Presentación

Presentación

domingo, 15 de octubre de 2017

Presencia política



Leía tranquilamente en el transporte público, así como seguramente lo has de estar haciendo tú, desocupado lector, y una presencia interrumpió mi concentración, lo cual, dicho sea de paso, me desconcierta y me puede poner de mal humor, pues me cuesta mucho trabajo conseguir la concentración necesaria para comenzar a entender a un autor en el transporte público. La persona quería descender del vehículo y mi brazo le estorbaba. Pero de eso no me percaté inmediatamente, pues sólo sentí su cuerpo golpeando ligeramente mi brazo, sin dar ninguna indicación. Después de cinco segundos de incertidumbre, quite mi apoyo del tubo que salva vidas, y vi cómo descendía la referida persona. Me sentí apenado y desconcertado; no quería ser un estorbo para quien ya no requería el amable servicio del transporte, pero tampoco entendí la tácita petición que implica el movimiento hacia la puerta de salida. En circunstancias semejantes siempre pienso: debería de pedirme permiso de salir, así yo sé lo que se me solicita y puedo ser de utilidad o al menos no ser un estorbo, categoría aún más peyorativa que ser un inútil. Pero a veces me apeno pensando que quizá dicha persona no goce de la posibilidad de hablar, es decir, que sea mudo por algún motivo que a mí no me concierne. Aunque si su silencio es una manifestación de una imperiosa petición, debería suavizarla mediante la sutileza del lenguaje. La presencia expresa, no lo niego, es lo más evidente en nuestra experiencia cotidiana en cualquier lugar público donde inevitablemente nos toparemos con otras personas, lo que no significa que todos podamos entender de la misma manera las peticiones o exigencias de nuestros congéneres. No por ejercer fuerza sobre un brazo que me ayuda a no caer mientras ese mismo brazo bloquea el paso al lugar donde descienden las personas en el transporte público significa que quien ejerce la fuerza utilizará la zona de descenso; puede querer llamar mi atención, así como enfrentarme por mis gustos literarios, tal vez sólo quiera estirarse para sentirse más cómodo o simplemente, por algún impulso anímico complejo, este repitiendo un movimiento que le ayude a concentrarse para recordar o pensar alguna escena de su vida. Visto así, la palabra resulta mucho más clara que un movimiento corporal. El movimiento de la persona que interrumpió mi lectura requería mayor hermenéutica que la utilizada por mí para entender la muerte de Don Quijote. Pero una pregunta requiere mayor interpretación y atención: ¿por qué no habló mi compañero de viaje para expresar su solicitud? Partiendo del supuesto de que dicha persona no estuviera impedida para hablar.

La respuesta más evidente es porque consideramos que toda petición es molesta, pues se trata de una pérdida de algo por parte de la persona solicitada. Lo que evidencia nuestro carácter de personas que nos guiamos por el costo beneficio en nuestras relaciones. Tal vez sea por eso que nos resulte más fácil hacerle solicitudes a nuestra pareja, nuestros amigos o nuestros familiares, pues de algún modo lo que les quitamos cuando acuden a nuestra petición, se los devolvemos o se los devolveremos de alguna manera. Supongo que la persona que me empujó, al no saber cuándo me volvería a ver, no quería una deuda indefinida. No pedir para no tener que dar. Otra razón es que la persona tenía miedo al rechazo, pues no es una persona que logre cumplir sus planes o proyectos. Cuando lo que idea mi mente no se cumple, mejor recurrir a la fuerza, que en ocasiones, como la del transporte, funciona. Esto significa que una persona exitosa tiene más confianza en sí misma que quien ha fracasado en la vida. Tal vez los exitosos del metro sean aquellos que te piden permiso al salir. La tercera vía para entender la renuencia a la palabra por parte de quien me interrumpió en mi lectura es que él ve en todos a seres malvados. En un país que se distingue porque son más famosos los criminales que las personas eminentes, que tiene problemas para distinguir lo bueno de lo meramente conveniente, no es raro que una persona busque tener la menor interacción posible con las personas e intente actuar de manera que no le dé tiempo de pensar a su enemigo. Es una defensa astuta, no lo niego. Qué difícil es entender el modo en el que una persona se relaciona con sus semejantes. 

Fulladosa

lunes, 9 de octubre de 2017

Sit laus

Sit laus


Yo no sé si mi palabra
valga lo que valen otros
en tu corazón osado.

Yo no sé si en tu memoria
aún se encuentran los rastrojos
de aquel tiempo ya pasado.

Yo no sé si tú me tengas
tan cerca o sea yo un despojo
de poco a poco olvidado.

Yo no sé si soy tu amigo
como, creo, fui en su momento,
charlando inciertos caminos.

Pero sí sé que valoro
tu sinceridad airada:
fuente de tus enemigos.

Sé que valoro también
tu vanidad razonada;
luchas y aceptas su ser.

Sé que valoro tu ínfimo deseo de bien
para los que, como yo,
no han vivido como tú.

Sé que aunque ya estemos lejos
somos muy buenos amigos.
Reflejos de mil reflejos.

Te envío felicitación
por tus recientes laureles,
esperando que ahora puedas
erguirte ante las mujeres.


Talio



lunes, 2 de octubre de 2017

Hombre histórico



La mayor parte de la experiencia humana nos revela que el hombre es un ser notablemente histórico. Cada día realiza acciones particulares que se distinguen de las acciones realizadas un día después; una semana se diferencia aún más de otra; si pensamos ya no en los meses, sino en los años, ningún año es igual al otro, quizá apenas tengan algunos detalles en común. Si aceptáramos que la vida es un todo que va uniendo las diversas etapas en la vida de un hombre, nos toparíamos con la limitación de la muerte, pues la vida del hombre difícilmente sobrepasa los 100 años, lo cual es muestra de que las generaciones van cambiando; el plan que pudiera tener una persona cambia con su muerte. Pero los hombres pueden unirse y organizar un plan de vida en conjunto, una manera de vivir en común; piensan de qué manera les conviene vivir. Pueden heredar ese plan que organizaron a sus hijos o sucesores, intentar explicarles para que entiendan en qué consiste esa finalidad que ellos proyectaron o educarlos si es que la planificación parte de principios complicados de entender. Por otro lado, tenemos las costumbres, aquellos modos de comportarse en sociedad y en la vida privada que los niños pequeños van adquiriendo mediante la imitación. ¿Podemos aceptar que un mismo plan, una organización política, quede intacta en sus fines aunque se sucedan decenas de generaciones?, ¿las finalidades de los distintos regímenes que componen América son las mismas que cuando cada régimen consolidó su independencia?, ¿no hemos cambiado pese a las revoluciones y a la introducción en la economía global?, ¿el mundo, en general, no ha cambiado después de los avances en la tecnología bélica (si es que no es un pleonasmo juntar ambas palabras) desde la primera guerra mundial hasta acá? Visto así, el hombre es esencialmente histórico; ser animal político es ser básicamente propiciador de cambios políticos. Pero, pese a lo que nos parece el constante e irrefrenable cambio en la historia, vemos que lo que propicia tanto cambio son las finalidades humanas y las posibilidades de hacerlo, es decir, el origen y el fin de la vida humana. 

Si la ley es ante todo lo que es mejor que haga el hombre en comunidad para la comunidad y el hombre, debemos entender lo bueno para el hombre en la acción junto con la posibilidad misma de la acción. Pretender lo imposible es propio de nuestros tiempos y es la mejor muestra de lo errónea de la premisa; no podemos controlar ni la naturaleza ni la fortuna. Derrotar al tiempo es una aspiración humana; buscar la felicidad es un anhelo humano; la búsqueda por la buena vida es la aspiración más natural en el hombre. 

Fulladosa

domingo, 1 de octubre de 2017

Naturaleza, ley e historia



Naturaleza, ley e historia
La palabra naturaleza no parece estar en conflicto con la historia, al menos hoy en día. El problema de lo natural está configurado para nosotros, principalmente, por el conocimiento científico. El hombre, distinto a todo lo natural, aunque no libre de ella, es el único ser histórico: dicho carácter es probado fundamentalmente por el hecho del conocimiento del hombre está en afirmarlo como espíritu. El espíritu funda la comunidad y las divisiones de la historia. Las llamadas ciencias del espíritu pretenden un rigor que esté en armonía con el desenvolvimiento histórico del hombre. El arraigo de la historia, se nos dice, nos muestra por qué la cuestión de la ley responde enteramente a la voluntad del hombre, en tanto que es su criterio lo que interpreta las emergencias políticas, el modo de ser de la comunidad y la diferencia entre el individuo y su comunidad. El nombre “ley de la naturaleza” es válido en tanto que la naturaleza no varía históricamente: la ley expresa la necesidad.
¿Hay una ley de la historia? La pregunta se presta con inmediata facilidad a una cantidad prominente de dificultades críticas y digresiones historiográficas. Lo que es cierto es que parece apuntar en primer lugar a una concepción lo que la palabra naturaleza significa cuando se aplica al acto de los hombres en tanto hombres, lo cual quiere decir, en sentido moderno, en cuanto seres históricamente variables. ¿Es la historia una posibilidad de la naturaleza del hombre? En cuanto conocimiento de los actos pasados, es claro que lo es. ¿Es ella el conocimiento fundamental del acto humano? Eso equivale a responder por el sentido total de la historia, lo cual implica que quizás apunta al curso del ser humano. El historicismo más sencillo es la imposición del relativismo. El historicismo más complejo apunta a la posibilidad de comprender el carácter de nuestra estancia en el tiempo. En pocas palabras, la pregunta fundamental de la historia apunta al hombre. Saber si hay una “ley” en la historia, un sentido u orientación de cada época en relación con otras no apunta a la necesidad más que en cuanto referencia a lo vivido.
La ley es histórica: lo cual no quiere decir inmediatamente que sea un producto meramente humano. Tampoco apunta a su ser convencional. La ley es histórica en tanto organización de la vida humana en el tiempo y en la comunidad. La ley humana es temporal. ¿Es la Ley revelada histórica? Lo es en tanto orientada al hombre, en tanto revelada en un tiempo, que se puede referir, pero que cuyo carácter temporal no es fundamental: la revelación no fue hecha por ningún hombre. Pero eso no limita la posibilidad de hablar de la Ley con alguna posibilidad de dejar de lado la relación con la naturaleza del hombre más allá de lo temporal. ¿La legitimidad de una ley proviene de su referencia a lo natural? La buena vida, aun alcanzada en el tiempo y, por lo tanto, capaz de ser historiada, no necesariamente se responde únicamente con referencia al carácter individual de las ideas sobre lo bueno. El ser temporal de una ley no borra su carácter justo; su justicia, por lo cual la ley se instaura, descansa en la razón; la razón es principio de los actos humanos. Por eso el fin primordial de la ley es hacer buenos a los hombres o, al menos, mandar lo bueno. La permisión y la prohibición no tienen sentido coherente con independencia de la razón. La razón es parte la naturaleza del hombre, en tanto que es el único ser que puede gobernarse y gobernar. Después de la revelación, la ley natural ilumina el lugar del hombre en la ley eterna. Ese lugar está ocupado por la orientación natural del hombre al bien.
Esa orientación, no obstante, puede ser corrompida, lo cual implica que “natural”, en este caso, no remite a una universalidad abstracta, separada de los actos humanos. Nuestra experiencia constante de la injusticia quizá esté de la mano con el carácter deficiente de nuestras leyes, pero también con el oscurecimiento de lo que la palabra natural en el caso de la ley significa. Que los hombres sean por lo general malos no implica que no estén orientados al bien: por eso la ley manda lo que la razón ordena y por eso, sobre todo, puede la ley ser incumplida. La naturaleza de esa tendencia no implica que todos los hombres o siquiera la mayoría sean buenos. La ley es histórica en tanto permite que nuestros actos apunten en el tiempo a lo que está en nosotros con independencia de la relatividad. El carácter de la ley, por ello, no puede ser particular, o provenir de lo que cada quien desee. ¿Cómo se reconcilian nuestros deseos con la ley? La respuesta bulle en nuestra lengua: la voluntad general. El carácter de esa respuesta permite e impide a la vez que podamos asir nuestra voluntad al garante de lo legal, el Estado. La voluntad general, no obstante, es la respuesta a la disolución de la presencia de la naturaleza humana en el bien. La voluntad no necesariamente obtiene su fuerza de su posible lugar primordial respecto de la ley. Pero pensar eso implica notar las limitaciones radicales de pensarnos como individuos. La primera limitación apunta al carácter natural, no individual, de la razón humana, como rasgo propio del hombre. 

Tacitus