Presentación

Presentación

lunes, 9 de octubre de 2017

Sit laus

Sit laus


Yo no sé si mi palabra
valga lo que valen otros
en tu corazón osado.

Yo no sé si en tu memoria
aún se encuentran los rastrojos
de aquel tiempo ya pasado.

Yo no sé si tú me tengas
tan cerca o sea yo un despojo
de poco a poco olvidado.

Yo no sé si soy tu amigo
como, creo, fui en su momento,
charlando inciertos caminos.

Pero sí sé que valoro
tu sinceridad airada:
fuente de tus enemigos.

Sé que valoro también
tu vanidad razonada;
luchas y aceptas su ser.

Sé que valoro tu ínfimo deseo de bien
para los que, como yo,
no han vivido como tú.

Sé que aunque ya estemos lejos
somos muy buenos amigos.
Reflejos de mil reflejos.

Te envío felicitación
por tus recientes laureles,
esperando que ahora puedas
erguirte ante las mujeres.


Talio



lunes, 2 de octubre de 2017

Hombre histórico



La mayor parte de la experiencia humana nos revela que el hombre es un ser notablemente histórico. Cada día realiza acciones particulares que se distinguen de las acciones realizadas un día después; una semana se diferencia aún más de otra; si pensamos ya no en los meses, sino en los años, ningún año es igual al otro, quizá apenas tengan algunos detalles en común. Si aceptáramos que la vida es un todo que va uniendo las diversas etapas en la vida de un hombre, nos toparíamos con la limitación de la muerte, pues la vida del hombre difícilmente sobrepasa los 100 años, lo cual es muestra de que las generaciones van cambiando; el plan que pudiera tener una persona cambia con su muerte. Pero los hombres pueden unirse y organizar un plan de vida en conjunto, una manera de vivir en común; piensan de qué manera les conviene vivir. Pueden heredar ese plan que organizaron a sus hijos o sucesores, intentar explicarles para que entiendan en qué consiste esa finalidad que ellos proyectaron o educarlos si es que la planificación parte de principios complicados de entender. Por otro lado, tenemos las costumbres, aquellos modos de comportarse en sociedad y en la vida privada que los niños pequeños van adquiriendo mediante la imitación. ¿Podemos aceptar que un mismo plan, una organización política, quede intacta en sus fines aunque se sucedan decenas de generaciones?, ¿las finalidades de los distintos regímenes que componen América son las mismas que cuando cada régimen consolidó su independencia?, ¿no hemos cambiado pese a las revoluciones y a la introducción en la economía global?, ¿el mundo, en general, no ha cambiado después de los avances en la tecnología bélica (si es que no es un pleonasmo juntar ambas palabras) desde la primera guerra mundial hasta acá? Visto así, el hombre es esencialmente histórico; ser animal político es ser básicamente propiciador de cambios políticos. Pero, pese a lo que nos parece el constante e irrefrenable cambio en la historia, vemos que lo que propicia tanto cambio son las finalidades humanas y las posibilidades de hacerlo, es decir, el origen y el fin de la vida humana. 

Si la ley es ante todo lo que es mejor que haga el hombre en comunidad para la comunidad y el hombre, debemos entender lo bueno para el hombre en la acción junto con la posibilidad misma de la acción. Pretender lo imposible es propio de nuestros tiempos y es la mejor muestra de lo errónea de la premisa; no podemos controlar ni la naturaleza ni la fortuna. Derrotar al tiempo es una aspiración humana; buscar la felicidad es un anhelo humano; la búsqueda por la buena vida es la aspiración más natural en el hombre. 

Fulladosa

domingo, 1 de octubre de 2017

Naturaleza, ley e historia



Naturaleza, ley e historia
La palabra naturaleza no parece estar en conflicto con la historia, al menos hoy en día. El problema de lo natural está configurado para nosotros, principalmente, por el conocimiento científico. El hombre, distinto a todo lo natural, aunque no libre de ella, es el único ser histórico: dicho carácter es probado fundamentalmente por el hecho del conocimiento del hombre está en afirmarlo como espíritu. El espíritu funda la comunidad y las divisiones de la historia. Las llamadas ciencias del espíritu pretenden un rigor que esté en armonía con el desenvolvimiento histórico del hombre. El arraigo de la historia, se nos dice, nos muestra por qué la cuestión de la ley responde enteramente a la voluntad del hombre, en tanto que es su criterio lo que interpreta las emergencias políticas, el modo de ser de la comunidad y la diferencia entre el individuo y su comunidad. El nombre “ley de la naturaleza” es válido en tanto que la naturaleza no varía históricamente: la ley expresa la necesidad.
¿Hay una ley de la historia? La pregunta se presta con inmediata facilidad a una cantidad prominente de dificultades críticas y digresiones historiográficas. Lo que es cierto es que parece apuntar en primer lugar a una concepción lo que la palabra naturaleza significa cuando se aplica al acto de los hombres en tanto hombres, lo cual quiere decir, en sentido moderno, en cuanto seres históricamente variables. ¿Es la historia una posibilidad de la naturaleza del hombre? En cuanto conocimiento de los actos pasados, es claro que lo es. ¿Es ella el conocimiento fundamental del acto humano? Eso equivale a responder por el sentido total de la historia, lo cual implica que quizás apunta al curso del ser humano. El historicismo más sencillo es la imposición del relativismo. El historicismo más complejo apunta a la posibilidad de comprender el carácter de nuestra estancia en el tiempo. En pocas palabras, la pregunta fundamental de la historia apunta al hombre. Saber si hay una “ley” en la historia, un sentido u orientación de cada época en relación con otras no apunta a la necesidad más que en cuanto referencia a lo vivido.
La ley es histórica: lo cual no quiere decir inmediatamente que sea un producto meramente humano. Tampoco apunta a su ser convencional. La ley es histórica en tanto organización de la vida humana en el tiempo y en la comunidad. La ley humana es temporal. ¿Es la Ley revelada histórica? Lo es en tanto orientada al hombre, en tanto revelada en un tiempo, que se puede referir, pero que cuyo carácter temporal no es fundamental: la revelación no fue hecha por ningún hombre. Pero eso no limita la posibilidad de hablar de la Ley con alguna posibilidad de dejar de lado la relación con la naturaleza del hombre más allá de lo temporal. ¿La legitimidad de una ley proviene de su referencia a lo natural? La buena vida, aun alcanzada en el tiempo y, por lo tanto, capaz de ser historiada, no necesariamente se responde únicamente con referencia al carácter individual de las ideas sobre lo bueno. El ser temporal de una ley no borra su carácter justo; su justicia, por lo cual la ley se instaura, descansa en la razón; la razón es principio de los actos humanos. Por eso el fin primordial de la ley es hacer buenos a los hombres o, al menos, mandar lo bueno. La permisión y la prohibición no tienen sentido coherente con independencia de la razón. La razón es parte la naturaleza del hombre, en tanto que es el único ser que puede gobernarse y gobernar. Después de la revelación, la ley natural ilumina el lugar del hombre en la ley eterna. Ese lugar está ocupado por la orientación natural del hombre al bien.
Esa orientación, no obstante, puede ser corrompida, lo cual implica que “natural”, en este caso, no remite a una universalidad abstracta, separada de los actos humanos. Nuestra experiencia constante de la injusticia quizá esté de la mano con el carácter deficiente de nuestras leyes, pero también con el oscurecimiento de lo que la palabra natural en el caso de la ley significa. Que los hombres sean por lo general malos no implica que no estén orientados al bien: por eso la ley manda lo que la razón ordena y por eso, sobre todo, puede la ley ser incumplida. La naturaleza de esa tendencia no implica que todos los hombres o siquiera la mayoría sean buenos. La ley es histórica en tanto permite que nuestros actos apunten en el tiempo a lo que está en nosotros con independencia de la relatividad. El carácter de la ley, por ello, no puede ser particular, o provenir de lo que cada quien desee. ¿Cómo se reconcilian nuestros deseos con la ley? La respuesta bulle en nuestra lengua: la voluntad general. El carácter de esa respuesta permite e impide a la vez que podamos asir nuestra voluntad al garante de lo legal, el Estado. La voluntad general, no obstante, es la respuesta a la disolución de la presencia de la naturaleza humana en el bien. La voluntad no necesariamente obtiene su fuerza de su posible lugar primordial respecto de la ley. Pero pensar eso implica notar las limitaciones radicales de pensarnos como individuos. La primera limitación apunta al carácter natural, no individual, de la razón humana, como rasgo propio del hombre. 

Tacitus

lunes, 25 de septiembre de 2017

Retórico erótico


Retórico erótico


Quisiera decir qué quiero.
Quisiera querer decirte
lo que en mis labios existe
sin caer en el deseo.

El deseo de ver desnuda
tu espalda limpia y serrana.
Te diría con la mirada
lo que en mi pelvis se abulta.

Lo diré porque no puedo
dejar que en verdad suceda.
Te haré el amor con la lengua
sin tocarte un solo pelo.

La penumbra de mis labios
cubre en ti la luminosa
mejilla, y de a poco goza
el candor de mis espasmos.

Voy hacia la comisura,
esa tijera en tu boca,
qué de mis labios recorta
mil besitos de locura.

De esos mil besos se asoma
un dicho muy juguetón,
húmedo y encendedor
del estro bajo tu ropa.

Relampaguea entre tus dientes
buscando llevar la herida
de tu salvaje mordida
hecha de deseos ingentes.

En un ataque de fieras,
garras duras y afiladas
nos han dejado marcadas
mil huellas en nuestras piernas,

en nuestro pecho, que es uno,
en nuestras nalgas atentas,
en hirvientes entrepiernas,
en tu vientre en que me sumo.

Te acaricio a lengüetazos
el seno de entre tus senos
grandes, suaves y serenos
que sentí en tantos abrazos.

—Abrazos muy amistosos
en los que se erguía mi miembro.
Nomás de recordar tiemblo.
¡Qué recuerdos tan hermosos!—

Del cóncavo espacio escapo
para ir hacia los botones,
de tu sexo abrochadores,
que con la boca yo atrapo.

Mientras muerdo tus pezones
mis dedos hacen lo suyo:
te demuestran con orgullo
el arte de mis canciones;

guitarra de carne y agua
cuya humedad me acaricia
con su aroma de delicia
forjando una nueva fragua

para forjar en tu centro
un camino que permita
dejar paso al eremita
muerto por estar adentro.

Me perdí de mis quehaceres.
Ya no sé ni dónde estoy,
sólo sé que el día de hoy
supe todo de mujeres.

No porque seas como todas,
más bien eres todo y uno:
el sexo en que me consumo
como hombre unas cuantas horas.

Exhausto sólo te digo
que si de pie yo te admiro,
y lejos de ti suspiro,
en la cama te bendigo.

Entre la bruma me marcho
lejos del cuerpo caliente
que yace bello e inerte
en la nube de tu lecho.

Vuelvo a casa de ese sueño
que sólo en palabras ví.
Solo un escribidor fui.
Escribiendo fui tu dueño.



Talio