Presentación
Silencios
Mostrando entradas con la etiqueta Nigga's Palace. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nigga's Palace. Mostrar todas las entradas
miércoles, 15 de febrero de 2017
Pésame ( A Lina Monur)
Tengo el pésame
En el “bésame”
Que tus labios de horizonte
De crepúsculo sobre el desierto
De Explosión de luz en el vacío,
De hoja de árbol perenne,
Nunca van susurrarme;
No será ventolina
Trémula
Lo que yo desearía que fuese
Huracán de bula
En la canícula
De tu respiración silente
Emulando al viento
Que intenta loar un secreto;
El del alma que se escapa
Cada vez que se da un beso.
Pero no es sólo uno
Son ósculos diminutos
Igual a motitas de polvo
Que han de recorrer tu cuerpo
Que han de alcanzar su meta última
En la metafísica
De tu recuerdo
enmarañado
Como el hilo
Con el que ha jugado un niño:
Y ese niño soy yo
Correteando encuentros
Que no llegan
Que se hacen tarde
Y que me vuelven loco.
De pronto,
vuelvo a ser un hombre
Bastante trastocado
Por la sombra del vacío
Que se arremolina a mi lado
Junto a al ventana de mi baño
Donde fumo un cigarrillo
que en el chispear de cada bocanada
Forma tu figura en ese hilo
De muerte
que se va tejiendo al cielo
Y entonces pienso
Que estoy muerto
Si te digo que te quiero
Pero no pienso estar vivo
Si por lo menos no te escribo
Así es que me doy cuenta
Que tengo el pésame
En “el bésame”
Que en tus labios danza,
Dulce,
esquivo
Y distraído.
miércoles, 1 de febrero de 2017
Licencias poéticas a Lina
Desde ningún lado
inmerso en la papalina
mi palabra casidulina
merodea cual ventolina
Al interior de la telina
donde se postra su presencia cipolina,
De fuerza y presencia isabelina;
Hogar donde la vitelina
será vida que reclama adrenalina
a la postre de su huella perlina.
Usted, cristalina,
Antípoda de la villana mesalina,
suave neblina tremolina y coralina
que camina sobre la colina niquelina...
Usted, guía fusolina al horizonte;
Retahíla de deseos que desfilan
Desafiando la calina cual tozuda cardelina
Para llegar a sus pupilas sibilinas:
mi prisión, mi bartolina...
Usted, mí cornalina,
Musa ausente y Luz crepusculina,
provoca que mi lengua parolina,
hundida en la bolina
por la insistencia cenzalina
de la mosolina,
declame tan fuerte como la malina
Cuanto inspira a la trepolina,
Tanto que mi ser declina
el existir sin usted, bella inquilina,
con sólo verla distraída,
ausente y tan fuera de mi vida.
inmerso en la papalina
mi palabra casidulina
merodea cual ventolina
Al interior de la telina
donde se postra su presencia cipolina,
De fuerza y presencia isabelina;
Hogar donde la vitelina
será vida que reclama adrenalina
a la postre de su huella perlina.
Usted, cristalina,
Antípoda de la villana mesalina,
suave neblina tremolina y coralina
que camina sobre la colina niquelina...
Usted, guía fusolina al horizonte;
Retahíla de deseos que desfilan
Desafiando la calina cual tozuda cardelina
Para llegar a sus pupilas sibilinas:
mi prisión, mi bartolina...
Usted, mí cornalina,
Musa ausente y Luz crepusculina,
provoca que mi lengua parolina,
hundida en la bolina
por la insistencia cenzalina
de la mosolina,
declame tan fuerte como la malina
Cuanto inspira a la trepolina,
Tanto que mi ser declina
el existir sin usted, bella inquilina,
con sólo verla distraída,
ausente y tan fuera de mi vida.
miércoles, 18 de enero de 2017
Siempre habrá más cafeterías
Corría lo más rápido que podía. La rodilla lastimada le hacía sentir espasmos que llegaban hasta su cadera. Sudaba copiosamente, pero no jadeaba al correr. Su semblante seguía rígido como cuando dijo las últimas palabras que ella escuchó salir de su boca, y de las que se arrepentía de haber expulsado con su gruesa voz. “No tengo nada que ofrecerte, piensa si de verdad quieres estar conmigo.” Claro que tenía algo que ofrecerle; tal vez era nulo o quizá fuera inútil, pero podía ofrecerle risas, y momento divertidos, pequeñas frases que la motivaran y también enojos fundados por sus malas decisiones; podría darle consejos sobre cómo tomar las riendas de su vida y sin duda podría decirle que dejara ya de sentir tanta pena por ella misma. Podía ofrecerle su tiempo, aunque ella lo malgastara hablando de trivialidades incoherentes que sólo llenan un vacío sonoro con absurdas frases que se limitan a preservar su voz; podría brindarle evasivas porque en realidad jamás le gusto dejarla hasta la puerta de su casa y andar durante dos horas en un transporte atestado de sudor y alientos hediondos. Podía escribirle poesías y hacer que ella sintiera que era deseada por él a tal grado que todo su mundo se detenía, aunque en realidad el estuviera más preocupado por el perro, por no ser asaltado después del día de paga en el trabajo, porque la tienda no hubiese cerrado para comprar cerveza, o por cualquier cosa, realmente.
Comenzó a detenerse a pocos metros de llegar a la tienda donde ella era la encargada los fines de semana. La miró detenidamente, pensativa, sola, y desaliñada. Miró sus labios pequeños y transparentes; contempló sus cabellos rizados. Escuchó a un par de hombres que iban caminando y hablando. Uno de ellos le dijo al otro “Si estás solo es porque eres un idiota, eres feo, o un fracaso”. Caviló al respecto, y se dijo a si mismo que él conocía a muchos hombres feos con pareja; también sabía que los idiotas eran lo más propensos a ser felices dado que había una enorme cantidad de gente cuya superficie era símbolo de plenitud; y vaya si hay una enorme cantidad de fracasados que viven perfectamente con mujeres resignadas a la buen voluntad de la suerte de mantenerlos con vida un día más, aunque sea en la perpetua limitación de sus aspiraciones, las cuales no cuestionan. Mirando hacia el local donde trabajaba su ex novia, a la cual el terminó con esa frase directa, la imaginó meditándo sus palabras cuidadosamente después de llorar un par de horas mirándose al espejo y en ocasiones escribir insultos en su libreta; después de bañarse viendo correr el rímel de sus ojos, y sentir su cuerpo desnudo y solo; después de ponerse el pijama y dar vueltas a la cama y continuar con este ritual durante una semana en la cual sólo lo interrumpió un viernes que fue a beber con sus amigas para ponerse feliz y terminó vomitando toda la cerveza que a ella no le gustaba, pero que por dolor bebía y porque quería recordar el aroma que el siempre expedía; después de una resaca y una cruda moral por abofetear a su amiga la cual le dijo que no valía la pena seguir así, y después de hablar con su hermana, quien le dijo “A mí ni me digas, que estoe igual“, se despertó un lunes por la mañana, y aún en el ensueño de verlo y tal vez renovar emociones aplazadas por la distancia, él, recordaba, simplemente nunca llegó a la cafetería donde se conocieron y desayunaron juntos durante ocho meses. Recordó que ella había parado ahí para desayunar después de una fiesta, mientras que él sólo iba al trabajo. El lugar estaba lleno y comieron en la barra. A ella le sorprendió ver que alguien desayunara con cerveza, pero después miró a su alrededor y se percató que en esa cafetería de Portales había gente que ni siquiera había salido desde la noche anterior. Él le pidió que le alcanzara la sal y ella accedió. Él le dio una sonrisa y sin más le preguntó su nombre y aunque al principio le pareció interesante su historia y le resultó fácil el que ella viviera tan lejos, pronto se aburrió. Sin embargo se aseguró de verla una vez más, con desgana, por cansancio. Sin darse cuenta ambos pensaron lo mismo y por esa razón cuando él fue a buscarla le dijo que tenía razón, que él ya no tenía nada que ofrecerle.
La intolerancia al rechazo era sólo la punta del iceberg; ser abandonado le parecía algo lógico, algo que incluso tardaba mucho tiempo en ocurrir. Pero la frustración era un sentimiento que nunca había logrado tolerar. Ser olvidado, y no ser algo grande en la memoria del universo le parecía una de las cosas más tristes del existir. Una mujer es lo más cerca de ser una partícula elemental del universo, y perder a una era perderlo todo, según su perspectiva. La atención que nos da la gente es en sí misma el motor de nuestra superación, bajo esta perspectiva. Un día, ebrio, fue a casa de la entonces ex novia a media noche, pero por la cantidad de alcohol que había consumido, y por la parquedad que tienen los decoradores de la colonia donde vivía, en la cual todas las casa parecen la misma, llegó y tocó la puerta equivocada; era el hogar en el que habitaba una familia. El hombre de la casa -que siempre se encontraba del mal humor consecuencia de trabajar para una empresa que en ocasiones le exigía quedarse hasta tarde sin horas extras pagadas, y que por su edad y falta de estudios no podía denunciar tal abuso por miedo a perder lo que consideraba su única forma de ingreso, cuya señora e hijo sólo revelaban cierta calidad de noticias para no provocar una discusión o un regaño y que aunque jamás les golpeo, sus manos muchas veces estuvieron a punto de traicionarlo- abrió la puerta y todo el coraje retenido salió cuando y vio al hombre ebrio gritando y orinando en el bote de basura que dejaban en la entrada. Recibió varios golpes secos que lo derribaron, sin embargo logró incorporarse y mientras el señor le preguntaba a su esposa quién era ese sujeto, salió corriendo lo más rápido que pudo. Se cayó cuando al correr metió su pie en un bache. Tomó un taxi y perdió la mitad de su paga.
Sin haberla apartado de su vista recordó todo exactamente, todo el dolor y la indiferencia; inesperadamente volvió a ser consciente de su rodilla y pensó que eso es lo único que realmente había sentido en realidad ese día; un dolor primitivo que no afecta su alma, sino su ego, su vital motor de valentía; valentía que le produce honor; honor que le otorga consciencia de sí mismo; consciencia que introduce dudas sobre lo que representa su vida ante sus ojos; dudas que quiere evitar escuchando la opinión de una mujer; una mujer a la que realmente jamás ha querido. Recordó la frase de los hombres que caminaban charlando y la rechazó totalmente. “Si estoy solo es porque debo estarlo.” La miró por última vez. A partir de ese día ninguno regresó a la cafetería.
miércoles, 4 de enero de 2017
Carta a Clemencia (The middle of the world- Nicholas Britell)
Suponía que mi recuerdo no cambiaría nada y que todo seguiría tan difuso como al comienzo de lo que se pudiera denominar “nuestra historia”. Pensé en el porqué las cosas acababan súbitamente mal cada vez que teníamos la oportunidad de pertenecernos, y sin nostalgia ni enamoramiento tardío, comprendí que estábamos en momentos distantes, viviendo experiencias desiguales. Estábamos destinados a perecer frente a nuestros sentimientos mutuos, que ahora más que amor o afecto pudiera catalogarlo como añoranza. Pero ¿cómo encasillar estas emociones? Si vivo bajo el sofisma del elefante y frecuentemente mis relaciones se limitan a esa tristeza empática que se tiene ante la soledad de otro que se encuentra dilatado frente a los pantagruelicos abismos de la futilidad y la contemplación humana. Me sorprendí al retirar la vista de mi mismo y me concentré lo más posible en lo que aún recuerdo de su presencia, y traté de encaminar ese recuerdo hacia la mejor de las callejuelas donde mi mente pudiera darle un valor especial que no fuera el de sólo un recuerdo. Distraído, trate de no sucumbir a la tentación de mostrarme egoísta como siempre he sido, y contemplé la lejanía de nuestros pasos; la distancia de nuestras miradas se posó en mi hombro y me hizo dar una leve oteada hacia ningún lado porque no había nada que mirar, ni siquiera una breve semblanza de lo que pudo suponerse como un suspiro. Los poemas flotaban como abanicos tirados en el desierto ante la inutilidad que representa pelear contra lo que es infinito. Mire su fotografía y todo quedó muy claro. La belleza de los días no es lo mismo si no está, pero hay otra candidez en el alba, y respiro con la tranquilidad de que el camino que ha seguido será el correcto. El dolor de la existencia ya no me transforma, y la alegría de la vida aún es una perogrullada a la que dulcemente esquivo. La veré pronto si es posible y le recuerdo con grata ternura. Con una ansiedad distinta que no representa la satisfacción de apetitos frívolos que puedo saciar al escabiar por las madrugadas añorando encuentros inquietantes con un futuro latente que se autodestruye a cada paso que doy en falso; con esa vivacidad ausente pienso en usted. Discurro sobre la oquedad que ha dejado su ausencia sobre el supino cuerpo que me representa en el mundo, y me desconozco e imagino lo que podrá pensar sobre lo que represento en esta vía, y generalizando, como cualquiera dirá que en la ausencia de mí mismo me limito a huir en las poesías zainas que he regado ante los pasos de cualquiera que se aproxime lenta y cuidadosamente a mi alma, sin suponer que soy una trampa con piernas que encandila como un faro apagado, que en su mutismo crea una despiadada seguridad sobre la soledad del mar, logrando que ante la inevitable destrucción de su bajel, el visitante de mi isla se corrompa y viva en la entera destrucción fársica a la que lo someto, hasta que sea capaz de elevarse por encima de mí, logrando perpetuarse en mi mente como otro descalabro imprudente y despiadado del que algo tengo que aprender y en el que siempre termino hospedado sin comprender hasta donde llega mi deshumanización. Que bella definición de mí. Pero es la imagen que tengo sobre usted lo que más me inquieta, porque temiendo que usted fuera una mujer peligrosa, me di cuenta de que todo lo que quería era que la quisiera sin embustes ni engaños; que a lo único que le tuve miedo siempre fue a encontrarme con que no era capaz de vivir sin usted, y que unidos sólo lograría acechar, agazapada, la insuficiente vida que siempre he tenido y que recelo como si fuera un gran tesoro, cuando sólo es un cofre lleno de nada, en el que me la paso contando ausencia tras ausencia, anunciando a mí mismo una soledad perenne que terminaría rompiéndome los huesos hasta dejarme en nada, vuelto sólo una polvareda que se aniquila en la pulcritud del viento que se arremolina sobre los cuerpos de todas aquellas que fueran mis amantes y que con mi ausencia resplandecieron como soles empeñados en florecer lejos; ausentes de la sombra de la sombra que siempre he sido. Que vida es esta en la que le auguro lo mejor al mundo, pero me quedo corto cuando pienso en mí. Bella es esta alegría tristona que le regalo a la vida y que no es sólo una carta de amor tirada a la basura; es el testamento de lo que no fui escrito por alguien que ya ni siquiera está aquí.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
Diez poema-forismos derrotistas
Escribir es desperdiciar el alma intentando hacerla libre.
***
Todas las contradicciones que represento,
son el hambre de la vida por indefinirme.
***
Alguna vez creí que era una hombre débil.
Hoy en día estoy completamente seguro.
***
El cambio es un pesar indescriptible.
Sólo unos pocos verdaderamente cambian.
La mayoría sólo modifica la estrategia del auto engaño.
***
Es en el espacio entre el deseo y la realización
donde se esconde la felicidad y la vida.
***
Romper las reglas puede traer como regalo la libertad.
Romper las propias es regalarse excusas.
***
La soledad es un astuto proceso en él que el cuerpo reclama su independencia.
Al final, la compañía suele ser sólo la evasión a si mismo.
***
Un beso se congela cuando nace, o muere el amor.
***
Las personas no son escalones; son trampas.
***
Si los dioses fueran mortales, les llamaríamos esclavos.
miércoles, 23 de noviembre de 2016
Occhiolism
Tal vez porque soy joven
El amor para mí es un secreto;
Una inconsolable obra humana
Que se aleja cuando creo que la abrazo,
Cuando creo que la estoy viendo.
Tal vez por que soy joven
Confundo el dolor con el capricho;
Y puede que sea la ausencia,
No de otro,
De mí mismo,
Lo que me hace pedirle a las musas
Un trabajo que no les corresponde:
Amarme.
Amarme porque están en mis palabras
Y serán inmortales en mis letras
En mis días
Porque serán más que todo
Y porque han de vivir
Lo que yo jamás podría.
Una vida buena lejos de tribulaciones
De llantos obscenos
Sin complicaciones
Llenas de hermosos sueños.
Tal vez por eso las retengo lo más que me es posible
Porque en el futuro
Sólo podré volver a verlas
Si a caso el recuerdo me las describe.
Tal vez porque soy joven
El trabajo me parece ufano e insensato
por eso me fío de la inspiración
Aunque la vida ya no me inspira tanto.
Tal vez hablo de llantos, y pérdidas
De ensueños taciturnos
Y penas incongruentes
Porque no he sentido el rigor de la vida
Porque he tenido suerte
Y he podido dilatarme
Hurgando en los escondrijos de mi mente.
Tal vez porque soy joven, ansío la atención
Y vivo con el vacío del afecto y el calor humano.
Porque aunque he pasado por muchas manos
En pocos nidos me he sentido realmente amado.
Tal vez porque soy joven
He sido siempre el problema:
Pido un amor absoluto
Pido comprensión a manos llenas,
Pero yo sólo he llegado a obsequiar
Algunas risas, varios llantos y unos cuantos poemas.
El amor para mí es un secreto;
Una inconsolable obra humana
Que se aleja cuando creo que la abrazo,
Cuando creo que la estoy viendo.
Tal vez por que soy joven
Confundo el dolor con el capricho;
Y puede que sea la ausencia,
No de otro,
De mí mismo,
Lo que me hace pedirle a las musas
Un trabajo que no les corresponde:
Amarme.
Amarme porque están en mis palabras
Y serán inmortales en mis letras
En mis días
Porque serán más que todo
Y porque han de vivir
Lo que yo jamás podría.
Una vida buena lejos de tribulaciones
De llantos obscenos
Sin complicaciones
Llenas de hermosos sueños.
Tal vez por eso las retengo lo más que me es posible
Porque en el futuro
Sólo podré volver a verlas
Si a caso el recuerdo me las describe.
Tal vez porque soy joven
El trabajo me parece ufano e insensato
por eso me fío de la inspiración
Aunque la vida ya no me inspira tanto.
Tal vez hablo de llantos, y pérdidas
De ensueños taciturnos
Y penas incongruentes
Porque no he sentido el rigor de la vida
Porque he tenido suerte
Y he podido dilatarme
Hurgando en los escondrijos de mi mente.
Tal vez porque soy joven, ansío la atención
Y vivo con el vacío del afecto y el calor humano.
Porque aunque he pasado por muchas manos
En pocos nidos me he sentido realmente amado.
Tal vez porque soy joven
He sido siempre el problema:
Pido un amor absoluto
Pido comprensión a manos llenas,
Pero yo sólo he llegado a obsequiar
Algunas risas, varios llantos y unos cuantos poemas.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Súper Nada
Sabía que la gente que trabaja jamás llegaría a ser realmente feliz. Más bien persiste en declararle la guerra a la muerte porque la considera un premio tan valioso que bien valdría odiar por la misma consciencia de que tarde o temprano llegara. Han perdido el miedo, ahora la ven con el odio que se le tiene a una mujer ausente. En cambio la gente adinerada, o con una vida acomodada en la medida de lo posible, se le aparecía como la única que podría ser feliz, pero de igual manera no lo sería, por la propia consciencia de ser los únicos que podrían serlo, intentando arreglarlo en altruismos baratos y peleas perdidas desde el principio, en las que ellos realmente no arriesgan nada, o no eran felices por la falta de retos en una vida ya resuelta. Entonces, a ¿qué se limitaba su ensayo? Tal vez era otro de esos tontos que cree que hay algo nuevo que pueda ser creado con la simple erudición y el análisis minucioso. Era posible. Sin embargo una frase que oyese de su antiguo compañero de habitación despertó en él un interés ulterior al de una mera calificación inútil que sólo atribuye una cualidad estéril a los seres humanos que ociosamente se hacen llamar estudiantes. “El mundo de las satisfacciones es tan pequeño que temo sea sólo tangible para los insectos.” Era una frase estúpida. No podía esperarse más de un hombre que fumaba más de cuatro porros al día y que vivía gracias a que sus padres habían heredado una gran cantidad de dinero proveniente del padre de su madre, que en un acto de consciencia moral decidió dejar la mitad de su fortuna a la hija de su único verdadero matrimonio, después de haber desaparecido por años. Y aunque en las películas vean que la gente se niega por rencor, ofensa o simple capricho, ellos tomaron el dinero en seguida.
Aquella frase suelta, casi balbuceada le dio a Augusto un leve grado de auto-consciencia. ¿Cuál sería su felicidad? Cierto era que jamás fue una persona que se complicara meditando sobre las cuestiones de la existencia. Haber caído en el estudio de esos temas había sido un mero accidente con el que no contaba. Seleccionó filosofía como segunda opción con la confianza de que sería admitido en su primera, pero no funcionó. Y aunque no le desagrado en ningún momento jamás consideró la opción de dedicarse a la docencia, o a la investigación. Tomaba la carrera como una simple amalgama de estructuras de pensamiento que se han consolidado a lo largo del tiempo y que tienen la misma valía que un consejo o un último aliento antes de morir. La megalomanía con que se consentían todos aquellos que sentían encontraría un lugar entre los sabios, terminaba más que molestándolo, simplemente aburriéndolo. Los chistes académicos siempre le han resultado la forma más petulante del sentido del humor, y sin duda no consideraba la opción de hablarle a nadie que no le hablara a él primero. La ausencia de verdaderas satisfacciones le granjeo una visión fría que en alguna medida lo hacía obtener buenos resultados académicos. Mezclar las emociones era visto como algo malo para muchos filósofos. Era verdad con cierta seguridad. Las emociones erradican todo gesto de sensatez y sucumben ante la pereza de saberse excluidas de la realidad, en tanto se sostienen de lo que principalmente es la imaginación; recuerdos que en realidad son sólo historias de las que no tenemos seguridad de que en realidad hayan existido, o no del modo en que las proyectamos en nuestro interior, y ambiciones que se agolpan con las del resto de los mortales, dejando sólo frustraciones en el paraíso de la realización. Saber que son contadas las excepciones le atribuía cierta belleza a ese reconocimiento de aquellos que han logrado encontrarse, en el curso natural de su existencia, ausentes del resto; los incompletos, los inacabados y los perezosos.
Por primera vez experimentaba una suerte de angustia respecto a sí mismo. No le apetecía nada. Si bien el resto de los que se frustraban solucionaban su ineptitud con alcohol, a él no le apetecía en lo más mínimo. Consideraba que esa clase de evasiones son naturales en los hombres extremadamente pensantes pero que conservan un atisbo de las viejas ansias naturales de morir, tener sexo, o pelear. El alcohol ha sido la mejor evasiva del miedo y siendo una especie con constantes delirios de pacifismo, que incesantemente profesan el diálogo y han transformado a la masculinidad en una seña característica de lo arcaico y brutal, el resto de los hombres que aun conservan una cantidad plausible de testosterona se han determinado por el temor a una existencia llena de preocupaciones, y se ha visto en la necesidad de un empujón que lo despierte de su letargo salvaje.
Leía sin pasión, y miraba una película sin noción de si le interesaba el verla o el que supieran que la había visto. Y aunque el existencialismo le causaba una verdadera aburrición, no podía no considerarse dentro de esa naturaleza contemplativa, que paradójicamente no esperaba nada, pero lo deseaba todo. Así era para la comida, la televisión, las bebidas y lo que más le sorprendió al autoanalizarse tan repentinamente frente a su computadora, era su relación con las mujeres y la escritura. Sabía que no era primordialmente una persona estricta consigo mismo. En realidad el ocio era lo único que producía una clase de inspiración que aparecía en destellos breves aunque seguros. La verdad era que sólo se esforzaba cuando intentaba impresionar a alguna chica. Le gustaba que lo adoraran y se exhibía como un ser arrogante aunque la mayor parte del tiempo sintiera una angustiosa incomprensión de si mismo, porque después de un tiempo odiaba esa atención que tanto había querido. Le gustaba seducirlas lo mismo que besarlas y quererlas, y le gustaba escribirles cosas agradables que ya tenían la predeterminada fórmula de ser románticas. Sin embargo ninguna mujer había cautivado de manera certera su imaginación, o su pensamiento; para él eran algo más que una colección, o un simple divertimento, pero no eran mucho más que un ser humano que se siente solo, que añora y que en realidad se contenta con muy poco para ser humildemente feliz en una sociedad infestada de hombres que las observan como instrumentos sexuales, mientras que él se limitaba a mirarlas como un espécimen bello que alguna vez pudo ser lo mejor que ha creado la tierra. Y aunque en realidad podría considerarse como buen amante no era así porque en verdad lo deseara; para él un par de senos no eran más que costales de grasa que hemos glorificado por la primitiva noción de seguridad; eso era todo. En ese sentido siempre se comparaba con el personaje interpretado por Mathew Moddine en “Birdy”. Lo mejor de la sexualidad, según su visión, era el preámbulo, la expectativa, el erotismo de lo que aun está ausente. La consumación de todo eso era a fin de cuentas, una fechoría cándida y silenciosa que sólo podría ser reconfortante si había amor de por medio. Eso era algo que hasta el momento desconocía.
Ni la escritura, ni el sexo, ni el alcohol; las piezas claves de la cultura moderna con esa intelectualidad pauperizada, y esa ambición doliente. Consternado con el hallazgo de sí mismo se limitó soltar un poco de aire, como si se le escapase el alma. Se levantó, cogió su abrigo y salió a caminar por la calle.
Miraba a las personas con un aire de desgana, y sintió cierta pena de si mismo. Sintió que jamás sabría que era esperar a tener un hijo con verdadera ansiedad, o con arrepentimiento. Tampoco sabría lo que era esperar a una novia con impaciencia, despedirse de ella frente a su casa con el deseo ya insistente de verla de nuevo inmediatamente. ¿Qué le había hecho el hombre al hombre que lo había desnaturalizado a tal grado? Tantas historias de amor han creado un paradigma nocivo que nos impide amar como uno puede; ¿cómo uno es capaz de amar? O ¿es sólo que estamos hastiados de saber que las cosas no duran y deben perecer, y que las nociones biológicas manoseadas por páginas de Internet hechas para crear un interés falso y una identificación menguante, ahora son leyes que han determinado de forma excesiva nuestra propia voluntad?. Al caminar por el parque, justo cuando la luz del sol perecía, miró a un grupo de patos en un lago lleno de colorante azul. Los miro nadar tranquilamente, encogidos en su plumaje, siguiéndose sin la menor consternación de lo que realmente ocurría a su alrededor. Pensó en que a pesar de ser patos citadinos no habían perdido su belleza animal; se habían adaptado a un ambiente hostil y en constante evolución. ¡Evolución! Esa era la palabra clave. Si bien cada movimiento evolutivo ha tenido una profunda purga de los animales no aptos, creando un boom de natalidad que se ve en constante lucha con los cambios climáticos que se presentan en dicho movimiento, ahora, dado que los climas no sólo son climas naturales sino también políticos y sociales, los hombres (en el sentido de especie) han modificado su sentido de lucha, y tal vez la apatía o la forma fría de ver las cosas era o la evolución predilecta o tan sólo una de tantas variantes que perecerán en el camino del progreso. Recordó de pronto la relación que guarda el darwinismo en “El origen de las especies” con la consciencia de lo aztecas en el mito los cinco soles, cuyos códices ordenados de forma correcta guardan una perfecta ilustración del agua, la tierra y el fuego como elementos que se sucedieron para que la existencia arquetípica del hombre llegara hasta ahora, y como esto tenía una relación evidente con la concepción del súper hombre de Nietzsche. Era una visón de estudioso la que le daba cierto confort, y aunque se sintió asqueado consigo por un instante, pronto lo olvidó. Se miró a sí mismo como una pieza más del engranaje; simple, diminuta, carente de expresión individual; supo que todo lo que hacía era inducido no sólo por su naturaleza sino por un instintivo miedo que se transformaba en “comunicación.” Que todo lo que hacemos tiene como sello distintivo una clase de grito desesperado para compartirnos entre nosotros los leves descubrimientos de nuestras vidas. Que ante las necesidades que ya no nos preocupan porque han sido resueltas y enlatadas, nos hemos hecho cómplices de una nueva necesidad: la de permanecer y que haya quien sepa que hemos existido, pero que ante todo la necesidad de alguien para existir, sin importar quién; sólo alguien que nos lea, nos escuche, o nos quiera. Ese era su papel en el mundo, y en la escritura buscaba ese motor; dar a conocer al hombre su propia esencia, o al menos intentarlo, y en el camino conocer a las personas correctas para mostrarse tal cual es, sin máscaras ni ovaciones. Miró a las hojas de otoño rodar por la avenida, alumbradas instantáneamente por los automóviles que avanzaban rápidamente en una fría noche de noviembre. Comprendió que no hay nada más atemorizante que la soledad. Había olvidado el ensayo. Por primera vez en todo el día, o el resto de su vida, se sintió a gusto consigo mismo y con la suerte que le había deparado el destino. Se sentía tranquilo, casi podría decir que feliz. Si el mundo de las satisfacciones es tan pequeño que sólo es tangible para los insectos, en ese momento le complacía ser tan diminuto.
Aquella frase suelta, casi balbuceada le dio a Augusto un leve grado de auto-consciencia. ¿Cuál sería su felicidad? Cierto era que jamás fue una persona que se complicara meditando sobre las cuestiones de la existencia. Haber caído en el estudio de esos temas había sido un mero accidente con el que no contaba. Seleccionó filosofía como segunda opción con la confianza de que sería admitido en su primera, pero no funcionó. Y aunque no le desagrado en ningún momento jamás consideró la opción de dedicarse a la docencia, o a la investigación. Tomaba la carrera como una simple amalgama de estructuras de pensamiento que se han consolidado a lo largo del tiempo y que tienen la misma valía que un consejo o un último aliento antes de morir. La megalomanía con que se consentían todos aquellos que sentían encontraría un lugar entre los sabios, terminaba más que molestándolo, simplemente aburriéndolo. Los chistes académicos siempre le han resultado la forma más petulante del sentido del humor, y sin duda no consideraba la opción de hablarle a nadie que no le hablara a él primero. La ausencia de verdaderas satisfacciones le granjeo una visión fría que en alguna medida lo hacía obtener buenos resultados académicos. Mezclar las emociones era visto como algo malo para muchos filósofos. Era verdad con cierta seguridad. Las emociones erradican todo gesto de sensatez y sucumben ante la pereza de saberse excluidas de la realidad, en tanto se sostienen de lo que principalmente es la imaginación; recuerdos que en realidad son sólo historias de las que no tenemos seguridad de que en realidad hayan existido, o no del modo en que las proyectamos en nuestro interior, y ambiciones que se agolpan con las del resto de los mortales, dejando sólo frustraciones en el paraíso de la realización. Saber que son contadas las excepciones le atribuía cierta belleza a ese reconocimiento de aquellos que han logrado encontrarse, en el curso natural de su existencia, ausentes del resto; los incompletos, los inacabados y los perezosos.
Por primera vez experimentaba una suerte de angustia respecto a sí mismo. No le apetecía nada. Si bien el resto de los que se frustraban solucionaban su ineptitud con alcohol, a él no le apetecía en lo más mínimo. Consideraba que esa clase de evasiones son naturales en los hombres extremadamente pensantes pero que conservan un atisbo de las viejas ansias naturales de morir, tener sexo, o pelear. El alcohol ha sido la mejor evasiva del miedo y siendo una especie con constantes delirios de pacifismo, que incesantemente profesan el diálogo y han transformado a la masculinidad en una seña característica de lo arcaico y brutal, el resto de los hombres que aun conservan una cantidad plausible de testosterona se han determinado por el temor a una existencia llena de preocupaciones, y se ha visto en la necesidad de un empujón que lo despierte de su letargo salvaje.
Leía sin pasión, y miraba una película sin noción de si le interesaba el verla o el que supieran que la había visto. Y aunque el existencialismo le causaba una verdadera aburrición, no podía no considerarse dentro de esa naturaleza contemplativa, que paradójicamente no esperaba nada, pero lo deseaba todo. Así era para la comida, la televisión, las bebidas y lo que más le sorprendió al autoanalizarse tan repentinamente frente a su computadora, era su relación con las mujeres y la escritura. Sabía que no era primordialmente una persona estricta consigo mismo. En realidad el ocio era lo único que producía una clase de inspiración que aparecía en destellos breves aunque seguros. La verdad era que sólo se esforzaba cuando intentaba impresionar a alguna chica. Le gustaba que lo adoraran y se exhibía como un ser arrogante aunque la mayor parte del tiempo sintiera una angustiosa incomprensión de si mismo, porque después de un tiempo odiaba esa atención que tanto había querido. Le gustaba seducirlas lo mismo que besarlas y quererlas, y le gustaba escribirles cosas agradables que ya tenían la predeterminada fórmula de ser románticas. Sin embargo ninguna mujer había cautivado de manera certera su imaginación, o su pensamiento; para él eran algo más que una colección, o un simple divertimento, pero no eran mucho más que un ser humano que se siente solo, que añora y que en realidad se contenta con muy poco para ser humildemente feliz en una sociedad infestada de hombres que las observan como instrumentos sexuales, mientras que él se limitaba a mirarlas como un espécimen bello que alguna vez pudo ser lo mejor que ha creado la tierra. Y aunque en realidad podría considerarse como buen amante no era así porque en verdad lo deseara; para él un par de senos no eran más que costales de grasa que hemos glorificado por la primitiva noción de seguridad; eso era todo. En ese sentido siempre se comparaba con el personaje interpretado por Mathew Moddine en “Birdy”. Lo mejor de la sexualidad, según su visión, era el preámbulo, la expectativa, el erotismo de lo que aun está ausente. La consumación de todo eso era a fin de cuentas, una fechoría cándida y silenciosa que sólo podría ser reconfortante si había amor de por medio. Eso era algo que hasta el momento desconocía.
Ni la escritura, ni el sexo, ni el alcohol; las piezas claves de la cultura moderna con esa intelectualidad pauperizada, y esa ambición doliente. Consternado con el hallazgo de sí mismo se limitó soltar un poco de aire, como si se le escapase el alma. Se levantó, cogió su abrigo y salió a caminar por la calle.
Miraba a las personas con un aire de desgana, y sintió cierta pena de si mismo. Sintió que jamás sabría que era esperar a tener un hijo con verdadera ansiedad, o con arrepentimiento. Tampoco sabría lo que era esperar a una novia con impaciencia, despedirse de ella frente a su casa con el deseo ya insistente de verla de nuevo inmediatamente. ¿Qué le había hecho el hombre al hombre que lo había desnaturalizado a tal grado? Tantas historias de amor han creado un paradigma nocivo que nos impide amar como uno puede; ¿cómo uno es capaz de amar? O ¿es sólo que estamos hastiados de saber que las cosas no duran y deben perecer, y que las nociones biológicas manoseadas por páginas de Internet hechas para crear un interés falso y una identificación menguante, ahora son leyes que han determinado de forma excesiva nuestra propia voluntad?. Al caminar por el parque, justo cuando la luz del sol perecía, miró a un grupo de patos en un lago lleno de colorante azul. Los miro nadar tranquilamente, encogidos en su plumaje, siguiéndose sin la menor consternación de lo que realmente ocurría a su alrededor. Pensó en que a pesar de ser patos citadinos no habían perdido su belleza animal; se habían adaptado a un ambiente hostil y en constante evolución. ¡Evolución! Esa era la palabra clave. Si bien cada movimiento evolutivo ha tenido una profunda purga de los animales no aptos, creando un boom de natalidad que se ve en constante lucha con los cambios climáticos que se presentan en dicho movimiento, ahora, dado que los climas no sólo son climas naturales sino también políticos y sociales, los hombres (en el sentido de especie) han modificado su sentido de lucha, y tal vez la apatía o la forma fría de ver las cosas era o la evolución predilecta o tan sólo una de tantas variantes que perecerán en el camino del progreso. Recordó de pronto la relación que guarda el darwinismo en “El origen de las especies” con la consciencia de lo aztecas en el mito los cinco soles, cuyos códices ordenados de forma correcta guardan una perfecta ilustración del agua, la tierra y el fuego como elementos que se sucedieron para que la existencia arquetípica del hombre llegara hasta ahora, y como esto tenía una relación evidente con la concepción del súper hombre de Nietzsche. Era una visón de estudioso la que le daba cierto confort, y aunque se sintió asqueado consigo por un instante, pronto lo olvidó. Se miró a sí mismo como una pieza más del engranaje; simple, diminuta, carente de expresión individual; supo que todo lo que hacía era inducido no sólo por su naturaleza sino por un instintivo miedo que se transformaba en “comunicación.” Que todo lo que hacemos tiene como sello distintivo una clase de grito desesperado para compartirnos entre nosotros los leves descubrimientos de nuestras vidas. Que ante las necesidades que ya no nos preocupan porque han sido resueltas y enlatadas, nos hemos hecho cómplices de una nueva necesidad: la de permanecer y que haya quien sepa que hemos existido, pero que ante todo la necesidad de alguien para existir, sin importar quién; sólo alguien que nos lea, nos escuche, o nos quiera. Ese era su papel en el mundo, y en la escritura buscaba ese motor; dar a conocer al hombre su propia esencia, o al menos intentarlo, y en el camino conocer a las personas correctas para mostrarse tal cual es, sin máscaras ni ovaciones. Miró a las hojas de otoño rodar por la avenida, alumbradas instantáneamente por los automóviles que avanzaban rápidamente en una fría noche de noviembre. Comprendió que no hay nada más atemorizante que la soledad. Había olvidado el ensayo. Por primera vez en todo el día, o el resto de su vida, se sintió a gusto consigo mismo y con la suerte que le había deparado el destino. Se sentía tranquilo, casi podría decir que feliz. Si el mundo de las satisfacciones es tan pequeño que sólo es tangible para los insectos, en ese momento le complacía ser tan diminuto.
miércoles, 26 de octubre de 2016
A Constanza
Las confesiones románticas neo-epistolares, tienen
como base la simple y recalcada idea que tenían las cartas en el buzón-
aunque el papel tiene un mejor sabor-. Las yemas de los dedos ya sólo
acarician rupturas estériles donde el contacto es frío y agobiante;
necesitan de la inasequible seguridad de haber sido tomado en manos de
aquel/aquella que nos hiciera trabajar la imaginación augurando en su
trabajo el mejor de los escenarios. La imaginación es histriónica, pero
no sabe detenerse, ni con los aplausos.
Pero después de todo, es imposible arrancarse esta naturaleza adquirida
de saborear un teclado; algo frígido, pero cumpliendo su función.
Como dije, estas relaciones neo-epistolares cumplen un fin magnánimo, a
pesar de que en muchos casos la parquedad del discurso que se
implementa, derogativamente, por parte de algunos individuos cuyo
carácter y pulsión vital no llega más que sentencias en extremo breves
que sólo señalan lo ya evidente: la belleza, puedan hacer de este medio
de expresión una simple charla interna: como si alguien estuviese
hablando, mientras carga un espejo, y nosotros sólo pudiésemos
concentrarnos en el reflejo.
Escribir más que hechos irrefutables puede llevar más tiempo, pero
cumple ese cometido epistolar: acercar con la belleza de la imaginación,
un sentimiento noble que crece al otro lado de un mundo donde no se
espera ver nada más que el amanecer para poder dormir. Aunque tal vez,
de manera irresistible, se sueña con que la noche posponga la huida y
permita que por magia, o por destino; casualidad, la persona que por
accidente sonría con dicho parloteo aparezca de repente.
martes, 11 de octubre de 2016
Tareas para mañana
No sucumbir a la desesperación.
Dar tragos largos al sol,
y repetirse a regañadientes
mientras le sirves un trago a un hombre calvo:
No lo arruines.
Saber despertar sin resacas.
Saber despertar sin una mujer esperando algo de ti.
Saber comer correctamente.
Dejar las pastillas.
Disimular el dolor
y emular el llanto
para que los tontos no pregunten.
Dormir temprano
ser puntual
matar al menos un demonio antes de soñar
correr
reventarse los pulmones
caer rendido a la fantasía de uno mismo.
Despertar creyendo que te amas.
Ver el sol entre las ramas
sonreír porque la vida sigue
y recordar lo que se ha muerto.
El abuelo
el amor
las amistades amargas
"the house of the rising sun".
Volver al jazz y a practicar piano.
No desear una mujer tras otra.
...
Seguir con las mujeres;
son buenas.
No perder más dinero
o tiempo.
En especial dinero.
Respirar profundo.
Los días pasan y la sangre aun corre,
y lo hecho hecho está.
El perdón nunca llega de los charcos de agua;
cuando los miras sólo ves suciedad.
Sólo te ves a ti.
Ignorar eso. Ignorar esto.
Volar al inicio... y callar.
martes, 27 de septiembre de 2016
Críticas tardías: Guëros.
La primera vez que vi la película estaba en la FES Acatlán. Sentarme solo, escuchar las bocinas garraspeantes de un auditorio que intenta formar parte del mundo actual y que de vez en cuando ofrece algo que vale la pena, ver una película hecha para universitarios, me hizo contemplar elementos diversos que formaron una buena opinión sobre la película. Después de muchos meses de haberme enamorado de ella, la conseguí en la lagunilla tal y como lo prometió uno de esos ‘conocedores’ de cine que se ponen afuera de una tienda que tiene un sillón donde la gente puede ir y sentarse para beber unas caguamas; el sujeto me dijo <<cuando la veas en un puesto, significa que va a estar en todos lados. Los pinches cineastas de hoy prefieren vivir de los festivales, y se cuelgan de ellos lo más que se pueda. Viajan y la promocionan como la gran cosa, en vez de sacar el baro para poder distribuirla en el país, porque saben que aquí hay piratería, pero ¿quién hace la piratería? La gente que trabaja en los estudios. Nada más. Para cuando llegan a salir en DVD la gente ya hasta se olvidó de su película. Así le pasó a “La dictadura perfecta”>>. Es obvio que adorné sus palabras, porque para ese entonces él y yo ya llevábamos muchas cervezas encima. Pero esa era la idea general. Y tal y como lo dijo, cuando vi “Güeros” en el primer puesto de la entrada al tianguis, la vi omnipresente al lado de “Straigth Outta compton“. Al verla en mi casa me percaté de que ya no me parecía tan agradable. Que esa pequeña oda a al Distrito Federal, que la música de Agustín Lara, que la poesía y la autocrítica al cine ya no me parecían los ángulos rutilantes de un diamante que se dirigía a la perfección de manera tan repentina que incluso parecía que veía a Ruizpalacios como un hombre que podía detener el estanco del cine nacional. Cuando la vi por segunda vez pensé que en realidad sólo era una película para universitarios; anécdotas ociosas que se difuminaban en el centro de la historia, que en realidad es muy simple: cómo combatir el aburrimiento en la capital. Esta idea hizo que algunos críticos o criticones [dependiendo quién lo vea]- como Kristoff Raczynski- la considerara una película tibia, y tiene razón para creerlo. La película parece no dar un tema, o una idea que pudiera debatirse, sino más bien sólo presenta situaciones que carecen de una lógica elemental con la cual se construya una historia que no tenga como base la mera ejemplificación del ocio como argumento fantástico y que entonces convierte toda la pieza cinematográfica en una mera amalgama de imágenes atractivas que le dan el soporte que le falta a la historia como tal. Todo ese romance estudiantil hacia películas que exploren el lado más profundo de algo como las huelgas y las marchas, e incluso generalizándolo un poco más, todo lo que represente algún movimiento juvenil como por ejemplo en “Quadrophenia” (en la cual no hay nada de positivo en el ambiente), suele llamar la atención de una juventud desesperada por encontrar una identidad que le diga que forma parte de algo más que una formación académica rígida que somete las aspiraciones individuales de las personas, y las transforma en meros instrumentos al servicio de las instituciones (en el mejor de los casos). Es fácil comprender por que un público joven es el centro de la glorificación de la película.
Sin embargo, yo seguía considerando-como chilango que soy- que no había película que hablara tan bien del distrito federal y sus alrededores, ya que regularmente las historias que exponen en el cine nacional se centran estrictamente en los ambientes sociales y el choque entre clases( que también aparece en la película). Por que… seamos honestos, eso es de lo único en lo que regularmente hablamos. Si no estamos hablando de asaltantes, secuestradores, carencia, marginación, corrupción, pobreza, impunidad, narcotráfico, en fin, en cualquier elemento infausto que nos rodee, parece que sentimos que no estamos viendo una película mexicana (a excepción de esas películas que intentan ser un símil de las comedias románticas Norte Americanas). Esto me hacia darle un lugar aceptable dentro de mis gustos personales, por lo cual la vi una vez más.
La tercera vez que vi la película pude captar elementos que complementaban lo que ya había visto la primera vez y me pareció una mejor película todavía. La idea de darle preponderancia al audio, a todos los sonidos ambientales de un encierro, a el sonido de la respiración en un beso deseado, al ataque de pánico tras la falta de actividades, es lo que hace que uno ponga atención a los detalles de la vida cotidiana que nos muestra la película, y también sirvió para recordarnos que a veces en el cine se nos olvida la importancia del audio. Comencé a pensar que el guión de Ruizpalacios y Gibran Portela (Autor de “La jaula de oro”) no estaba tan mal después de todo, pero entonces pensé que al final esos grandes detalles son cosa de post-producción (la cual tardo cerca de dos años). La fotografía también es agradable, y se sirve de un blanco y negro que le ayuda bastante. Las actuaciones son convincentes y el ambiente estudiantil es retratado de una forma muy similar a como pasa en la universidad publica de nuestros días. También hay buen uso de la música. Pero en general sigo dudando del motor que inspira a los personajes, ya que la convicción con la que se manejan es completamente opuesta a lo que veníamos viendo desde un principio, y las situaciones que los rodean son en su mayoría sólo ambientaciones que bien podrían no estar ahí y no cambiarían en nada la historia de la película, o lo que es igual, muchas escenas están ahí nada más para agregarle el toque de Road-movie que querían presentar.
Y para terminar, hay un tema que si es interesante dentro de la película más allá del ocio puro. La cuestión racial es algo de lo que no nos hemos desprendido. La separación de identidades mediante la selección por el color de piel y el valor que se le atribuye a la descendencia racial es todavía un elemento que afecta a la concepción de una alianza social. Estas distinciones pueden ser sin dolo, por mera costumbre, o pueden hacerse para denotar las aparentes deficiencias argumentales de las personas que expongan ideas que según el color de su piel no le pertenecen. Y es curios que tanto el título como la palabra sean sólo una cohesión anecdótica y no sea el elemento central de la historia base, que es la búsqueda de Epigmenio Cruz. De cualquier manera es una película recomendable para estudiantes universitarios, y puede ser que cada que lleguen nuevas generaciones podrán sentirse identificadas con la película y es probable que por esa razón llegué a no desaparecer tan fácilmente del imaginario colectivo estudiantil.
Sin embargo, yo seguía considerando-como chilango que soy- que no había película que hablara tan bien del distrito federal y sus alrededores, ya que regularmente las historias que exponen en el cine nacional se centran estrictamente en los ambientes sociales y el choque entre clases( que también aparece en la película). Por que… seamos honestos, eso es de lo único en lo que regularmente hablamos. Si no estamos hablando de asaltantes, secuestradores, carencia, marginación, corrupción, pobreza, impunidad, narcotráfico, en fin, en cualquier elemento infausto que nos rodee, parece que sentimos que no estamos viendo una película mexicana (a excepción de esas películas que intentan ser un símil de las comedias románticas Norte Americanas). Esto me hacia darle un lugar aceptable dentro de mis gustos personales, por lo cual la vi una vez más.
La tercera vez que vi la película pude captar elementos que complementaban lo que ya había visto la primera vez y me pareció una mejor película todavía. La idea de darle preponderancia al audio, a todos los sonidos ambientales de un encierro, a el sonido de la respiración en un beso deseado, al ataque de pánico tras la falta de actividades, es lo que hace que uno ponga atención a los detalles de la vida cotidiana que nos muestra la película, y también sirvió para recordarnos que a veces en el cine se nos olvida la importancia del audio. Comencé a pensar que el guión de Ruizpalacios y Gibran Portela (Autor de “La jaula de oro”) no estaba tan mal después de todo, pero entonces pensé que al final esos grandes detalles son cosa de post-producción (la cual tardo cerca de dos años). La fotografía también es agradable, y se sirve de un blanco y negro que le ayuda bastante. Las actuaciones son convincentes y el ambiente estudiantil es retratado de una forma muy similar a como pasa en la universidad publica de nuestros días. También hay buen uso de la música. Pero en general sigo dudando del motor que inspira a los personajes, ya que la convicción con la que se manejan es completamente opuesta a lo que veníamos viendo desde un principio, y las situaciones que los rodean son en su mayoría sólo ambientaciones que bien podrían no estar ahí y no cambiarían en nada la historia de la película, o lo que es igual, muchas escenas están ahí nada más para agregarle el toque de Road-movie que querían presentar.
Y para terminar, hay un tema que si es interesante dentro de la película más allá del ocio puro. La cuestión racial es algo de lo que no nos hemos desprendido. La separación de identidades mediante la selección por el color de piel y el valor que se le atribuye a la descendencia racial es todavía un elemento que afecta a la concepción de una alianza social. Estas distinciones pueden ser sin dolo, por mera costumbre, o pueden hacerse para denotar las aparentes deficiencias argumentales de las personas que expongan ideas que según el color de su piel no le pertenecen. Y es curios que tanto el título como la palabra sean sólo una cohesión anecdótica y no sea el elemento central de la historia base, que es la búsqueda de Epigmenio Cruz. De cualquier manera es una película recomendable para estudiantes universitarios, y puede ser que cada que lleguen nuevas generaciones podrán sentirse identificadas con la película y es probable que por esa razón llegué a no desaparecer tan fácilmente del imaginario colectivo estudiantil.
martes, 13 de septiembre de 2016
Perpetua Displicencia
Los días se convierten en letras,
en espasmos cobrizos
que se arrojan al
tiempo
como se arroja a un condenado al cadalso.
Y la sombra de la compañía,
acechando,
se envilece y es silencio.
La noche muestra lejanía,
y el día no representa inicio;
sólo una perpetua displicencia
al engaño del sueño,
que se desea,
cada vez con más fervor,
sea tajante e irresoluto.
martes, 30 de agosto de 2016
El Golden Retriever
Había visitado demasiadas tiendas de mascotas y le parecía que aquello era un problema serio. Durante todo el día recordó el video de un perro siendo quemado vivo. Le parecía algo increíble. Pero al mismo tiempo se sentía preocupado de no sentir la menor empatía por el animal. No le causaba placer verlo sufrir, pero tampoco lo incomodaba. Simplemente parecía que su sensibilidad se había disuelto en el fondo de su alma y la había evacuado al amanecer. Decidió que compraría un perro, pero en cada tienda sólo veía a los mismos inocentes animales, enjaulados con la esperanza de vivir unos pocos días antes de que se encontraran solos sin mayor atención que la que tiene un poste de luz. Pensó en su amiga la cual le dijo de manera amable, recurriendo a la pasividad agresiva de los protectores de animales, que no era bueno comprarlos habiendo tantos que adoptar. Pero ¿no eran esos perros enjaulados también víctimas de la misma explotación? ¿De alguna manera eso no ponía en juego la moralidad de aquellos que dicen que nadie tiene más derecho a vivir que otro, sino que la vida humana y animal es de igual valor? ¿Por qué si es así, esos veinticinco perros de todas las tiendas a las que acudió tenían que ser la carne de cañón, o el sacrifico por la causa? Además otras preguntas captaron su atención. ¿Era en verdad adoptar un perro lo que lo sensibilizaría? ¿Y si él mismo era un psicópata que le haría daño a una pobre criatura apenas tuviera la oportunidad de verla sola e indefensa? ¿Era necesario caminar, o pudo haber tomado un micro o un taxi? ¿ La comida china en realidad contiene animales callejeros? ¿eso es realmente malo? ¿Ser comido es peor que ser golpeado, humillado, contaminado y hasta explotado? Mientras cavilaba se encontró con los ojos de un cachorro de Golden Retriever, y pensó que todas esas era excusas para maltratar a los animales haciéndose moralmente aceptable darles un “uso” dentro de nuestra sociedad; un uso que no es comparable al incondicional amor de gente sola que ante la impotencia de ser socialmente activos se limitan a hablar con alguien que jamás les dirá “¡Lárgate, me molestas!”, sólo por el compromiso existencial que representa la necesidad de alimento. Era una buena objeción. Sin embargo al ver y comparar los precios de los accesorios, vacunas, croquetas, medicinas, juguetes e incluso el costo de los perros en las tiendas, decidió simplemente no volver a ver videos de animales siendo torturados.
martes, 16 de agosto de 2016
Lisa Gerrard & Pieter Bourke - Shadow Magnet
00:17
Vas por la calle y ves a esa gente bonita que camina directo al café,
hablando de una película extranjera que vieron en la cinéteca. Los ves
sonriendo. Al llegar al café hablan de la película, del buen actor, del
argumento social y el impacto visual de la propuesta, mientras beben
café acompañado de pastelillos empalagosos que dejaran a la mitad; no
creerán una obligación económica terminarlo y pagarán la cuenta sin
problemas. Tomarán un Uber para llegar a la casa en donde se está
gestando una fiesta. Comprarán una cerveza pues la mayoría está fumando
marihuana y al terminar beberán té, mientras hablan de la película que
vieron, de la ecología, de todas las actividades culturales y deportivas
que realizan, de que el abuelo de alguno conoció a Carlos Fuentes en
Francia mientras que el tuyo murió como un alcohólico en la plancha del
seguro social, de cómo han viajado y que lugares son más lindos, y tu
piensas en la ciudad en la que estás atorado; hablaran del gobierno, de
la impunidad y la corrupción, tomarán sorbos de té mientras comen
galletas y hablan de todos los colectivos universitarios a los que
pertenecen y las propuestas activistas que tienen; saldrá a colación lo
de las marchas pacíficas, ignorando lo que es estar detenido o el poder
de los intereses, la corrupción de los intermediarios, y el miedo de
perderlo todo; hablaran del profuso desprecio que tienen por los bienes
materiales mientras se acurrucan en el departamento pagado por sus
padres donde ellos juegan a la casita sin responsabilidades que
realmente expriman sus bolsillos; charlarán de otros idiomas y cosas
verdaderamente interesantes que desconoces porque tu educación fue
precaria y cuando no te escondías del bully de tu clase te escondías de
tu padre para no recibir un cinturonzazo; hablaran de la mala educación y
la apatía y de otros temas sociales que jamás les afectaron ni les
afectarán; sentirán la culpa que sienten los niños ricos de hoy al
pertenecer al sector petimetre del país, e intentarán generar con la
empatía la concepción insuficiente que tiene sobre la carencia. Te verás
a ti mismo como una obra de caridad, como un experimento social, verás
tus manos callosas, que no sirven sólo como ornamenta del celular que no
tienes y de la mermelada orgánica que nunca consumes, te mirarás al
espejo y sabrás que no perteneces ahí; ese no es tu lugar en el mundo.
02:27
Te vas y caminas por las calles aledañas extrañando el olor a cloaca
que expide tu banqueta. Avanzas meditando ¿qué estoy haciendo? ¿a dónde
me conduce esta vida? Soy sólo el pobre diablo al que le ofrecieron
buen sexo y esperó demasiado y ahora tiene que quejarse después de
haberlo destruido todo; después de haber arruinado todo como siempre,
pues es la única forma en la que siente tener el control de su vida.
Sólo fui el chico malo de las películas a quien la mujer le cae
sorpresivamente para después botarlo porque era un problema. Todo el
mundo tiene una telenovela en su cabeza sin darse cuenta. Soy el invento
y la exageración que ha introducido la literatura romántica; soy el
drama clásico del adiós repentino, y las salidas abruptas. Sólo faltó
azotar la puerta. De camino ves a toda esa gente que está despierta
desde las cinco de la mañana para ir a trabajar. Miras la pulquería
donde la conociste y deseas no haberla visto, deseas haberte quedado
solo con el que pintó el mural de “La paloma azul”, y consecuentemente no haberte presentado después de darle tu lugar en la mesa comunitaria. Sabes que
sólo te sentiste atraído físicamente por su manera tan pura de
introducirse a la inmundicia, pero nada más. Era lo más bonito que
habías visto desde hacía mucho tiempo, pero suele pasar, no hay porque
hacer un gran alboroto cuando un ángel pasa y bebe a nuestro lado; si
nos fijamos detenidamente, siempre hay uno. Ves al tipo de la muletas
que anda por cualquier lugar, con la goma pegada a la madera casi
podrida, y tu sigues igual que él. Te hundes en la noche mientras ves
salir autos de los hoteles, y sigues caminando esperando que a cada paso
estuvieras más cerca de una respuesta que no sea sólo otro pozo sin
fondo; esos a los que ya estás acostumbrado escalar. Recuerdas sus
besos, y su entrepierna, su manera hippie de andar y de vestir,
recuerdas las cosas lindas que hizo brevemente, y la amabilidad de sus
amistades, las que en el fondo preguntaban “¿Por qué diablos estás con
ese tipo?”. Eres un secreto entre las calles que va pasando invisible a
la destrucción. Sólo eres movimiento en el asfalto.
Llegas a la
conclusión de que tu eres el problema, pero te han mentido, y de alguna
manera eso te molesta. Es como tirar veneno en tus venas. Sabes que
extrañarás el sexo, y las gratas pláticas por la madrugada; que
extrañarás que alguien te diga que te quiere, aunque no sea cierto. Y
mientras las luces de la ciudad te vuelven una pequeña luciérnaga que se
funde con el concreto dejando detrás de sí una amargura casi punzante,
piensas en que en este momento ella duerme, y el camino que dejaste
atrás es sólo otro de esos caminos que nadie va a seguir. Piensas en su
poema, en sus obsequios y en lo que jamás podrás ofrecerle. Finalmente
llegas al barrio más cercano al tuyo, donde sabes que no es bueno andar
meditando de noche. Entras con la esperanza de que algún mal nacido
salga de entre las sombras y te recuerde quién eres, y por qué estás
vivo. Pero eres un bastardo con suerte que ha sobrevivido a los asaltos,
y las caídas, y a las chicas que haz desperdiciado. Te da miedo la
inmortalidad. Ves que las sombras son amistosas, y que los locales no
albergan gente desnudando su alma hasta convertirse en bestias. Tus
pasos son largo pero calmos. Al bajar el puente esperas que el conductor
siguiente esté ebrio, y en un volantazo arriesgado acabe con tu
existencia. Pero tanta muerte en tu cabeza te hace temer por todas esas
cosas que te perderás si te consumes entre los rezos de esos rosarios en
los que tu no crees. Entonces caminas a prisa. Vuelves a encontrarle
valor a tu vida así de simple. En ese juego fluctuante en el que nos
encontramos la mayoría de los infelices que se la pasan dilapidando el
tiempo en maldecir sus aptitudes y privilegios. Todos somos iguales. Comienzas a pensar en darle otro
camino a tu vida, pero después piensas, ¿por qué?, ¿porqué si la gente
dice que soy inteligente, debo hacerles caso para que al final puedan estar
orgullosas de algo que no les pertenece? “Yo conocí a ese tipo”, “Ese es
mi hijo”.¿ Dónde estaban cuando casi muero, o cuando veía fluir a las
nubes como perras depresiones infinitas? Pero después la soberbia se
apaga pues te miras como en realidad eres. Eres un pobre diablo que
camina por la madrugada con una mochila en la espalda después de haber
dejado a la gente más educada que has conocido. ¿Dónde está el ingenio ahora?, ¿dónde estabas tú cuando casi mueres y te regodeabas en tu miseria? Entonces caminas un poco
más hacia la única tienda que sabes que está abierta, y ves a los vagos
del barrio bebiendo cerveza y moneando; te saludan mientras pagas tu
caguama con importe. Caminas por la calle hasta el final del camellón y
ves esas vecindades rancias en las que tienes a un viejo amigo de la
primaria vendiendo cocaína a los transeúntes. No está para saludarte,
pero eres parte de ese barrio, y ya nadie te da problemas. Cuando estás a
punto de llegar a tu casa ves a las prostitutas que tienes por vecinas,
van saliendo de un taxi sumamente ebrias y admiras el valor que tienen
para estar ebrias con tacones puestos.
Subes, te sientas en las escaleras mientras ves al sol salir en un día nublado dejando todo de un color azul hermoso. Abres la cerveza que acabas de comprar, y mientras tus pies palpitan de cansancio, y tus pulmones aún respiran profundo le das un trago, y sabes que no te podría ir mejor. O al menos, mediocremente, eso es lo que piensas. Y así como la vida, el día llega, y tu estabas muy ebrio, enojado y dormido como para darte cuenta.
Subes, te sientas en las escaleras mientras ves al sol salir en un día nublado dejando todo de un color azul hermoso. Abres la cerveza que acabas de comprar, y mientras tus pies palpitan de cansancio, y tus pulmones aún respiran profundo le das un trago, y sabes que no te podría ir mejor. O al menos, mediocremente, eso es lo que piensas. Y así como la vida, el día llega, y tu estabas muy ebrio, enojado y dormido como para darte cuenta.
martes, 2 de agosto de 2016
A Isabel
La mujer no es un poema en si misma.
Ella sola es carne y viento
Es el movimiento entre la cenizas de los hombres.
Ella sola es carne y viento
Es el movimiento entre la cenizas de los hombres.
El poema está en sus manos
Sujetando delicadamente el vacío
Entre las grietas de tus dedos.
Sujetando delicadamente el vacío
Entre las grietas de tus dedos.
El poema está en sus labios
Diciendo la mentira
La que duele
La que inspira
La mentira del sueño
Del amor
Diciendo ese autoengaño
Con una voz que hace
Que dudes por un momento.
Diciendo la mentira
La que duele
La que inspira
La mentira del sueño
Del amor
Diciendo ese autoengaño
Con una voz que hace
Que dudes por un momento.
El poema es ese momento
En el que sus ojos gritan que te quedes
Que no vayas
Que no bebas
Que no riñas
Que la abraces hasta que sus párpados,
Cansados
Como abanicos suaves
Que susurran el polvo de tus penas,
Te liberen,
Pero haciéndote preso de su silencio
De las muecas que hace de cara a la almohada.
En el que sus ojos gritan que te quedes
Que no vayas
Que no bebas
Que no riñas
Que la abraces hasta que sus párpados,
Cansados
Como abanicos suaves
Que susurran el polvo de tus penas,
Te liberen,
Pero haciéndote preso de su silencio
De las muecas que hace de cara a la almohada.
Y de vez en vez despierta para saber que aún sigues
Que sus largas piernas pueden más
Que la voluntad de mil hombres
Que sus blancos senos son más dulces
Que toda la lluvia aniñada en el cielo.
Que sus cicatrices son más bellas cuando las besas
Que todo lo que aspiras son sus venas,
Y su alma,
Y es su sueño,
Cuando acaricias con todo tu cuerpo
Ese poema que es una mujer
Cuando alguien la descubre.
Que sus largas piernas pueden más
Que la voluntad de mil hombres
Que sus blancos senos son más dulces
Que toda la lluvia aniñada en el cielo.
Que sus cicatrices son más bellas cuando las besas
Que todo lo que aspiras son sus venas,
Y su alma,
Y es su sueño,
Cuando acaricias con todo tu cuerpo
Ese poema que es una mujer
Cuando alguien la descubre.
Antes de todo eso sólo es una bella alegría
Antes del hombre la mujer era mucho más que un verso.
Antes del hombre la mujer era mucho más que un verso.
martes, 19 de julio de 2016
Soledad
Mientras la estupidez se inmortaliza
en los rostros insulsos de las bestias,
se paraliza la voz del hombre, que ya una vez hecho ceniza,
se caracteriza por las trizas de su ausencia.
Ni la sombra más pesada
ni tampoco la voz del viento
son capaces de contener la frígida y osada
lágrima de un nuevo dolor en un rancio padecimiento.
¡Oh! soledad; palpable y suave como una mejilla
¿dónde llevarás a los hombres que adolecen?
esos que alguna vez sonreían a hurtadillas
escapando de tu yugo. Esos mismos hombres que hoy perecen;
esos hombres a quiénes justificas y tanto añoras;
viejas esporas de amargor perenne.
Pasan los rostros montados sobre las horas:
jamás entenderé por qué te necesito, ni de dónde vienes.
Tú me conoces bien, o al menos eso pretendes.
Jamás entenderé de dónde vienes, ni por qué te necesito;
creo que entre tantas eres la única que comprende
que no hay hombre más solo que aquel que deja todo escrito.
en los rostros insulsos de las bestias,
se paraliza la voz del hombre, que ya una vez hecho ceniza,
se caracteriza por las trizas de su ausencia.
Ni la sombra más pesada
ni tampoco la voz del viento
son capaces de contener la frígida y osada
lágrima de un nuevo dolor en un rancio padecimiento.
¡Oh! soledad; palpable y suave como una mejilla
¿dónde llevarás a los hombres que adolecen?
esos que alguna vez sonreían a hurtadillas
escapando de tu yugo. Esos mismos hombres que hoy perecen;
esos hombres a quiénes justificas y tanto añoras;
viejas esporas de amargor perenne.
Pasan los rostros montados sobre las horas:
jamás entenderé por qué te necesito, ni de dónde vienes.
Tú me conoces bien, o al menos eso pretendes.
Jamás entenderé de dónde vienes, ni por qué te necesito;
creo que entre tantas eres la única que comprende
que no hay hombre más solo que aquel que deja todo escrito.
martes, 5 de julio de 2016
Un rinoceronte negro vio correr a un perro
Hace ya mucho tiempo que murió mi padre. Discutimos muchos años, y durante muchos años hubo silencios incontenibles sobre al mesa, al crujir del pan, y al tronar de los platos que envejecen con cada cuchareo, pero jamás he sentido un silencio tan amargo e insalubre, como el que siento el día de hoy.
Mi esposa hace un rato que me ha dejado ¿Te fijas en como es que las concepciones del tiempo ante el dolor, se transforman en cálculos imprecisos que nada dicen? Digo “Hace mucho”, “Hace tiempo”, “Ya buen rato de eso”, pero todo es impreciso. Recordar fechas y hora exacta no sería imposible para la memoria, pero si para el espíritu. Terrible contradicción del existir.
Acaban de publicar mi primera novela. Detesté esa novela, pretenciosa y amarga como mis calcetines, pero estaba más harto de mi empleo en la oficina de edición de los libros baratos de esa maldita Elena Rivlanowska. Esa zorra; prostituyendo los milenarios esfuerzos de antepasados orientales para crear un lenguaje lo más cercano a lo inmortal... Y ella viene con sus novelas románticas para adolescentes acabados por la televisón que sólo pretenden instruirse de manera superficial para posar en Instagram o alguna de esas cosas en las que se pregonan como sex-symbol, sin nociones de una verdadera vida sexual; sólo asimilándose como trozos de carne que comen carne, y que no aspiran a más que a un orgasmo incompleto. Incluso la novela que publiqué fue mucho mejor que toda la bibliografía de esa estúpida. Aunque hace el mejor sexo oral que una mujer de trasero paliducho puede hacerle a un cerebro desarrollado. Qué inútil soy. Quejándome sobre esa mujer que nada significa para mí; faltándole al respeto, sólo porque el silencio es amargo, espeso, asfixiante. Eres capaz de todo para sentir que aun estás vivo.
Siempre había mirado el techo de mi casa, y había logrado acostumbrarme a sus imperfecciones, reconociéndolas como parte de mí, y no como parte de una casa. Veía pequeñas figuras que siempre se me asemejaban a rostros, a veces muy humanos, otras no tanto, pero siempre y por muy tétricos, amistosos, y divertidos, como la cara de gato que se hace entre la fisura de dos mosaicos amarillentos con líneas rojizas y blanquecinas en el suelo; o esa cara de anciano que se forma de las grietas de humedad en la pared frente a mi comedor; hay un conejo a un lado de la llave de la regadera. Hoy ninguno está, como si se los hubiera tragado el miedo a verme así de solo. A veces los amigos te abandonan porque temen verte tan solo que ni con su compañía sean capaces de animarte. El techo hoy estaba pulcro, sin vida, inmaculado en su deshumanización.
El teléfono sonó a medio día, y me contaron la gran noticia de mi publicación. Después entró la llamada de mi hermana, que estaba muy contenta para ser el aniversario luctuoso de mi padre, razón por la cual me llamaba. Su felicidad radicaba en que dos días antes su novio le pidió matrimonio. El era un hombrecito bajo, de lentes, casi calvo, que usaba un chevy de dos puertas para viajar por todo el país, en busca de aventuras y comunidades autóctonas. Siempre traía trozos de otras tierras consigo. No es metáfora. Tomaba trozos de tierra y los metía en cajas de plástico. Su casa parecía una excavación hecha por misofóbicos. Mi hermana ya tiene cuarenta años. Es su último tren, mejor tomar un puñado de tierra y aventarlo al cadáver de la soledad sufrida por cuidar de mi madre durante los últimos diez años con vida, después del cáncer, que se complicó en cuestión económica cuando a mi padre le detectaron un soplo en el corazón. Esas cosas pasan a los viejos. Carne que se pudre con los años, sólo eso somos.
Al salir por cigarrillos recuerdo que vi a Enrique, comprando dos cajetillas de "Delincuentes". Enrique es mi vecino. Siempre me sentí mal por acostarme con su mujer una noche en que el no estaba y lo fui a buscar para beber. Desde entonces no iba a su casa por un trago, pues temía que en la borrachera se me escapara la verdad. Él me reprochó eso, con una sonrisa, temiendo que el hubiera hecho algo malo. Le prometí que pasaría hoy en la noche. Yo iba por unos “Lucky”. Me tropecé con un perro al salir de la tienda. Me hizo gracia. Luego vi al pequeño perro caminando despreocupado, arrastrando la correa y dirigiéndose rumbo hacia la primaria donde alguna vez estudié, a quince pasos de mi casa, la que siempre fue mi casa, la que siempre odie, y siempre estuvo aquí, acorralándome, y acariciándome sin temor al rechazo. Detrás del perro iba un niño en shorts, y con una playera bastante sucia. Detrás de el, la que supuse su madre. Vestida con un pantalón pegado que le resaltaba las nalgas, con tacones altos, y una blusa color rosa; muy bien maquillada y con el cabello ondulado meneándose entre las madres que venían del mercado, o del trabajo, o de hacer la comida; cabellos enmarañados, pants, y gorras, paño en la cara, y esa mirada de abnegación. El carrito de los barquillos pasó muy cerca de mí. Pude ver las canas de un hombre al que alguna vez vi de la edad de mi unico hijo, ahora en Janitzio, viviendo lo que yo me perdí, por ser un citadino enclaustrado en la suciedad de su aire. Recordé a mi abuela, gritando mi nombre para que las maquinitas no fueran a tragarse todo su dinero. Desde niños tenemos vicios. Nada nos impide encontrar un suplemento. Se me antojó una cerveza y fui a comprarla a la tienda. Compré dos caguamas para pasar la tarde, escribiendo y pensando. Al subir, comencé a olvidar mi nombre. No lo pensé, simplemente pasó. Mis movimientos no se coordinaban de manera alguna, y al abrir la puerta, colgar las llaves, cerrarla e intentar llegar a la mesa, me desplomé. Desde que salí a la calle presentí que algo así pasaría. Lo puedes presentir, como los segundos antes de un temblor maximizados en minutos; como una ruptura amorosa después de un año de “intentarlo”; que lo esperes, no le quita la extrañeza; pareciera más que te quedas inmóvil ante el desconcierto que ante la muerte.
Tal vez un derrame cerebral, o algo, pero lo que si es seguro, es que nadie limpiará la cerveza del piso, y nadie encenderá esos cigarrillos; entonces recordé a mi padre diciéndome unos días antes de morir: “Nadie sabe como se siente la muerte. Para cuando la ven, es muy tarde para hablar”. Pero este silencio enfermizo, parecido al que hubo cuando mi padre pronunció su última frase lúcida me ha hecho hacer lo imposible. Dentro de los límites encontré una oportunidad, y la desperdicié en esto…
martes, 21 de junio de 2016
De viento, neurosis y neblina
I
Era el viento y las puertas aún abiertas en sus ojos;
Era el calor que punza dentro y fuera del abrazo
y que servil se afrenta a la bufa de mis pies descalzos.
Yerto, casi muerto, logro verme sutil frente al enojo;
logró romper mi piel con el susurro de la madrugada:
un leve soplo de verdad afilada; un breve canto de ausencia
una presencia ya familiar en mis caminos; esa incorregible indiferencia
ese breve espacio de tiempo que en si mismo llega a nada.
Pero si de esto he parloteado hasta el cansancio
es un cuento rancio que se aceda en el destino
es un poema necio que nació sin el placer del vino
es un final ya dicho, en esta vida a la que escancio.
II
Pero entre neurosis y neblina, brotas como agua dulce
como una sed redentora que crece entre tus paredes
como ese breve goce que casi nunca nos sucede
a nosotros los que nos marchamos antes de que el cielo nos expulse.
Pero tu sensibilidad me intriga y me hace una partícula en el viento.
Crecí bajo el rescoldo que en mi pecho anida, debilitado
y ni en mis locuras más volubles pude ver lo que tú me haz retratado.
Verte es como estar en otra vida, verte es ya no vivir el padecimiento.
III
Y así es como a esto se reduce: al aire y sus variantes
a como las cosas se dan, se privan, o se olvidan
a como los malos y brutos pasos también se oxidan
y al incordio bendito de intentar no ser el de antes.
Era el viento y las puertas aún abiertas en sus ojos;
Era el calor que punza dentro y fuera del abrazo
y que servil se afrenta a la bufa de mis pies descalzos.
Yerto, casi muerto, logro verme sutil frente al enojo;
logró romper mi piel con el susurro de la madrugada:
un leve soplo de verdad afilada; un breve canto de ausencia
una presencia ya familiar en mis caminos; esa incorregible indiferencia
ese breve espacio de tiempo que en si mismo llega a nada.
Pero si de esto he parloteado hasta el cansancio
es un cuento rancio que se aceda en el destino
es un poema necio que nació sin el placer del vino
es un final ya dicho, en esta vida a la que escancio.
II
Pero entre neurosis y neblina, brotas como agua dulce
como una sed redentora que crece entre tus paredes
como ese breve goce que casi nunca nos sucede
a nosotros los que nos marchamos antes de que el cielo nos expulse.
Pero tu sensibilidad me intriga y me hace una partícula en el viento.
Crecí bajo el rescoldo que en mi pecho anida, debilitado
y ni en mis locuras más volubles pude ver lo que tú me haz retratado.
Verte es como estar en otra vida, verte es ya no vivir el padecimiento.
III
Y así es como a esto se reduce: al aire y sus variantes
a como las cosas se dan, se privan, o se olvidan
a como los malos y brutos pasos también se oxidan
y al incordio bendito de intentar no ser el de antes.
martes, 7 de junio de 2016
El viento
Entonces, ¿por qué escribo?
Porque, predicador como soy de la renuncia,
aún no he aprendido a ejecutarla del todo.
Fernando Pessoa
El silencio se escurre por las paredes, así como se escurre la piel vieja de las arañas que ya no anidan detrás del cuadro de la última cena. Hay demasiada niebla de cigarro. Ni siquiera ese viejo truco de encender una vela, para que el calor de su llama calcine el humo ondeante de bandera agitada por el país Nicotina, sirve para deshacerse del rastro canceroso de la nostalgia. No hay nada escrito en más de un mes. La gente suele llamar a ese tiempo perdido entre pensamientos y ociosidad: “bloqueo”. Las ideas existen empurando al hombre por haberse sometido durante tanto tiempo a la contemplación doliente, infausta, y azarosa. Las palabras castigan la falta de disciplina; se esconden detrás de las manchas de comida sobre el escritorio, detrás del papel con el teléfono de alguna que ya no responde, en las almas que habitan en mis fotografías; y en el único rincón donde asoman su delicada existencia, es en el canto de la desesperación. Uno no debería preocuparse por la falta de ideas, pues la experiencia nos recuerda que tarde o temprano llegarán; aparecen de la mano de la inspiración, y se esfuman tan pronto se ha tenido el placer de haber plasmado su cuerpo sobre las mentes ajenas que no sabrán cuán trabajoso fue dar esa diminuta aproximación al alma del que escribe. Sin embargo, en esos momentos de resquemor a las palabras, queda la llama punzante del miedo que siempre es más fuerte que la frustración. El temor a que la inspiración nunca vuelva a tocar a la puerta, es igual de intenso que el temor a la muerte; es el temor a un futuro hipotético en donde dejamos de ser lo único que creemos que podemos ser.
Sin sueño, con el corazón vacío como un cántaro de escupitajos, cómo la boca del predicador, o como la sabiduría de los sordos, aquí me inspiro; en la delicada línea de mis tiempos muertos, andando sin pudor y con sólo mi mente como bagaje. No sé si es propio decirlo, pero de cualquier modo es la única letra que en mi lengua habita; una suerte de estigma punzante y acerbo que brilla por todo el cuerpo de lo que un día tuvo más que pena. ¿Qué es esto? Es una buena pregunta. No es nada que no hubiera sido antes, y que no será después. Sólo es una especie de verdad aceda y purulante. Y debe quedar en claro que no es delirio, o un canto obscuro a la desesperación. Nada de eso debe leerse, porque si se ha leído así, se debe volver a leer, y volver a hacerlo hasta que la idea infausta de lo que las palabras significan se salga de nuestras cuencas. Esto es el breve trino del cumplimiento con una misión creada por la imaginación impertinente que siempre termina dominando lo que la razón ya ha demostrado como contrario; esto es una imagen ufana, segura de su veneno; sólo es vida sin forma, en la que no se encontraría nada si se usara un escalpelo; esto no sirve para el lector, como sirve para alguien roto, que lleva semanas contemplando el humo del cigarrillo, henchido por el cadáver de las arañas que frecuentan esto que soy, esto que doy, esto, que como a todo, se lo ha de llevar el viento.
martes, 24 de mayo de 2016
La timidez de un Flamenco
Estaba dormitando en el micro. Uno consideraría imposible conciliar el sueño en una caja de zapatos viejos, pero sin duda es posible, es real, es un hecho cotidiano, es costumbre y rutina. Al subir logré bisbisear una pegatina, de esas que suelen decir “la bajada es por atrás”, “toque el timbre, no grite”, casi siempre acompañadas de algún dibujo animado. En este caso el mensaje era “Si piensa dormir, con confianza, pídame la almohada”. Me hizo un poco de gracia y logré olvidarme un rato de la presión del trabajo; los papeles, las fotografías, los insultos. Voy de base a base; de bullicio a bullicio; de donde todo es nada y viceversa. No pude evitarlo, y mis ojos comenzaron a cerrarse. Frente a mí un anciano tenía un férreo olor a orines, a mi lado una pareja de novios se besaba sintiéndose invisibles, y en el aire estaba la música del chofer; tan omnipresente, tan inocua en su vulgaridad. Comencé a irritarme, y no podía ver la hora de llegar a mi casa, quitarme los zapatos, darme un baño, y hasta suicidarme. Pero no, lo último se me olvida con lo primero. Los primeros días calurosos del año. Odio el calor. Odio sentir pegajosa mi piel, y odio ver mi frente brillar mucho más de lo que odio las frentes brillosas de la gente; odio el aroma que expide una axila casi humeante que parece un árbol cuyas raíces comienzan en la mano sujeta del pasamanos, y odio los pantanos de sudor que las rodean volviéndose una espesa sombra, como una bisagra de porquería. Apenas hemos cruzado el viaducto. “Hemos cruzado”, de repente nos hemos vuelto una hermandad, familia, todos odiando a todos, todos compasivos o ignorantes de los otros, todos somos uno hasta que lleguemos a nuestro destino… todos…
Aún puedo recordar la conferencia. Marco estaba ahí, hablando, dando su discurso frente a todos los doctores. Siempre le ha gustado la filosofía, siempre le ha gustado estar saludable, siempre tan distinto, tan audaz, tan perfecto, tan no mío:
Gracias, compañeros. Investigando y ahondando en la abundancia de problemáticas con las que nos enfrentamos nosotros los nutriólogos, me he dado cuenta de que la mala alimentación es impulsada más allá de una mala costumbre, típica y ordinaria, nacida de una ignorancia siempre en constante evolución. He considerado que hay tres o cuatro factores por los cuales la sociedad mexicana- y hablo de la sociedad mexicana, porque es la sociedad en la que vivo, a la que padezco, y a la que he estudiado. Aunque no temería equivocarme al decir que serían prácticamente factores patológicos de cualquier sociedad tercermundista de nuestro globo-. Como les decía, estos casi cuatro factores, ya que uno va de la mano con el otro, se me presentan como un cuadro perfecto donde se encarcela la alimentación de los mexicanos; un cuadro del cual mencionaré sus lados; el primero, sin duda, es la cultura y la costumbre (se escuchan cuchicheos) Como les dije, es un factor, pero no el único. El segundo es, a mi parecer, la economía de los mexicanos; y el tercero, nacido de el segundo, el tiempo de los mexicanos; y por último la naturaleza animal de los hombres; ese viejo motor que hasta nuestros días no deja de catapultar la dualidad de todos nosotros. La naturaleza bífida de nuestro existir, repercutiendo siempre en nuestra alimentación como en toda nuestra vida (Aplausos).
Yo no aplaudía. Mi secreto parecía que hacía vibrar ya de por si toda la sala; cada butaca era movida por mí, por mi fantasía, por el ensueño y la abnegada certidumbre de verme aislada en esa emoción. Pero era en realidad yo quien temblaba, el mundo seguía ahí, quietecito, esperando la catástrofe de siempre; la destruye esperanzas, la amarga y sedienta catástrofe.
Un mensaje me despertó. Estábamos por cruzar el parque de los venados. Al parecer había un choque en la esquina donde están las canchas de basquetbol. Cómo fui feliz en ese parque con mi hermana, y Graciela, mi mejor amiga. En esa esquina di mi primer beso. Muchas cosas pasan en un mismo lugar. Yo no vi el resultado del accidente, estaba dormida. Pero a mi lado la pareja se había marchado, y ahora estaba una anciana hablando con su hija que estaba a un lado; una muchacha de cabello chino, desaliñada, con la frente sudorosas y la nariz chata; en su regazo llevaba a un niño de aproximados cinco años con labio leporino. “Pobres chamacos. Me imaginé a mi niño, nomás porque se les jue la pelota… esa vieja estaba ciega pa’ no haberlos visto. ¡Si eran como tres! Seguro andaba borracha”. Pensé en el folclor de mi entorno y me irritó. Casi me daban nauseas. Revisé mi mensaje; René; hablando de nauseas. Olvidé por qué me casé con René. En un principio el era como Marco. Era un ideal, una belleza en traje sastre con corbatas casi siempre con rombos en el tejido. Su voz, su amabilidad, su lucidez. Podíamos hablar de todas las pendejadas que quisiéramos. Daba lo mismo; yo le hablaba de psicología, de mis pacientes, de mis rencores contra el seguro social, de Skinner y el juego mental del poder; él me hablaba de Julio Cortázar, de Kurt Vonnegut, de Hemingway, de Panero. Siempre compartíamos algo. Siempre construyéndonos el uno al otro. Hoy es diferente. Hoy los mensajes dicen “llegaré tarde”, “compra leche antes de subir”, “saca al perro”. “Yo traeré el vino” decía este último. Hoy es nuestro aniversario de bodas; una fecha como un onomástico. Una de esas fechas que sin marca en el calendario nadie sabría qué es, excepto día de la señora del Carmen o tal vez el recuerdo de mi último periodo menstrual. René hacía eso. Por alguna razón, para él, eso era como decirme “aún te amo”. Me sentía terriblemente cansada y con mucho calor. El que René llevara el vino significaba que yo tenía que comprar la cena. Pensé en cuánto le gusta la comida italiana, y decidí ir al restaurante que está a dos cuadras de la casa; sí, todo sería más fácil así. Tal vez se daría cuenta de que ya no me importa ni cocinarle, y terminaría con esta farsa. Tal vez, pensé, hoy sería el hermano gemelo del día en que nos casamos; el hermano maldito; un nuevo comienzo como lo fue en aquel entonces. Si tan sólo Marco aliviara la soledad póstuma al divorcio. Si tan sólo Marco…
Ahora, ¿Por qué estamos tan seguros de que es una costumbre? Para empezar, ¿quién de los aquí presentes es vegetariano o vegano?(Breve silencio seguido del sonido del movimiento de sacos estirados) Me sorprende un poco ver que haya tantos jóvenes en nuestras filas. Pongan mucha atención. Tal vez después de esta conferencia comprenderán un poco de lo que es la carne sin la carne y por qué (risas).
Primero que nada, hemos confundido en nuestro campo, el hecho de a lo que llamamos una costumbre. Comer carne no es como un día feriado, es más como un estilo de vida. ¿Por qué? Bien, todos quienes hemos leído a Octavio Paz en “El laberinto de la Soledad”, podemos estar de acuerdo en las características aisladoras de nuestro pueblo mexicano. Pero, retomando un poco más la idea de este constante sentimiento de abandono, como el sentimiento de sometimiento silencioso que se rompe en intermitentes lapsus de rabia y personificación de la identidad mexicana, podemos darnos cuenta, que el mexicano no quiere abandonar el consumo de carne, porque para él representa poder. El comer carne no se nos aparece como una costumbre cualquiera, como se nos podría decir. Si no más bien, como un sinónimo de poder, de riqueza, en el que aquel que ha se ha sacrificado para obtenerla la ve como un regalo de su esfuerzo que no está dispuesto a reprimir, puesto que entre más le demuestre a los otros que es capaz de conseguirla entonces el se convierte en el paradigma de los mexicanos típicos; esos que ante la falta de educación se conforman con el poder y la vaga admiración. Así es como comprendemos el porque el consumo de carne no deja de elevar su constante producción en masa, para la satisfacción de la copiosa egolatría simiente de nuestra individualidad mexicana, puesto que el consumo es lo que crea la barbarie. Y claro está que también el control de natalidad en el mundo como en el país es, sin duda, el factor primario de la escasez global de recursos, como de la producción masiva de alimentos provenientes del reino animalia. No por nada es típico referirnos a una taquería algo insalubre, y decir que su carne “ha de ser de perro“, puesto que hablamos de que la carne ahí ofrecida es de baja calaña y por lo tanto una buena carne es símbolo de estatus.
Comencé a sentir una mirada. El microbus estaba lleno. Yo seguía en mi lugar, al lado de la puerta delantera, a la cabeza del asiento comunitario de espaldas a la ventana. A mi lado estaba una estudiante de enfermería, o eso decía su uniforme inmaculado. La mirada provenía de la parte trasera del microbus, frente a la puerta de bajada. Ahí, en el tubo donde está el timbre, un joven de aproximadamente veinticuatro años estaba recargado, con los auriculares puestos, mirando donde me encontraba. Lo miré de reojo, y me sometí a mis pensamientos nuevamente; los aplausos para Marco… No podía evitar sentir la mirada, pero creí que era un error. Volteé nuevamente y era un señor, como de cincuenta años que me miraba y esquivó la mirada cuando nuestros ojos se encontraron. Pero al virar la cabeza un poco, ahí estaba el joven, observándome. Esquivé sus brillantes pupilas antes de ver lo que me pareció una sonrisa. Pensé “¿Qué querrá este imbécil?” ¿Qué querría de mí? Una mujer poco atractiva, de piernas flacas, de pechos caídos, de nariz larga, aunque a veces parece algo fina y distinguida, tan pálida y ojerosa, con estas pecas de antifaz; debe ser uno de esos ladrones bien vestidos; carterista. De otro modo no entiendo por qué me mira, si mi ropa me hace ver como una maldita monja, con esta blusa color hueso con su brochecito en el cuello, y esta falda negra, y mi cabello corto que parece subirá a mi garganta; este color de pelo casi cano, entre negro, cano y pelirrojo, más pelirrojo todavía. Me habrá confundido con alguién. El se veía bien. No era un muchacho muy guapo. Era algo fornido, llevaba un abrigo negro en medio de tanto calor. Cuando lo miré nuevamente se lo quitó y pude ver sus bíceps. Su camiseta blanca pegada al pecho, y su sonrisa media chueca, y ese cabello castaño algo enmarañado, pero sobre todo sus ojos; parecía que me devoraría en el primer instante en que soltara un respiro. Podía presentir mi insalubre agonía si me reflejara en esos ojos tan tristes como calmos y rabiosos al mismo tiempo. Pequeños mares de emociones contenidas que no parecían tener iris, sino más bien parecían los ojos de un perro escrutando la obscuridad, desconociendo, guiándose por el sonido, el sonido de la música que escuchaba, pues de vez en vez los cerraba y movía sus manos al ritmo de lo que me parecía era Jazz. ¿Sería Monk, o Coltrane? Dudo que su gusto llegara a Sun ra. ¿Por qué me preocupaba qué escuchaba? Me miró nuevamente sin parpadear. Por un instante se me figuró a un simio, y alcancé a reírme. El sonrió de manera más confianzuda, pero yo seguía a la defensiva, sin comprender nada. Si tan sólo Marco me mirara así…
El segundo motivo, como lo dije, es la economía. La situación económica del mexicano promedio no se presta para hacer una consulta de nutrición, y aun haciéndola, por obligación aunque sea, se ve privado de la oportunidad de conseguir equilibrar su dieta, puesto que , eso todos lo sabemos, es mucho más fácil encontrar un puesto de tacos, gorditas o tamales, fuera de nuestras casas y empleos, que encontrar un tienda, o un puesto que venda ensaladas. Incluso cuando encontramos fruta, la mayoría la vende con una plasta inmensa de crema chantilly. Cualquiera diría en todo caso “ Eso es un pretexto. Podría comprar verdura y fruta por su cuenta, y preparase algo que llevar de su casa al trabajo”. Pero consideren que el mexicano promedio carece de tiempo, porque carece de una planeación, puesto que su trabajo ya es de por sí demandante. Después de ocho horas de laborar, de al menos una o dos horas en el trayecto de su casa al trabajo (digamos ida y vuelta, si tiene suerte) de la crianza de los hijos, de la comida o la cena, del estrés que se vive por la inseguridad, del trabajo que ya está germinando incluso antes de dormir, díganme ¿Quién tendría tiempo para cuidar su alimentación? ¿Quién para hacer ejercicio? Para cuando tienen una escasa posibilidad, es cuando los hijos crecen, y regularmente, su cuerpo está ya demasiado atrofiado para moverse con la misma ligereza que antes. Por lo tanto, es por eso que pareciera que el vegetarianismo como el veganismo, siguen siendo una especie de contracultura edificada, solventada, inventada y vivida sólo por un sector minoritario con ciertas comodidades y privilegios; el sector petimetre de nuestro país; el ampuloso hombre de la cultura encarcelada en su aula de oro; el quejumbroso acaparador de ideas, que rechaza al ignorante y vive de él; la sanguijuela del buen vivir; el ilustre que no comparta el saber, el que comparte solamente su desprecio; el hombre de cualquiera de estas butacas (Aplausos y abucheos. Gritos y pisadas. El caos de la verdad).
Bajé del micro. La mirada me seguía aún al caminar. No podía negar que me sentía alagada, y excitada de alguna manera. Hace cuanto que no tenía un romance de transporte público. Bellos días de juventud, cuando era la hija y no la madre, la señorita y no la señora, la de las piernas lindas con las mallas por encima de la rodilla y la falda corta. De algún modo u otro, uno adopta las misma costumbres que despreciaba, y no precisamente porque sea un esclavo más del sistema, como solía pensar, sino porque el crecimiento altera las costumbres y los cánones de belleza y la concepción de personalidad. Cuando joven salía con hombres mayores, que se vestían sin preocupación del qué dirán; chamarras de cuero, pantalones rotos, cabello despeinado que no usaban ni un pants para ir al super. Y a esa clase de hombres, ahora más chicos que yo, los veo como tontos, ilusos que creen que una personalidad se manifiesta en la ropa. Cuántos más rebeldes he visto vestidos de traje, y cuantos sodomizados están ahora gritando “libertad”, mientras se someten a la ley de su público, su audiencia, su sector en el cuál son reyes y dechados y al final son capaces de vender a su hermano por un puesto en la burocracia, o la gerencia de alguna empresa. Recuerdo ese libro de “La revolución, y nosotros que la quisimos tanto”. Como los hippies, sucios, predicadores del amor y paz se transformaron en Yippies; los jóvenes que trataban de compaginar la libertad con la labor empresarial y luego se volvieron los Yuppies, los que nosotros podríamos denominar “Juniors”. Es así el cambio. Es así la vida. Ya no soy esa. Por eso me sentí atraída por ese muchacho, tan bien vestido para su edad, tan confiado; sólo otro modelo de la misma estupidez, pero un tanto más cerca de la madurez.
Entré al restaurante de comida italiana y pedí dos órdenes de espagueti, dos rebanadas de lasaña, un poco de pastel de la casa, y para mañana cuatro rebanadas de pizza. Cuando me voltee para tomar un asiento, ahí estaba, en la puerta: Marco. No comprendía que hacía ahí; me pareció una locura. Me dijo que iba a ir a cenar a con una novia (pues el no creía en los compromisos ni las formalidades del matrimonio) que habían bajado por un poco de pasta, pero que irían a casa de unos amigos y por eso estaban de prisa, por lo que me pidió pasar primero.
-Tú sabes como son las mujeres. Llevo esperando una hora aquí, en su departamento y ella apenas llegó. Me estoy hartando de estar aquí.
-Adelante. No tengo mucha prisa. Por cierto, me gustó lo que dijiste en la conferencia. No es mi campo, pero me pareció muy interesante. Tus dos semestres en la facultad de Filosofía surtieron efecto.
-Y espero que mis cuatro semestres en derecho también. Alguno me irá a demandar por difamación. Soy un provocador; me gusta convencerlos de que son lo que menos esperan. La verdad se desconoce hasta que los aplausos se transforman en salas vacías.
La mujer de Marco estaba atrás esperando en el auto porque decía que hacía frío. Sentí una especie de punzada en el estómago. Qué suerte la mía; la amante de Marco vive a dos cuadras de mi casa, en el edificio del restaurante favorito de mi esposo. El mundo no es pequeño, es una mierda. No distinguía bien su rostro. Parecía joven. Supuse que lo era. Siempre buscan a alguien joven. Marco se despidió, me dio un beso, y me dijo que esperaba que cenáramos un par de semanas después, en su casa. Cerdo. Un dulce cerdo. "Claro, nos estamos viendo". Vi que me señaló desde el auto y la mujer que lo acompañaba me hizo un gesto como de saludo. Yo lo respondí por cortesía. El auto arrancó. Yo seguía esperando mi orden. Inesperadamente el joven del microbus entró al restaurante; sentí frío en la espalda, sentí que mis piernas se hacían fideos; tal vez con ellas se haría mi orden.
-Descuide, vengo con ella- le dijo al mesero que volteaba el letrero de BIENVENIDOS, cuando notó que le echaba una mirada inquisidora. No me negué. - Hola, me llamo Arturo. Disculpa el atrevimiento. Pero no pude resistirme. Cuando bajaste sentí que era necesario seguirte. Lo medité una cuadra más y bajé tratando de encontrarte. Caminas muy rápido. Cuando te vi andar hacia el restaurante estaba por entrar, pero vi que mi madre estaba con su novio. El estaba hablando contigo mientras ella estaba en el auto. ¿Lo conoces?.
El mundo no es pequeño, es una mierda.
-No, no lo conozco. Llegó a pedirme mi lugar porque tenía mucha prisa y lo cedí… Aunque no veo por qué tenga que darte explicaciones.- Elizabeth, arruinando momentos increíbles con la mezquindad eterna de tu boca.
-No, disculpa. No era una explicación lo que quería. Sólo preguntaba algo absurdo, porque tengo miedo de lo que estoy haciendo… Sigo sin creerlo. Además, lo cuestionaba, porque esperaba que no fuera así. El tipo es un patán, por eso evito verlo cuando está en casa. Me parece un pendejo pretenciosos pseudo-filósofo y doctor. Relacionando esto con lo otro sin saber cómo. Sin justificar nada. Cuando le dije que yo estudiaba filosofía creyó que seríamos amigos. Los filósofos no pueden ser amigos de filósofos. Y yo, que no soy filósofo, no puedo ser amigo de uno, por el simple hecho de que él tampoco lo es, pero cree que lo es. Lo siento, sigo divagando por el nerviosismo.
“Me parece impropio que me hayas seguido. No sé, pero supongo que tienes la idea de que no estoy casada. Déjame decirte algo: no soy una de esas mujeres que está buscando una aventura con un jovencito que le sonríe en el transporte público. Deberías buscar a otra víctima a quien seducir por compasión o por esa enfermedad que sufren ustedes los hombres de buscar amantes con edades diferidas. Intenta contagiar de ese instinto vital de la sexualidad a una niña de tu edad, que tenga piernas lizas, los pechos firmes, los ojos brillantes, el cuello estirado y vientre plano, sin estrías ni arrugas alrededor del ombligo. Intenta conseguir una mujer normal, que te atienda y no tenga que disculparse porque su marido le pidió quedarse esta noche junto a él, o porque siempre no se cancelaron las vacaciones o la cena con los suegros. Intenta algo así. Déjame a mí, con mi matrimonio acabado, y las noches de lectura para conciliar el sueño. Déjame aquí, conmigo, y vete por ahí a ser un joven normal; vete a beber a los parques; mucha cerveza, y mezcal. Vete de aquí y no te contamines de mí; no me hagas la madre verdugo de tus futuras fechorías.” Debí decirlo. Pero flaqueé. Sin duda verlo ahí, me inspiraba ternura y deseo. Hacía tanto que no me pasaba algo así. Hacía tanto que la vida no sabía tan bien. La orden estaba lista; la última orden del día. Descanso para todos.
-¿Por qué estás nervioso?-. Entré al juego. No habría un aniversario común, no habría una cena típica. De ahora en adelante todo sería distinto. No importaba que sólo se quedara en eso, siempre sería mucho más que eso.
-Me pareces una mujer… una mujer muy linda. Hablo de ti, lo que expresas así como eres. Sé que pensarás que estoy buscando una manera de engrandecer mi ego, esperando encontrar una mujer casada que se vea sola y tratando de sacarle provecho de alguna manera, o tan sólo divertirme así, sin pensar, sólo porque sé que tengo la capacidad de hacerlo. Pero, cuando te vi, pensé que una mujer como tú, sin duda representa todo lo que me gusta del sexo opuesto, toda la psicología, la ingenuidad que se esconde en el interés por alguien, sin saber por qué. Tu cabello casi cano, y tu manera de vestir, me hace desear todo lo que se esconde, todo lo que ese frío silencio y esa mirada de ojos azules es capaz de producir en la mente de un hombre sencillo y estúpido como yo. Pero… desconozco el resultado, sólo conozco la potencia de mis actos, sólo eso. Sé qué es algo bueno, porque he contemplado la alegría de verte dormir, sin estar a tu lado para hacerlo-. Me había olvidado que cuando uno es joven es más abierto a expresar incluso lo que otros piensan, acertando sin querer.
-Tú sabes como son las mujeres. Llevo esperando una hora aquí, en su departamento y ella apenas llegó. Me estoy hartando de estar aquí.
-Adelante. No tengo mucha prisa. Por cierto, me gustó lo que dijiste en la conferencia. No es mi campo, pero me pareció muy interesante. Tus dos semestres en la facultad de Filosofía surtieron efecto.
-Y espero que mis cuatro semestres en derecho también. Alguno me irá a demandar por difamación. Soy un provocador; me gusta convencerlos de que son lo que menos esperan. La verdad se desconoce hasta que los aplausos se transforman en salas vacías.
La mujer de Marco estaba atrás esperando en el auto porque decía que hacía frío. Sentí una especie de punzada en el estómago. Qué suerte la mía; la amante de Marco vive a dos cuadras de mi casa, en el edificio del restaurante favorito de mi esposo. El mundo no es pequeño, es una mierda. No distinguía bien su rostro. Parecía joven. Supuse que lo era. Siempre buscan a alguien joven. Marco se despidió, me dio un beso, y me dijo que esperaba que cenáramos un par de semanas después, en su casa. Cerdo. Un dulce cerdo. "Claro, nos estamos viendo". Vi que me señaló desde el auto y la mujer que lo acompañaba me hizo un gesto como de saludo. Yo lo respondí por cortesía. El auto arrancó. Yo seguía esperando mi orden. Inesperadamente el joven del microbus entró al restaurante; sentí frío en la espalda, sentí que mis piernas se hacían fideos; tal vez con ellas se haría mi orden.
-Descuide, vengo con ella- le dijo al mesero que volteaba el letrero de BIENVENIDOS, cuando notó que le echaba una mirada inquisidora. No me negué. - Hola, me llamo Arturo. Disculpa el atrevimiento. Pero no pude resistirme. Cuando bajaste sentí que era necesario seguirte. Lo medité una cuadra más y bajé tratando de encontrarte. Caminas muy rápido. Cuando te vi andar hacia el restaurante estaba por entrar, pero vi que mi madre estaba con su novio. El estaba hablando contigo mientras ella estaba en el auto. ¿Lo conoces?.
El mundo no es pequeño, es una mierda.
-No, no lo conozco. Llegó a pedirme mi lugar porque tenía mucha prisa y lo cedí… Aunque no veo por qué tenga que darte explicaciones.- Elizabeth, arruinando momentos increíbles con la mezquindad eterna de tu boca.
-No, disculpa. No era una explicación lo que quería. Sólo preguntaba algo absurdo, porque tengo miedo de lo que estoy haciendo… Sigo sin creerlo. Además, lo cuestionaba, porque esperaba que no fuera así. El tipo es un patán, por eso evito verlo cuando está en casa. Me parece un pendejo pretenciosos pseudo-filósofo y doctor. Relacionando esto con lo otro sin saber cómo. Sin justificar nada. Cuando le dije que yo estudiaba filosofía creyó que seríamos amigos. Los filósofos no pueden ser amigos de filósofos. Y yo, que no soy filósofo, no puedo ser amigo de uno, por el simple hecho de que él tampoco lo es, pero cree que lo es. Lo siento, sigo divagando por el nerviosismo.
“Me parece impropio que me hayas seguido. No sé, pero supongo que tienes la idea de que no estoy casada. Déjame decirte algo: no soy una de esas mujeres que está buscando una aventura con un jovencito que le sonríe en el transporte público. Deberías buscar a otra víctima a quien seducir por compasión o por esa enfermedad que sufren ustedes los hombres de buscar amantes con edades diferidas. Intenta contagiar de ese instinto vital de la sexualidad a una niña de tu edad, que tenga piernas lizas, los pechos firmes, los ojos brillantes, el cuello estirado y vientre plano, sin estrías ni arrugas alrededor del ombligo. Intenta conseguir una mujer normal, que te atienda y no tenga que disculparse porque su marido le pidió quedarse esta noche junto a él, o porque siempre no se cancelaron las vacaciones o la cena con los suegros. Intenta algo así. Déjame a mí, con mi matrimonio acabado, y las noches de lectura para conciliar el sueño. Déjame aquí, conmigo, y vete por ahí a ser un joven normal; vete a beber a los parques; mucha cerveza, y mezcal. Vete de aquí y no te contamines de mí; no me hagas la madre verdugo de tus futuras fechorías.” Debí decirlo. Pero flaqueé. Sin duda verlo ahí, me inspiraba ternura y deseo. Hacía tanto que no me pasaba algo así. Hacía tanto que la vida no sabía tan bien. La orden estaba lista; la última orden del día. Descanso para todos.
-¿Por qué estás nervioso?-. Entré al juego. No habría un aniversario común, no habría una cena típica. De ahora en adelante todo sería distinto. No importaba que sólo se quedara en eso, siempre sería mucho más que eso.
-Me pareces una mujer… una mujer muy linda. Hablo de ti, lo que expresas así como eres. Sé que pensarás que estoy buscando una manera de engrandecer mi ego, esperando encontrar una mujer casada que se vea sola y tratando de sacarle provecho de alguna manera, o tan sólo divertirme así, sin pensar, sólo porque sé que tengo la capacidad de hacerlo. Pero, cuando te vi, pensé que una mujer como tú, sin duda representa todo lo que me gusta del sexo opuesto, toda la psicología, la ingenuidad que se esconde en el interés por alguien, sin saber por qué. Tu cabello casi cano, y tu manera de vestir, me hace desear todo lo que se esconde, todo lo que ese frío silencio y esa mirada de ojos azules es capaz de producir en la mente de un hombre sencillo y estúpido como yo. Pero… desconozco el resultado, sólo conozco la potencia de mis actos, sólo eso. Sé qué es algo bueno, porque he contemplado la alegría de verte dormir, sin estar a tu lado para hacerlo-. Me había olvidado que cuando uno es joven es más abierto a expresar incluso lo que otros piensan, acertando sin querer.
El vino está abierto y las manos entrelazadas. Hay velas, y un poco de música relajante. Me siento conmovida.
-Te amo, Elizabeth.
-Te amo, René. Hacía tanto tiempo que no me sentía tan bien. Tan plena, y feliz.
-Lo sé. Hay muchas cosas que ya no he dicho. Muchas cosas que se ocultan al hablar, y que las encuentras de vez en cuando por la noche, esperando el autobús, dentro de él. Las respuestas aparecen.
Siento su erección. René ha vuelto a ser René. Elizabeth es nuevamente Elizabeth. Mi cabello vuelve a tapar su rostro, y mis labios siguen recorriendo su cuerpo, una y otra vez; del pecho hasta los muslos peludos, y de camino al falo un par de besos en el estómago, en el cuello, sin secuencia, todo improvisado; somos un tango. Ha puesto a Gardell. Su lengua ha recobrado fuerza, o acaso estoy muy sensible. Arturo… Arturo… Tan joven, tan lindo, tan dedicado, tan suave, tan perfecto con esos muslos prominentes y esos pectorales suaves como almohada y tan protectores como una piedra ante las bestias del sueño. Arturo, danzando en el desierto, convirtiéndolo en laguna fértil, en mancha sobre la intachable mujer de bien, la que no se queja, la madre compasiva, la esposa incondicional… Arturo, el joven muchacho que guarda vino debajo e su cama, y que me acaricia durante décadas en un segundo; empañando mi candidez, engalanando mi perfidia. Arturo y Mingus; René y Gardell. El mundo no es pequeño, es maravilloso. Ahora me viene a la mente Marco, tal vez no sea tan idiota, pero sin duda ya no es Marco el brillante, el sapiente, el intachable Marco de la camisa color beige, con el micrófono en la cara, con la palabra entre neurona y labios; ya no es Marco, pero viene a mi mente con el final de su discurso… con… el final… de todo…
La naturaleza animal, señores. El humano-y aquí si aseguro que es cuestión humana y no cuestión étnica- está ávido por desatar su naturaleza animal, por complacer sus deseos básicos, disfrazados de oportunidades únicas, que sin duda, sí son fugaces, pero no son necesarias para el espíritu del hombre moderno, más de lo que lo son para el espíritu primigenio de su animalidad. Dentro de esos sentimientos infinitamente primitivos que sólo poseen los humanos, está el instinto por traicionarse, por darse la espalda y faltar a todo en cuanto cree, sólo por desear algo de lo que se ha reprimido. Regularmente, en este acto, los hombres se ven perseguidos por la conciencia, la culpa del homo Sapiens Sapiens. Sin embargo, en algunos casos, la realidad es que la culpa se difumina, y el camino de su vida se abre a otras experiencias, otras virtudes desconocidas hasta entonces; sorpresas antes impalpables son el pan de cada día del hombre nuevo que encontró en su traición interna, la felicidad de él y de los suyos. Viene a mi mente el caso de un hombre que se nutría sólo de vino y pan remojado en manteca de cerdo. Tenía noventa y cuatro años, y se sentía mejor que la mayoría de los que estamos presentes en esta conferencia. El bello placer de la rebelión que causa la esencia individual contra la generalidad médica. La naturaleza es un hecho innegable, pero la personalidad es única, y los deseos que a unos culpan a otros los liberan; así es la vida y no hay remedio, y si lo hubiera, déjenme asegurarles doctores, que ni siquiera ustedes quisieran encontrarlo. La necesidad de la carne; la necesidad de vivir…
-¡Oh, Arturo, la necesidad de ti!
-¡Oh, Arturo, la necesidad de ti!
-¿Qué?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)