La nube
Qué bonita cobija ha regalado
el cielo para su hija luna:
deja que su carácter alumbrado
llene toda la tierra de una
imagen ilusoria que ha encontrado
un nene en el lecho de su cuna.
Se metamorfosea según capricho
de la vida infantil y juguetona:
ser que en el añil tiene su nicho
y se proyecta en alguna casona
donde duerme una mujer en su capricho
mientras su hombre habla a otro amor en la ventana.
Es cobija también del jornalero
sudoroso que odia y necesita al sol.
Le roba a todo el mundo el minutero
dejándonos un tiempo sin reloj.
Llora sobre la playa un aguacero
recio y diluyente del calor.
Catastrófico es su ser tal cual mujer,
no hace daño pero al verle se augura
destrucción: demostración de poder
ilimitado en la húmeda denzura
acuática. Hace que el anochecer
refulja de tinieblas, más oscura.
Nube llena de agua, llena de tristeza,
llena de alegrías y de vida,
dime en dónde tu movimiento empieza
a condensarse en lágrima, en saliva,
en imagen de un caballo que tropieza
entre una realidad clara y esquiva.
Talio
Presentación
Silencios
lunes, 14 de agosto de 2017
La nube
Etiquetas:
De chistes malos y bromas pesadas
Yo no soy el tipo más brillante, pero sí, muy seguramente y en mi humilde opinión, el más torpe.
lunes, 7 de agosto de 2017
Distracciones
Distracciones
Tapar
el silencio es una empresa falible: el ruido, la palabrería se convierten en
oquedades que distraen el pensamiento de manera engañosa. Parece extraño a la
vez que obvio, una vez aceptada la evidencia del sujeto, que a la hora del
sueño se regresa a la fuente del actuar y pensar, que hay horas en que ni las
pantallas brillantes obstruyen la evidencia de que hay algo que nos hace desear
el movimiento en el habla, en el alimento de los sentidos (esa actividad que
parece pasividad a muchos, pero que es imposible de asir si no se concibe como
actividad), en los paseos de la imaginación. ¿De qué nos distraemos? ¿Por qué
el distraído es, en el lenguaje común, una especie de hombre disperso, cuya
atención se halla regada, no en sí mismo, sino en sus asuntos, en un
pensamiento que no sigue el cauce cuya atención se exige por “sentido común”?
Parece extraño que no se repare en que todo mundo busca ser un distraído en sus
ratos de ocio, en los paréntesis del trabajo, esa actividad que, decimos, se hace
por necesidad, de cuyo imperio tratamos de huir en la distracción. La
concentración, opuesto común a la distracción, indica que existe un centro del
cual es imposible salirse, como cuando se lee un libro de cuyas páginas se
aparta la vista. Pero la reflexión es un fruto que parece brotar de una
dispersión, de un distraerse del texto para abrevar en sus aguas, un distraerse
que no es ruptura, que no es salir del centro; acto complejo en el cual se va y
se viene con la vista y el pensamiento, que no es sujeto, sino nosotros en
actividad que apenas exige movimiento corporal, si no es de esas animaciones
que se perfilan en la imaginación y excitan, acarician la vista, transmutándose
veloz o sosegadamente.
Los
lectores podrían ser distraídos en el sentido llano de la palabra, como lo son
de manera más evidente los que miran el televisor o cabalgan en las redes
invisibles que tiende el teléfono celular en un vistazo: dan la apariencia de
un ostracismo frágil, de un estar insensibles al tacto de la palabra ajena.
Pero la distracción de la lectura es apenas comparable a los otros casos.
Requiere del ocio, pero también de una exigencia sensual que las otras opciones
no tienen, al grado de que su apariencia de distracción se enriquece con algo
inesperado en el silencio y la quietud que requiere el barro reacio del alma,
un placer que vive alimentándose de algo más que la curiosidad o la gracia
fugaz, aunque no sea ajena a ellas. La distracción es apetecible, sensual,
sugerente, lo que indica que el deseo de perseguirla no es ciego, aunque sí
puede ser impertinente, desconsiderado, destemplado. El placer de leer es
paralelo al de pensar. Como la distracción del sabio de Mileto, parece éste
risible por contrastar la magra apariencia de la inteligencia con el desatino
de no ver el suelo por el que pisa, aunque después demuestre que la risa delata
con mayor frecuencia a los incautos que a los sapientes. Un distraído de verdad
no pasa la prueba del pensar, como si su miel le fuera amarga.
El
acto de pensar parece distracción porque no sobrevive ni un poco en el
estallido de las diversiones cotidianas, en la palabra que renuncia a sí misma
para convertirse en un grito. Leer rápido, devorar la carne de las hojas en vez
de hacerlas nuestra carne es casi un crimen. No se lee ni se piensa para
memorizarlo todo, para saberlo todo, lo cual no es posible para el hombre, sino
para comprender lo que cada pensamiento ofrece al hombre, que siempre mira todo
desde su pensamiento, su memoria, sus palabras que no lo limitan, sino que le
van permitiendo otros descubrimientos. La distracción aparente de la lectura es
un espejismo que se desvanece en cuanto se nota que la mirada absorta en una
página vuelve los ojos a nuestras entrañas para descifrar nuestros primeros
pensamientos, nuestros acercamientos para conversar con alguien más. Ese placer
no perdona interrupciones: las horas consumidas en lo profano parecen reprobarnos.
No digo las horas dedicadas a lo cotidiano, que el pensar no es tal si no llega
a alumbrar la cotidianidad.
Tacitus
domingo, 6 de agosto de 2017
Palabras conscientes
Si las grandes
obras literarias pueden ser llevadas a la pantalla sin provocar espasmos en los
grandes lectores que las critican es un asunto complejo, pues se requiere
reflexionar en las limitaciones del cine, así como en sus posibilidades.
Obviamente los clásicos de la literatura no fueron concebidos para ser llevados
a la pantalla, sino para ser leídos con sangre, es decir, reflexionados y
apropiados por el lector al grado de provocar un cambio vital. Los grandes
cineastas que intentan reproducir los tesoros de la cultura saben mejor que sus
espectadores esto y por eso se enfocan en ciertos aspectos del libro; intentan
destacar algo sin repudiar su producción. El espectador funge como lector y
debe esforzarse por ver lo valioso del libro en la pantalla. Si es mal
espectador, eso confirma que es mal lector y no por ello debe culpar a la
película de sus fallas. Pero aunque haya malos espectadores que son pésimos
críticos, eso no significa que existen autores a los que resulte imposible
llevar a la pantalla; de Dostoyevski, por ejemplo, nunca he visto una película
que se acerque a lo que puede verse en las tremendas novelas del genio ruso. ¿Cómo
puede un lector acercarse a lo más terrible de su consciencia si ve en pantalla
la escena en la que se muestra que Raskólnikov nunca quiso matar a la usurera,
pero la mata y a su hermana también en 30 segundos? El actor puede ser excelente
palideciendo, manifestar asco, no ser consciente de lo que acaba de hacer, pero
a su vez abrir una herida tan grande como la que le hizo a la usurera con el hacha
en su propio pecho, pero ¿podemos captar tan a detalle la escena, si la vemos
con poco tiempo? En la novela, lo descrito anteriormente sucede en varias
páginas, mostrando a detalle la agitación, haciendo acotaciones para mostrar lo
crucial que se vuelve ese hecho en su vida. Se adentra tanto en la consciencia
lo descrito por el maestro de Petersburgo que sólo las palabras pueden mostrar
con tanto detalle el drama de Raskólnikov.
Fulladosa
sábado, 5 de agosto de 2017
En un lugar de la Mancha...
No hay mejor manera de unir poesía, literatura y música bajo estos hermosos versos, aunque no míos, pero sí de alguien que ha entendido la maraña del amor, Camilo Sesto.
Si me dejas ahora,
mi espíritu se irá tras de ti,
cabalgará día y noche
sintiéndose soñador y quijote.
Aurelius
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Vasos cincelados (Aurelius)
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