantuflas de al lado de su cama. Ni siquiera ha sonado la alarma. La apaga. Respira profundo y se levanta. Unos pasos lo separan de sofocar el ansia que le carcome desde hace años. El clímax está aquí. Sólo su ritual lo separa de la culminación de su esfuerzo: un cigarro, tronarse los dedos, el cuello, prepararse una taza de café y sólo entonces sentarse en el escritorio y proseguir la historia.
Es difícil tener control todo el tiempo. Crear implica en gran medida dejarse llevar. La poesía, el arte en general, es de los posesos, de los arrebatados. Y esto no es de otra forma cuando creas un personaje. Nunca los nombra, para mantener distancia con ellos, para dejarlos ser lo que quieran ser. Las teclas chocan en la computadora y el personaje se va pintando él mismo. Es como con los hijos, uno los guía, pero al final, ellos hacen lo que se les antoja y uno sólo puede esperar haberles dado bases sólidas para que su vida no sea una apología al sinsentido. Y en ambos casos, se tiene que confiar en ellos, en que sus motivaciones son tan poderosas que materializarán todo un mundo a su alrededor. Lo ha dejado ser todo lo que ha querido, pero ahora ya no hay vuelta atrás. La historia debe terminar. Nada es más importante que contar la historia. Pase lo que pase, todo se debe a la historia. Sin el final, lo demás no tiene sentido. Y él lo sabe. Es un escritor mediocre que vive en una jaula de cuatro por cinco, vegetariano por circunstancias más que por convicciones y no se graduó de la universidad, pero sabe que las cosas deben tener un fin. Y esta historia está por acabar. Ha sido divertido. Ha sido doloroso. Alguna vez fue amado y sus sueños alentados. Ahora sólo tiene nescafé, cigarros, una casa en ruinas, tarjetas de crédito ahogadas y cientos y cientos de páginas de palabras que jamás comparte con nadie. Alguna vez le dijeron que sus escritos sólo debía enseñárselos a quien más confianza les tuviera, que huyera de la falsa alabanza, de la inseguridad de quien necesita el reconocimiento. Lo cierto es que sólo pocas personas han leído sus remedos de cuentos. Siendo francos, son pura basura. Pero este cuento no lo es. Este es distinto. Esta historia le ha obsesionado tanto que ya casi no sale, ni para revisar el buzón y sólo usa internet para pedir comida a domicilio. Escribe casi todo el tiempo. Usualmente tiene que pensar sobre lo que tiene que escribir, a dónde quiere llegar, qué quiere decir con lo que va a contar. Porque contar una historia por sí sola no basta, si no hay vistazo a la condición humana, si no hay mensaje, entonces las palabras no son más que ornamentos, armonías vacías resonando en la blancura de una pantalla. Y este no lo es. Le vino en un sueño, como toda gran visión, fue nebulosa y confusa. Sin embargo la pudo rescatar. De entre las lagañas de sus noches sin descanso, recuperó la idea. Y ahora estaba por terminarla. El gran detective de su historia estaba por encontrar su cruento final. No cree en los finales felices, mucho menos en los personajes buenos. Todo estaba en el giro, en la revelación de las verdaderas motivaciones del antagonista, en su habilidad para siempre estar un paso adelante del detective. La historia se desenvolvía por ella misma. Escribir es como aventar una bola de nieve desde una gran montaña, si lo has hecho bien, la bola crece y pierdes control sobre ella. Y esta bola estaba por estallar.
El conflicto había llevado al detective a su punto cumbre, la guarida del antagonista. Llegar ahí no había sido sencillo. Capítulos enteros se habían ido en construir el misterio y la profundidad que, a su juicio, convertían su historia en algo más que una simple novela negra. Ha pasado años intentando crear algo que permanezca. Una obra maestra. Algo digno de transgredir el tiempo. Algo que le haga olvidar el absurdo de la existencia. Algo que justifique la gran noche sin estrellas que es su vida; algo para no sentir que ha decepcionado a las pocas personas que han confiado en él. Escribir algo que lo libere del horror de sí mismo. En eso se va la vida. En los hombres asidos como pueden a lianas que penden en el vacío. Es el mundo que ha creado toda esa sangre de mártir que se ha vertido en el suelo de la civilización del hombre. Y cada éxito requiere un sacrificio. Digamos un detective. El final ya está planeado, el giro, la ironía, el detalle de que lo maten sus convicciones, todo era perfecto.
El aroma a café ya impregnaba el cuarto. Llevaba cuatro tazas, dos cigarros, cinco páginas y una concha de chocolate. Era el último capítulo de su historia. Le sorprendía lo poco que le importaba la muerte de su protagonista. De cierta forma, había sido un amigo cercano. Y no le causaba ningún malestar, estaba entusiasmado por terminar. Había llegado la parte en la que por fin se conocen el detective y su contraparte. El antagonista se hace pasar por su última víctima, sabedor de que el detective tiene un gran sentido del deber, que antepondrá a quien cree inocente antes que sus propios deseos. Su guardia por fin está baja. El antagonista espera vendado y ensangrentado, finge estar amarrado. Las lágrimas no le cuestan, es un hombre atormentado. Fingir ser la víctima reabre unas heridas que todas sus víctimas no han podido cerrar. Pero ya está por terminar. Las ruinas incendiadas del viejo reformatorio donde su oscuridad nació son el lugar idóneo para que el detective muera. Por fin ha llegado al último piso, al cuarto donde está la última víctima. Con su revólver asegura la habitación, quita las vendas de los ojos de la víctima. Gracias a dios que está aquí. Ha sido terrible. Todavía debe estar por aquí, déjeme salir antes de que vuelva. No puedo soportarlo más. Su actuación es convincente. El detective se agacha sobre él para desatarlo. Dos pedazos de vidrio perforan ambos lados de su torso. La sangre corre, le flaquean las piernas. Se va de bruces contra la silla, ahora vacía. El antagonista ríe. Ha conseguido su venganza. Ha vencido al hombre que se acostó con su madre, el antiguo embaucador que ahora atrapa criminales para lidiar con la culpa de una vida criminal. Se desangra lentamente, tiene el tiempo suficiente para escuchar al antagonista llenar los hoyos que había en la historia. El detective muere con los ojos bien abiertos y llenos de temor.
Enciende un cigarro más. Qué más da, se siente victorioso y satisfecho. El final debe poner en conflicto al lector. El malo no era tan malo y el bueno no era tan bueno. El lector debe sentirse culpable de sentirse bien por el resultado final del duelo. Ha sido un gran viaje. La tarde se le va en releer el último capítulo, borrar los errores, pulir la redacción, insertar un pensamiento por aquí y acuyá. Para cuando llega la noche, oficialmente la novela está terminada. Tenía mucho que no sonreía así. Es feliz. Ya no recordaba lo que era eso. Su obra cumbre está terminada. Toda su demás obra es mierda pero por fin ha hecho algo de lo que se siente orgulloso. Se siente realizado. Ha sido un gran día y ya se dispone a dormir. Mañana será un día atareado. Habrá de hablarle a su editor para ver qué le parece el borrador que le ha enviado, a su madre, a su mejor amigo, a todos sus conocidos, que todos se enteren que su vida por fin tiene sentido. Abre la gaveta de su mesita de noche, saca un par de pastillas para dormir, las traga y se envuelve en las cobijas, satisfecho. Se va a dormir con una gran sonrisa en la boca.      
El mundo nunca se detiene. Si algo lo define, es el constante movimiento. Cuando algo te apasiona, el mundo, el tiempo y tú sufren un desfase. El tiempo se vuelve más relativo todavía. Pero quedan resabios de la realidad que se empeñan en demostrarte que el mundo sigue aconteciendo allá afuera. Un buzón repleto de cartas, conforme la fecha se acerca al día de hoy se van llenando de sellos que dicen URGENTE en mayúsculas para darle mucho peso a aquellos sobres que exhortan a desalojar la casa rápidamente; un patio descuidado por meses, una casa pequeña y que parece abandonada, un barrio avejentado en las orillas de la ciudad, una mole amarilla ronronea mientras se acerca a aquel cuadro. Una bola negra y enorme pende de aquel mini tanque amarillo que dice Caterpillar a los lados. Después llega otro monstruo amarillo, este tiene garras y mucha hambre. Un hombre se acerca caminando a la casa, lleva un casco blanco y un chaleco naranja. Toca la puerta una, dos, tres veces. Nadie responde. Se asoma a las ventanas. Los escritores son desidiosos, desordenados,  malos amos de casa. Su casa parece abandonada o, peor, habitada por vaguitos. Aún así aquel hombre insiste una vez más y toca la ventana. Sólo son cuatro y ninguna revela ningún indicio de reciente actividad. El inquilino recibió avisos por más de seis meses. El día por fin ha llegado. La vivienda está en ruinas, el gobierno ha dispuesto todo para que pueda vivir en otro sitio mientras tanto. Pero él no sabe nada de esto. Sigue sonriendo, sumido en un sueño placentero. Jamás vio venir esas bestias que se comieron su casa. No volvió a abrir los ojos.

Por fin. Había terminado. Ya cumplía con sus deberes y podía entregarse al amparo de su cama. Estaba cansado pero satisfecho. Releyó la última línea, no del todo convencido por el final. La idea de no abrir los ojos no le parecía lo suficientemente buena para ser la última oración. Pero tenía que bastar, no se le ocurría algo mejor. No importaba, ya había terminado. Ya podía subir el cuento al blog, al carajo las revisiones, si tiene errores es más honesto para él, así que lo sube sin revisarlo. Total, nadie lo lee de todas formas. Es desobligado y escribe con la fecha encima e, incluso sabiendo que no pasa nada si no sube un cuento, se siente obligado a subir algo. Ha matado a un nuevo personaje. Esta vez fue un escritor que muere justo después de terminar su obra maestra. En sus delirios, le parece que ha sido un buen cuento, quizá no lo mejor de su asquerosa obra, pero pues ha valido la pena desvelarse, sobre todo se siente satisfecho porque sólo empezó a escribir, sin saber bien a bien sobre qué escribiría. Estaba un paso más cerca de tener el material suficiente para tener un libro de cuentos. Era una excelente noche. El sueño le vencía y la pantalla se empezaba a ver borrosa. Entró al blog, copió el cuento, le puso un título que rendía tributo a su escritor preferido y que le quedaba a su cuento y lo subió, apagó la computadora y se dispuso a dormir. Ni siquiera se puso la pijama, sólo se fue de boca hacia la cama y cerró los ojos. Pero sus sentidos seguían activos. Una rara sensación lo hizo ponerse boca arriba y abrir los ojos. Casi pudo escucharme narrando esta historia. Casi pudo escuchar la gran ironía dentro de las ironías…aunque no habría hecho ninguna diferencia, su destino ya estaba decidido. Todos somos personajes de la obra de alguien más. Dios es el más grande creador de ficciones que ha existido.   

jueves, 9 de marzo de 2017

¿Qué demonios son las reacciones químicas del cerebro?

Aquella mañana subí al transporte público, el reloj marcaba alrededor de las nueve de la mañana. Luego de haber elegido el lugar que ocuparía, segundos después se sentó a mi lado aquel joven. Decidí dirigir la mirada hacia la ventana, mostrándome indiferente ante la compañía del pasajero. No me había permitido tiempo para voltear a verle, mininamente para saludarle y, pedirle que tomara su distancia porque invadía mi lugar. De pronto escuché pronunciarle las siguientes palabras: ¿por qué siempre eres así Ana? Fracasas en tu intento de ser indiferente y, sólo atraes mi atención. Consideré que tal cuestionamiento y a la vez dicha afirmación no correspondían conmigo. Permanecí sin voltear, intenté convencerme de que quizá me confundía con alguien más. Pero su risa fue lo que me hizo verle. ¡Fantástico! Se trataba de uno de mis grandes amigos.
El trayecto se hizo más ameno con su presencia. Nuestra charla fue bastante interesante, platicamos de muchas cosas; entre ellas a lo que nos dedicamos. Me platicó que estudiaba el sexto semestre de psicología y, había elegido la línea de investigación de neuropsicología. Me explicó sus razones por las cuales había decidido estudiar aquella línea de investigación. Me contó cómo era la actividad cerebral, cuáles eran sus procesos químicos y cómo nuestro comportamiento daba cuenta de ello. Su explicación se resumía a que nuestras acciones son la reacción química que emana de nuestro cerebro.
Es decir, en tanto que somos afectivos debido a nuestra sensibilidad, estas cualidades son la prueba de las reacciones químicas que se llevan a cabo en  nuestro cerebro. De manera que al estar en contacto con el entorno, el cerebro reacciona conforme a las situaciones presentadas. En este sentido, toda afectividad es meramente una reacción química: no amamos, no odiamos, no hay bondad ni maldad. No tenemos alma, no somos pasionales, no tenemos esperanzas e ilusiones: simplemente somos reacciones químicas.
Me pareció tan entusiasmado y entregado a sus estudios que decidí interrumpirle diciéndole: te percibo muy entusiasta con tales temas ¿está bien dicho que te considere entusiasta o cuál es la reacción química para explicar tal comportamiento? Evadió mi pregunta con una sonrisa, supuse que no supo cómo responderme. Así que insistí animándome a preguntar por dos de los temas que más me apasionan y éstos son la risa y la posibilidad de la bondad o maldad en los hombres. Tenía muchas ganas de escuchar su opinión. Me evadió con ostentosas y pomposas explicaciones que, aniquilaron mi paciencia. Repliqué que no me contestaba y, que si seguía evadiéndome ello sólo demostraba que su química cerebral no reaccionaba correctamente y, por esa razón era incapaz de responder. Y de ser así, tendría que atender a dicha falla. Le hice ver que no podía seguir con esa incapacidad de comunicarse con los demás que es inaceptable andar dando monólogos, pues en el camino de la ciencia esto no se permite: siempre se tiene que responder.
Entonces me miró fijamente y se justificó diciendo que yo le ponía nervioso, pero pronto me daría una respuesta. Por ningún momento le creí que mi presencia le causara tal efecto. Entonces le sugerí que se dopara para la próxima vez que volviésemos a “platicar”. Quizá mi presencia es un tanto tóxica y, por ello le causo tal reacción. Aunque también le prometí que me trataría, pues pudiera ser que la que tendría que doparse sería yo, para poder lograr comunicarme con los demás. Él percibió mi sarcasmo y nuevamente se volvió a reír. Hasta ese momento no me había percatado de que la risa puede llegar a incomodar cuando es utilizada como distractor. Pero jamás me había incomodado tanto con tal gesto, pues siempre había apreciado la sonrisa en los demás. Pareciera que por esa razón le soporte durante todo el camino. Quizá no fue contemplación, tal vez se trató de una reacción química. En fin, tendré que esperar sus respuestas.