Presentación

Presentación

martes, 9 de mayo de 2017

Maldiciendo a la vida

Cuando escribo pienso, ¿qué pienso? Pienso en mis inquietudes, mis anhelos, sueños, cual viento de abril. Tengo frente a mí un gran manojo de libros, de temas diversos y me digo a mismo "tomaré alguno e intentaré reflexionar con lo ahí plasmado". Luego lo compartiré con mis amigos, Los Nombradores. Me daré cuenta que a unos les interesa y a otros no. Entonces, ¿qué podré compartir qué sea de gusto de todos, que a todos le competa por igual? Menuda tarea la que me he impuesto. 

Así despertó de un sueño algún día un nimio escritor. Pensando que con ello conseguía uno de sus más grandes proyectos: ser portador de una gran pluma capaz de solventar todos lo problemas apremiantes del hombre. Pero por qué y para qué escribir. Libros, revistas, blogues, en fin, por letras jamás terminaremos. ¡Benditos los días en que sólo podía salir a la luz un pequeño puñado de escritos reservados para la mente culta! Momento, ¿merecen leer y escribir unos cuántos o muchos tantos?...

Con ese tono continuaba una nota puesta al filo del escritorio de una biblioteca abandonada, de una ciudad desierta. El intrépido viajero que la halló no sabía leer y se la llevó a uno de los Siete Sabios de su pueblo. Éste, reconociendo el antiguo idioma de los hombres, dejó caer un par de lágrimas. Acto seguido, mandó quemar el papel desgarrado por el tiempo. El bibliotecario, al tener noticia del asunto, urdió un plan para que no sucedería. Una vez que se hizo del papel, lo conservó en su alcoba, transmitiéndolo de generación en generación.

En el cumpleaños vigésimo primero de la Princesa Diana, la Hermosa, recibió de un desconocido un libro que contenía todo ese relato. Maravillada por lo vetusto de sus temas y vida a lo largo de la historia del hombre, ella, dentro de su ingenua y moza ternura, se preguntó: "¿no acaso en eso radica la vida del hombre, en querer arrancar y, en la mejor de las suertes, hallar un trozo de respuesta a ese misterio de la vida?, ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?".


Aurelius

lunes, 8 de mayo de 2017

Moras del campo 575

Moras del campo 575


            ...

Silla del campo,
entre el sol y la lluvia,
dame descanso.


            ...

Ojos mirones:
sientan todos los rayos
de sus amores.


            ...

De ti nacimos,
tierra fértil y estéril;
en ti morimos.


            ...


Ayer llorabas.
Y ahora sólo ríes.
Mañana acabas.


            ...


Sólo veo magia
cuando sigo tus pasos.
Sólo a ti miro.


            ...


¿De dónde eres tú?
Eres del viejo Japón,
eres el Haiku.


            ...


En otro mundo,
en el que estoy ahora,
Le llaman moras.




Talio



Pretexto texteado:
Yo no tengo tanta suerte, ni tanta voluntad, para que mi computadora sea reparada. Por lo cual sigo escribiéndoles desde un lujoso smartphone. Lo lamento tanto en verdad mis queridos amigos.


Sólo algo más: espero que todos deseemos el bien tanto como parece, quizá así volvamos a reír juntos y sinceramente alguna vez.

viernes, 5 de mayo de 2017

Tentativa

Tentativa
Tenía el afán de hablar sobre un escrito de don Miguel de Unamuno. En aquel escrito él se dedica a dar la razón por la que los jóvenes desisten de la actividad intelectual y artística. El principal problema, dice don Miguel, es el miedo al fracaso, que siempre va disfrazado de decidía. Me parecía que este excelente regaño por parte del filósofo, es lo bastante claro para poner de relieve el ánimo de aquellos que dejan la pluma. Pues al final del consejo, ensayo, anécdota, reflexión, del escritor español, da una cura para ello: salir a otros lados, ver otras vidas. La decidía y el miedo al fracaso son males, porque nos dejan inmóviles. La escritura y el pensamiento son vida, es decir, movimiento vital.  Pero atosigar con consejos al amigo o con regaños, es quizá lo peor. Además de que el filósofo habla de aquellas almas provincianas, es decir, cobardonas.
Pero desistí.
Después, intenté hacer un poema. Mi tema sería el desasosiego que sufrimos algunos al ver que nuestro trabajo no nace con la misma altura que dan los escritores consagrados a sus obras; esos que vieron el abismo y triunfaron sobre él. Mi poema diría algo así como “Sufro por no sufrir las tempestades/que el dios desata en los corazones inmortales.” Pero acaso sería falso ese sufrimiento, y sólo por pose me figuro anhelante de abismos.  “La preocupación por la verdad no siempre tiene que ser tan pesada”, me dije. La sencillez es igual de loable cuando ésta apunta a la bondad. Los ancianos de México, por lo regular, son gente sencilla, pero de un espíritu más que fuerte. ¡Qué admirables son!, me digo. Tenía la intención de hacer ver con esto, que no se puede abandonar un camino, una vez descubierta nuestra huella en él. Es decir, que no podemos engañarnos. O somos pensadores o científicos o artistas o gente del pueblo. Sea cual sea nuestro temple, no podemos postergarlo.
Al último tuve la intención de hablar sobre un escrito del joven meditador José Ortega y Gasset, en el que habla de un escritor francés que desde el principio hizo obras perfectas. La crítica era que a él, como lector , le hubiera gustado más ver a ese escritor francés ir fracasando en sus obras, a fin de ir encontrándose en ellas, pero al escribir perfectamente desde el inicio, se condenó a no fallar nunca, y todos sabemos que después de lo perfecto no hay nada más. La observación del gran meditador, me hizo pensar que no por estar metidos en la actividad más verdaderamente humana, debemos hacerlo con perfección siempre. Lo mejor es ir encontrándonos, buscándonos, investigándonos, conociéndonos. No se nos puede pedir perfección entre amigos, pero sí intentar en todo ser verdaderos.

No nos quedemos con la intención,
si ya sabemos nuestro camino, no nos mintamos, que eso arruina la vida.

Javel  

lunes, 1 de mayo de 2017

Ser dialógico

Ser dialógico
Siempre se escribe para alguien más. Quizás sólo las notas del cuaderno son para nosotros, para el lector que en el futuro siente el paso heraclíteo en sus ojos cuando reconoce los trazos de su pensamiento pretérito. Las notas las hacemos pensando en que nos han de servir; pocas veces se realizan pensando en que a otros también les serán de utilidad. Pero incluso las notas se realizan para experimentar primitivamente el vínculo temporal entre nuestros pensamientos. ¿En quién pensamos cuando anotamos algo? Es un acto de esperanza mínima, no necesariamente religiosa: esperamos seguir presentes en el futuro al que las notas puedan servir. Dejamos palabras para nosotros, o para lo que podamos ser nosotros. Eso nos hace escritores en el sentido más elemental. Pero incluso el género de las notas tiene capacidad de ser manejado con algo de maestría. No sé si eso dependa únicamente del talento del escritor, aunque no dudo de su necesidad. Desde esa privacidad se ordenan los libros publicados, los discursos, a veces los ensayos y, quizás también, los poemas. Es evidente, por ello, que la diferencia entre privacidad y publicidad en la escritura tiene niveles accesibles y otros que dan para la reflexión. Las notas previas a los grandes libros no son los grandes libros, aunque hayan sido su mapa o sus coordenadas. Lo que queda para el escritor seguramente es algo que él no consideró digno de hacerse público.
¿Cuándo un escritor requiere de la polémica, y cómo es este nombre distinto al diálogo que todo escritor aspira a establecer con quien pudiera tropezar con su texto? La polémica indica siempre un intento de pugna. Dirán que ser civilizado es cerrarse a la disposición a polemizar. Dirán también que la sinceridad es la mejor arma de todo aquel que intenta defenderse. En ese grado existe una interpretación de la naturaleza de lo polémico. Sobre todo, existe un sentido de la ofensa, causa siempre incendiaria de la polémica, que requiere de ánimos adversos. ¿En el diálogo, a pesar de los ánimos adversos, se polemiza la verdad? La pregunta es importante en la medida en que la ofensa nos expone como mentirosos, como equivocados, o como sabios retóricos. No son la misma cosa. Los retóricos sabios no son necesariamente mentirosos, pero sí pueden ser encubridores. La interpretación sofística de la retórica afirma que la persuasión proviene de la capacidad de manipular la opinión general. El acto retórico más profundo quizá provenga de hacer que la verdad sea algo para lo que cada quien avanza según su deseo y capacidad.

¿Es la verdad un asunto polémico por naturaleza? No lo reduzcamos a cuestiones de dominio, porque la defensa de uno mismo o de la verdad (no son iguales) puede hacerse polémicamente o dialógicamente. La división que he manejado hasta ahora no incluye por sí una oposición entre ambos ámbitos. El ámbito de nuestros pudores lleva incluso a asesinar la crítica. Quizá la tarea más seria de un escritor sea lograr esa distinción entre la verdad y su ser. Esa es una de las raíces de la exigencia artística de su labor Es una tarea inacabable porque la verdad es una experiencia de ése su propio ser. No es lo mismo que ser objetivos. La polémica se inserta como defensa o ataque, esgrima argumental, que nunca es lógico a la manera de la lógica contemporánea. Un trabajo importante ha marcado la crisis del desprecio por la palabra. La escritura ha de saber recuperar la labor dialógica para entrever la posibilidad o la falsedad de que la voluntad de poder sea el concepto que lidera los impulsos. Ha de aspirar al autoconocimiento en el trato con el otro, para que el pensamiento no sea proyección de la oscuridad. No para mejorar su talento, o para entrar en pugna, sino por el placer de la verdad.


Tacitus