Presentación

Presentación

martes, 3 de noviembre de 2015

Enfermos mentales diagnosticando enfermos mentales
Un grupo de psiquiatras en su afán de facilitar el trabajo a médicos, psicólogos, y estudiosos del comportamiento, crearon un instrumento al que denominaron Manual Diagnostico y Estadístico de las Enfermedades Mentales (DSM por sus siglas en ingles). El DSM ha sido una herramienta muy utilizada por diversos especialistas con la finalidad de diagnosticar y etiquetar a una persona que cumpla con un cuadro determinado de síntomas que puedan estar asociados a algún trastorno mental. El DSM se elaboró a través de una investigación empírica descriptiva, es decir, un grupo de investigadores estudiaron y describieron a cierto grupo de personas quienes presentaban una enfermedad mental.
No es de extrañarse que a las personas les agrade etiquetar, lo cual no es malo siempre y cuando etiquetar ayude a intervenir. Una persona que sufre determinada enfermedad puede ser intervenida de cierta forma, aunque ya es más que conocido que un tratamiento psicológico o farmacológico no tendrá el mismo efecto en una persona que en otra. El DSM admite no explicar las razones de las enfermedades mentales ni proporcionar ninguna sugerencia para las intervenciones, es solo para dar un diagnóstico, dar un nombre a un conjunto de padecimientos.
Realizar una tarea tan complicada como buscar una etiqueta para trastornos que contienen variados síntomas debió ser una tarea en extremo difícil, por esta razón el DSM tiene muchas versiones cada una más actualizada que la anterior. Una versión más actualizada comprueba que alguien observó que algún enfermo mental cumplía con dos o tres síntomas más que el enfermo mental con el que se describió un trastorno mental en la versión anterior del DSM, y deciden agregar y actualizar. Pero ¿qué sucede entonces con un paciente diagnosticado con una versión anterior del DSM que comparado con la nueva versión ya no cumple con el cuadro de síntomas ahí mencionados? Esto no es más que otra prueba de que un paciente no se comportará igual que otro paciente aun teniendo el mismo trastorno mental. ¿Entonces no sería mejor sumar esfuerzos para intervenir y tratar un trastorno mental? o ¿saber la causa de un trastorno mental para su prevención? También se sabe que un asesino serial son personas con ciertos trastornos mentales pero capaces de desenvolverse entre las personas de una manera casi natural y en ese caso mi DSM no serviría de mucho por más actualizado que estuviera.
Finalmente no hace falta ojear mucho el DSM para identificarse con uno o dos trastornos mentales que uno no imaginaba tener pero que cumple con todos los síntomas y comportamientos ahí mencionados. Por lo que uno puede categorizarse como un enfermo mental, pero nuestras enfermedades mentales nos permiten continuar con nuestras actividades cotidianas y por lo tanto podemos ser enfermos mentales funcionales y en el caso de los psicólogos y psiquiatras, podemos ser enfermos mentales que categorizan, diagnostican y tratan a otros enfermos mentales.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Defensa del milagro

Defensa del milagro
El amor libre nos ha cegado. Hemos creído que todo deseo, por el hecho mismo de basarse en la individualidad del que lo alberga, es digno. Nos ha hecho pensar que el amor no merece apología alguna, por ser bueno sólo por el gusto y el arbitrio personal. Analicemos esto desde el discurso erótico dominante de nuestras vidas en público y en privado: el sexo. En él, creo se hayan puestas nuestras esperanzas de alcanzar una vida libre, genuinamente feliz y pacífica, sin distinción ni discriminación alguna. Es el estandarte de nuestra paz amorosa.
Sé que esto puede confundirse muy bien con la impudicia o con el discurso de los “tabús”. No se preocupen, no vengo a destapar mis miserias, pero tampoco pienso aceptar la poca vergüenza del progreso moral moderno. Sé muy bien que todos pensamos que ya se nos ha demostrado que en el sexo no hay nada más que la expresión descarnada del hombre: es el fin que todos buscan mediante la natural fogosidad del amor en nuestro cuerpo.
¿Es parte de la naturaleza como lo es el comer, o es parte de amar? Son dos cosas distintas. La pregunta no está exenta de una maña: responderla necesita de nuestra interpretación de lo natural. Si somos sinceros, tendremos que relacionar eso con nuestra idea del cuerpo. En el amor libre se debe sobreentender que todo se debe en el fondo a algún movimiento corporal, por lo cual no hay que asustarse ante ello. Antes bien, quien reprima la naturaleza, se envuelve inmediatamente en las injurias de todos.
El argumento siempre es el mismo: nadie puede juzgar lo que me complace. Si hay placer, inmediatamente le dejamos campo abierto a la libertad. Es decir, lo que sea que nos complazca contiene la felicidad. ¿Cuál es el secreto de esto? Es el racionalismo mismo. Thomas Mann argumentaba que, aunque Freud y sus seguidores se erguían orgullosos de portar la bandera de lo irracional, que los autorizaba como defensores de la existencia de las pulsiones y del inconsciente, Freud mismo era un racionalista moderno más. Creo que se refería a que el psicoanálisis es otro modo de ejercer el racionalismo moderno, que tarde o temprano acepta la negación del alma. Si la ciencia moderna se empeña en demostrar que el amor es parte del cuerpo, Freud sólo refuerza ese dogma sosteniendo como lo hace la importancia del sexo en la vida del hombre para entenderlo tal y como es. El sexo es la interpretación racionalista que banaliza la naturaleza erótica del hombre a través de la idea del cuerpo. Para ambos la moral al respecto del sexo deviene trivial.

No es coincidencia que lo placentero, lo bello y lo bueno nos parezcan ahora asuntos totalmente relativos. Es ahí donde radica el problema sobre el amor. Eros le muestra al hombre su naturaleza cuando vislumbre y persigue la belleza en un rostro; sin embargo, eso no significa que Eros sea amoral. Es sólo porque tenemos noción de lo bueno que podemos extrañar y perseguir al enamorado. El hombre es erótico precisamente porque cada uno se distingue en lo que desea, pero eso no los hace a todos los más buenos inmediatamente. Siempre distinguimos entre lo que nos parece mejor y lo que nos parece peor. Es sólo que no siempre acertamos, porque la verdad no es tan cristalina en todos los casos, por eso el hombre es un “ser intermedio”. Curarnos del racionalismo moderno sólo puede ser posible si nos adentramos a entender la naturaleza con otra luz que no sea la artificialidad de la materia orgánica. Eros es el correlato necesario de los principios del mundo para explicar al ser que es enteramente desigual a las demás cosas creadas: el hombre. Según entendamos esa relación, nos jugamos nuestra perversión o nuestra posibilidad de ser todavía buenos.


Tacitus

El reino de la imaginación

Los mundos imaginarios, que hombres extraordinarios nos han compartido  son tan infinitos y fabulosos que muchas veces nos sumergimos en la idea de poder hacerlos realidad. A lo largo de los años las historias, leyendas, cuentos,  novelas, etc., nos van mostrando a hombres que nos enseñan lo maravilloso, así como también el gran poder de nuestra imaginación.
Cada uno de nosotros tenemos ese mundo perfecto; sacado de una película, de un libro, de una historieta, o incluso de nuestra imaginación desbordante, en donde podemos ver plasmado, aquello que nuestro ser anhela. El corazón palpitante que se regocija tras ver, escuchar o leer, la victoria de  los valientes, en aquellos  mundos que por un momento olvidamos que son ficticios, puede ser uno de esos instantes que más satisfacción nos brindan y que dejan una marca más profunda en nuestro pecho.
La magia tan maravillosa y sencilla que contiene la narrativa, que nos hace olvidar aquel mundo real, que muchas veces se torna cruel y oscuro, es una de esas pequeñas satisfacciones que tenemos los hombres. Las escenas que se representaban en las comedias y tragedias, de la antigua Grecia, se han modificado, han cambiado, pero el ideal continúa, la búsqueda de imaginar mundos aún más maravillosos sigue presente.
¿Pero de dónde surge el anhelo de imaginar y pensar en mundos infinitos? Podría ser, que ese deseo se origina, en el ansía de buscar hombres parecidos, semejantes, con los que podamos sentir cercanía, pero que aún así logren superar los obstáculos de la vida. En el momento en que se sueña y se piensa en aquellos mundos maravillosos, se logra contemplar a  hombres originales que nos brindan esperanza.
Cuando terminamos de conocer a aquellos personajes, que  tras la lectura llegamos a querer; puesto que son la imagen de eso que anhelamos, el sentimiento que nos dejan, la alegría y sorpresa que despiertan, es lo que nos hace imaginar y emocionarnos ante la posibilidad de poder alcanzar los propios sueños. Aquellos personajes diversos, que van desde  aquel hombre soñador  que sufre ante la pérdida de su amada, así como también de esa la niña que se encamina a paso seguro en una gran aventura por un mundo desconocido,  sin ningún miedo,  para lograr salvar a sus padres.  Y por supuesto, como olvidar a aquel joven solitario que tras una catástrofe, su razón lo lleva a transformarse en un héroe que protege a los habitantes de su ciudad; y de paso al mundo o en escalas mayores al universo entero. Todos ellos en cierta medida  forman parte de nuestros deseos y aspiraciones más escondidos.
El palpitante corazón de los que soñamos y anhelamos, es una de las sensaciones más preciosas. El planificar, el pensar y construir castillos en el aire, es lo que motiva a seguir adelante. Podríamos llegar a pensar que el mundo de nuestra realidad es muy desconsolador, que la rutina y el deber son agobiantes, que no hay salida. Pero la sonrisa que aparece en el rostro tras recordar aquellas escenas de gigantes, magos  y héroes, podría ser señales de que no toda esperanza está perdida. Y que esos personajes, podrían llegar a ser contemplados por nuestros ojos,  y abrazados por nuestros corazones en esta realidad tan caótica.


Sarasvati

domingo, 1 de noviembre de 2015

El arte de querer desaburrirse



Hablar de una novela siempre nos resulta complejo, pues si la explicamos con categorías establecidas (sea por gusto, consenso o por alguna extraña razón) no hablamos de ella, alejándonos de su comprensión, y nos reducimos. Las novelas clásicas parecen mundos exóticos: al leerlas nos sentimos extranjeros comprando souvenirs que después (o muy pronto), cuando hablamos sobre ellas, los presumimos. Pero los prejuicios los podemos localizar, así como podemos intentar conocer los países más extraños; el comienzo de la expedición no nos dará grandes respuestas, sin embargo, puede llevarnos a encontrar pequeños lugares. 

La tremenda novela Crimen y castigo nos permite cuestionar a la mayoría de los personajes: ¿cuál es su crimen y cuál es su castigo? A ninguno es fácil acusar, lo cual no cancela su posible culpabilidad y la necesidad de su castigo. Por ejemplo: Svidrigáilov es un hombre adinerado, no se preocupa demasiado por casi nada, entiende impresionantemente a las personas y es sumamente astuto, puede lograr casi cualquier cosa, su éxito está asegurado. ¿Cuál es su crimen, si es el arquetipo del hombre actual? Quizá su delito sea semejante al nuestro: no preocuparse (llevarse la vida con calma). De ser así, cuando su único deseo se ve truncado, no quiere preocuparse más, nunca más. 

Svidrigáilov tampoco tiene, durante toda su vida, grandes odios; no se indigna.  Antes de volar a su deseo, sólo le inquieta ligeramente no aburrirse. Su indiferencia hacia la vida, lo orilla a justificar cualquier acto, a no saber amar, a no vivir. El personaje contrario, en quien no ejerce influencia (no la pervierte), es Avdotia Romanovna. Para no dejar el cuadro incompleto (y quizá confundir a algún curioso lector de Crimen y Castigo), ubico a Raskólnikov a medio camino entre ambos personajes; ambos influyen decisivamente en él. Nosotros, ¿dónde nos queremos ubicar, en el seductor Svidrigáilov, en la virtuosa Avdotia Romanovna, en el confundido Rodia?, ¿dónde estamos realmente? ¿Nos importa ubicarnos, saber si hacemos mal y, en caso de hacerlo, saber si podemos repararlo? Me parece que, leyendo y viviendo (en alguna medida son lo mismo) para no aburrirnos, sólo nos preocupa entretenernos.    

Fulladosa